Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

Hace tres años fue “Amy”, el documental sobre la vida de la malograda Amy Winehouse; este año es “McQueen”, sobre el atormentado genio de la moda que en los noventa se convirtió en el enfant terrible de las casas de alta costura. Ambos, casualmente, nacieron en barrios humildes de Londres; ambos eran hijos de taxistas; ambos lograron la fama siendo muy jóvenes, a base de un talento a raudales y de romper las reglas. 

Ambos también pagaron un coste humano inasumible por su éxito: las drogas y la depresión, los excesos y la paranoia, enturbiaron sus vidas y los condujeron a un malogrado final. Amy Winehouse fue encontrada muerta en su apartamento el 23 de julio de 2011, a los 27 años de edad; Alexander McQueen se suicidó el 11 de febrero de 2010, a los 40 años: se ahorcó después de haber consumido cocaína, somníferos y tranquilizantes. 

Los documentales que narran sus vidas podrían haber caído en el morbo fácil, el sensacionalismo barato o podrían haber seguido las normas al uso de biopics sobre grandes estrellas que nacieron pobres y murieron excesivamente pronto. Por el contrario, también podrían haber sucumbido a la tentación de sacralizar a los protagonistas, restando importancia a sus nefastos excesos y exagerando sus cualidades y logros. 

Ambos documentales, sin embargo, sorprendieron por la profundidad psicológica que no cae ni en el buenismo fácilón ni en la crítica despiadada. No son hagiografías ni tampoco juzgan a los protagonistas, sólo los analizan. Presentan todas las aristas de personalidades poliédricas y difíciles de sintetizar. Más que trabajos sobre la música o la moda, son retratos de dos personalidades obsesivas cuyos respectivos talentos, inmensos talentos, los acabaron consumiendo. 

 

 

También son análisis del proceso creativo, una exploración de los límites de la genialidad y la enorme carga de ser un vanguardista. Están la adicción al trabajo, las obsesiones personales por querer llegar siempre a más, las frustraciones que les provocaba no poder controlar el torrente de creatividad que llevaban dentro. 

Un año después de su muerte, cuando el mundo de la moda aún lloraba su pérdida, el Metropolitan Museum de Nueva York organizó una suntuosa retrospectiva de Alexander McQueen que daba cuenta de su brillantez como creador. Titulada “Savage Beauty”, belleza salvaje, fue visitada por más de medio millón de personas y, después de triunfar en Estados Unidos, se trasladó con igual éxito a Londres y luego dio la vuelta al mundo. 

Pero “Savage Beauty” sólo se centraba en la obra, no en el creador. El documental “McQueen”, sin embargo, hace lo contrario: habla de Lee Alexander más que de McQueen. 

No es que no salgan sus colecciones; todo lo contrario. Los directores, Ian Bonhôte y Peter Ettedgui, decidieron seguir una línea cronológica estricta que explicase la evolución creativa de McQueen, pero el ímpetu está puesto en su personalidad: en sus anhelos, en sus influencias, en sus inspiraciones y también sus miedos, obsesiones y, en los últimos años de su carrera, en sus paranoias. 

 

Los directores, Ian Bonhôte y Peter Ettedgui, decidieron seguir una línea cronológica estricta que explicase la evolución creativa de McQueen, pero el ímpetu está puesto en su personalidad: en sus anhelos, en sus influencias, en sus inspiraciones y también sus miedos, obsesiones y, en los últimos años de su carrera, en sus paranoias.

 

Conocemos a Lee Alexander McQueen, conocido por familia y amigos como Lee; un chico gordito de Stratford, un barrio humilde en el este de Londres, con un marcado acento “cockney” propio de las clases obreras londinenses y denostado por el “establishment” británico. Fue uno de los seis hijos de un taxista y una maestra. Toda su vida estuvo muy unido a su madre hasta tal punto que la muerte de ésta lo sumió en una profunda depresión. No llegó, de hecho, a superar su pérdida y diez días después de su muerte, se suicidó. 

Lee no fue un buen estudiante: no acabó el instituto (se pasaba el día dibujando modelos”) y aprendió a cortar telas y a coser gracias a un sastre irlandés, de Cork, de 70 años, que vivía en su barrio. Luego consiguió un trabajo de aprendiz en Anderson & Sheppard, en la sacrosanta Saville Row, donde se concentran los sastres en Londres. Cuenta la leyenda, o así al menos lo explicó Suzy Mendes, que la rebeldía de McQueen ya se demostró entonces: cosió un dibujo ciertamente vulgar, se cree que un pene, en el interior de un traje destinado al príncipe Carlos de Gales. 

A pesar de no tener formación, la prestigiosa Escuela de Arte y Diseño de Saint Martin acabó aceptándolo y allí daría rienda suelta a todo su talento. En el último año organizó un desfile, titulado “Jack el Destripador Persigue a Sus Víctimas”, donde ya estaban todas las señas de identidad que le harían famoso: materiales hasta entonces impensables, formas imposibles y una temática que pocos se atreverían a tratar abiertamente. 

No sería la última vez que trataría el abuso sexual, las agresiones, las violaciones de una manera directa y sin edulcorantes. La vez que más controversia atrajo fue en 1995, en un desfile llamado “Highland Rape”, violación en las Highlands (la familia de McQueen era originaria de Escocia). Las modelos salieron a la pasarela con ropas rotas, algunas con un pecho expuesto, como si acabasen de ser sexualmente agredidas. Muchas llevaban unas lentillas que les oscurecían los ojos completamente, transformándolas en una suerte de insectos mutantes al punto de atacar.

En el documental se recrea este desfile y la sensación inmediata no puede ser más repulsiva y nauseabunda. A primera vista parece que McQueen hubiese querido glamourizar la violencia sexual, o como mínimo, transformarla en un objeto de fascinación artística. La colección fue rápidamente criticada por misógina e insultante. 

El documental no entra, sin embargo, en estas valoraciones. Lo que hace, de hecho, es lanzar nuevas preguntas. Al acabar el desfile, McQueen salió a la pasarela como es la costumbre. Él también llevaba puesto las lentillas negras. Enseguida sabemos, a través de un amigo, que McQueen sufrió abusos sexuales en su infancia. ¿Tratar la violencia sexual en sus diseños era una manera de sacar a relucir su trauma? ¿Su obra quería simplemente provocar a los espectadores o escondía un lamento profundo, íntimo? El documental deja que el espectador saque sus propias conclusiones. 

“Highlands rape” no fue el único desfile que provocó reacciones airadas. Todas sus puestas en escena eran excesivas, radicales, chocantes. McQueen dijo que quería que al final de sus desfiles hubiese infartos de tanta sorpresa que había causado. No fue necesario llamar a ninguna ambulancia pero desde luego sus coreografías no dejaron nunca indiferente a nadie. En el show titulado “Número 13”, de 1999, la modelo Shalom Harlow salía vestida de blanco; dos grandes brazos metálicos se elevan del suelo y, mientras la modelo da vueltas en una plataforma, los brazos metálicos la rociaron con pintura amarilla y negra. 

 

 

El documental explica algunas de las inspiraciones para semejantes espectáculos: las pinturas de Francis Beacon, la durísima historia del East End de Londres. También nos informa que McQueen era un trabajador compulsivo obsesionado con la música de Sinéad O’Connor. 

Sin embargo, el documental no explica (es uno de sus defectos) la escena artística londinense donde semejantes excesos eran rutinarios. En la década de los noventa surgieron en Inglaterra lo que se acabó llamando los “YBAs” o “Young British Artists”, los Jóvenes Artistas Británicos, capitaneados por figuras que ahora son icónicas, como Tracy Emin o Damien Hirst. El estirado establishment estaba escandalizado por aquellos (a sus ojos) insensatos que, bajo la cobertura de la galería Saatchi, hicieron cosas que perseguían sorprender, sacudir conciencias. Era el “Cool Britannia”, un movimiento sin el cual es imposible entender figuras como McQueen o incluso John Galliano. 

Este movimiento artístico de los noventa hizo que el mundo artístico se fijara en Inglaterra y, quizás por ello, las sacrosantas casas de alta costura de París comenzaron a fijarse en estudiantes de St. Martin. John Galliano fue a Givenchy en 1995 y, cuando se fue a Dior, Givenchy decidió contratar a otro alumno londinense: McQueen. 

 

 

Después de graduarse, McQueen no había tenido excesiva suerte. Había conocido a Isabella Blow, editora de moda que se convirtió en su mentora y que le comenzó a abrir puertas. (Ver cómo su amistad se truncó pasados los años es uno de los momentos más tristes del documental). Fue Isabella quien le convenció para que comenzara a llamarse “Alexander” en vez de “Lee”; le dijo que “Alexander” era mucho más refinado y le atraería clientela. 

Pero no tendría encargos hasta años más tarde. Durante un tiempo, no tuvo más remedio que sobrevivir con un subsidio de desempleo, el cual, a decir verdad, se gastaba casi íntegramente en telas y materiales para los desfiles. Una vez, después de uno de los desfiles, celebró el éxito con comida cogida del suelo de un McDonalds; se le había caído la comida al suelo y no tenía dinero para pagar otro menú. 

Todo cambió cuando consiguió la dirección artística de Givenchy (luego fue a Gucci y después montó su propia compañía). Aunque el primer desfile para Givenchy fue un desastre, el éxito llamó enseguida a sus puertas y pronto se convirtió en el diseñador más rompedor e inspirador. Su fama no paraba de crecer, pero con ella vino un aluvión de trabajo y unas dosis extraordinarias de presión que no pudo soportar. 

Los últimos años de su vida fueron increíblemente desgraciados aunque pareciese que su fama siempre iba a más. Abusó de las drogas, se obsesionó con su apariencia personal hasta el punto que se sometió a una liposupción, fue perdiendo amigos y, poco a poco, fue sumiéndose en una depresión de la cual nunca saldría. 

Si la primera parte del documental es de una belleza extraordinaria (el trabajo de Will Pugh en fotografía y montaje es más que destacable), la segunda es de una gran tristeza. Ves a un genio consumido por su propio talento, devorado por su gloria. Ves, también, a una persona vulnerable, traumatizado y herido que no pudo superar sus cicatrices internas. 

Como en el caso de Amy Winehouse, McQueen se fue demasiado pronto. Su obra fue tan revolucionaria como excesiva. Pero aquí, en este documental, lo importante es Lee, el chaval del East End londinense, y no Alexander McQueen. 

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