[Las mejores novelas históricas] Cuando Marguerite Yourcenar resucitó a Adriano

En cualquier lista de lecturas sobre la Antigua Roma no pueden faltar las que seguramente son las memorias más famosas de un Emperador romano. “Las memorias de Adriano”, de la francesa Marguerite Yourcenar, se han uno de los textos más brillantes de la literatura histórica, un auténtico modelo de referencia para todas las novelas históricas posteriores.

Sin embargo, y a pesar de su gran fama, pocas personas saben la interesantísima historia detrás de este libro. Porque “Las memorias de Adriano” fue un libro que salvó de la desesperación más absoluta a su autora y que la encumbró, cuando rozaba los cincuenta años, al estrellato literario. También es un libro que surgió de una total coincidencia, de un momento completamente fortuito.

Vayamos por partes.

En el nuevo episodio de “Sin Algoritmo” hablamos de las novelas históricas centradas en la antigua Roma.

Comencemos por saber quién era Marguerite Yourcenar, esta gran dama de la escritura, la primera mujer, de hecho, que fue admitida en la prestigiosa Academia Francesa (fue en 1981). Circuló la anécdota entonces que la Academia era tan machista que sólo había lavabos para hombres y que, al incluir a la primera mujer, tuvieron que acondicionar rápidamente uno para mujeres. Pero en los carteles no se leía “Hombres” y “Mujeres”, como cabría esperar, sino “Messieurs/Marguerite Yourcenar”.

Anécdota aparte, durante años a Marguerite Yourcenar se la consideró la mejor escritora viva francesa y, sin duda, una de las más originales y vanguardistas de la historia. Sin embargo, el gran público no la conoció hasta que en 1951 publicó “Las memorias de Adriano”, un éxito inmediato de crítica y público. Muchos años antes ya había publicado libros más que interesantes (“Alexis” en 1929 y “Coup de Grâce” en 1939), pero fueron obras que sólo conoció un número de lectores muy reducido. “Las memorias de Adriano” la catapultó y, a partir de ahí, su carrera literaria fue un continuo y fulgurante éxito. Cuando murió, en 1987, a los ochenta y cuatro años de edad, dejó un corpus literario tan excelso como variado: novelas, ensayos, poemas, traducciones y tres volúmenes de memorias. No está nada mal para una mujer que nunca pensó de pequeña que podría llegar a ser escritora. De hecho, lo de publicar un libro fue en su caso una pura carambola.

Marguerite Yourcenar nació en Bruselas en 1903 con el nombre de Marguerite Cleenewerck de Crayencour (lo de “Yourcenar” es una suerte de anagrama de “Crayencour” que adoptó como nombre de pluma y que adoptó legalmente como apellido en 1947).

Su padre era un rico terrateniente, un noble de ascendencia francesa y flamenca. Su madre era una destacada personalidad de la nobleza belga que, desgraciadamente, murió a los diez días de haber dado a luz. Quizás por esa tragedia tan temprana, padre e hija siempre estuvieron muy unidos. De hecho, fue él quien le contagió el gusto por la literatura y, sobre todo, por la Historia antigua.

También le inculcó un elevado sentido de su “status” como miembro de la nobleza. Marguerite, por ejemplo, siempre habló un francés muy refinado y elegante, propio de las clases altas. Pero esa conciencia elevada de sí misma también le llevó a caer en ciertos excesos petulantes. No en vano, a todas horas se hacía llamar “Madame”, incluso por sus amigos más cercanos.

Este refinamiento en sus dos vertientes (la sofisticación más exquisita y el esnobismo sin disimulo) se trasladó a su obra. Sus libros son de una elegancia clásica que deleita desde la primera palabra. Pocas veces se ha conseguido en francés composiciones tan armónicas y melódicas, pero también fuertes y temperamentales. Marguerite Yourcenar era capaz de moverse por todos los registros inimaginables con una ductilidad que sin duda deslumbra. Las frases son obras de orfebrería talladas a la perfección, con trazo decidido y contundente, pero al mismo tiempo con una delicadeza abismal. Sus personajes son poliédricos, minuciosamente estudiados, expuestos y analizados con brillantez. Su ambientación de las novelas es difícilmente superable.

Sin embargo, junto a este talento desbordante, en Yourcenar también encontramos un lado menos encomiable. El gusto por lo refinado le impidió ponerse en la piel de algunos personajes y sus diálogos eran muchas veces encartonados y llenos de estereotipos (ella misma reconoció que nunca fue buena escribiéndolos). Sin duda, donde más destacó no fue en obras costumbristas, sino en libros con trasfondos filosóficos, sesudos y eruditos. No es de extrañar, desde luego, que su gran obra, las “Memorias de Adriano”, fuese una autobiografía de un emperador de la Antigüedad completamente desconocido para el gran público.

Hay que decir que Marguerite Yourcenar tenía una sólida formación humanística, pero que, sin embargo, y como ocurría con las niñas de alcurnia de entonces, no fue a la escuela. Tuvo tutores, es cierto, pero lo que más destacó en su caso fue que, desde muy pequeña, se educó a sí misma. Aprendió ella sola Latín, Griego, Inglés e Italiano. Con su padre, pasó horas enteras leyendo a Homero en griego y a Virgilio en latín. También devoró la obra de Nietzsche y Tolstoy, luego la de Racine y Gide y, más tarde, la de Proust, un escritor que le obsesionaba.

A los dieciséis años, su padre pagó de su bolsillo una edición de sus poemas. Pero no fue hasta que cumplió los veinte años que comenzó a publicar en editoriales. Desde el principio sus obras presentaban generalmente las mismas características: novelas que se sitúan en el pasado, donde hay pasiones desbordadas y donde la forma narrativa es compacta, muy controlada, incluso a veces rígida. Importante: hay pasiones, pero no hay sentimentalismo. A la Yourcenar no le iba lo melodramático en su faceta más cursi. De hecho, sus novelas se inclinaban más bien hacia lo salvaje, incluso hacia un brutalismo descarnado.

Aparte, los protagonistas son casi siempre hombres y, normalmente, homosexuales. Se dice que esto era porque Marguerite, que era bisexual, se enamoró varias veces de hombres homosexuales. En concreto, se enamoró perdidamente de su editor en las Éditions Grasset, André Fraigneau, el cual la apreciaba enormemente, la admiraba artísticamente, pero no tenía interés sexual alguno en ella.

Su primera obra, “Alexis”, apareció en 1929, poco después del fallecimiento de su padre: es una novelita breve en la que, a través de una larga carta, un hombre, un músico de mucho prestigio, le confiesa a su esposa su homosexualidad y su decisión de abandonarla. Le siguió “La nueva Eurídice” en 1931, una revisión moderna del mito de Orfeo.

Luego, sin embargo, hubo un periodo de sequía artística que duró una década. El tiempo, exactamente, en que Marguerite Yourcenar abandonó Europa y se instaló en Estados Unidos. También coincidió con el inicio de su relación con Grace Frick.

Marguerite Yourcenar, autora de "Memorias de Adriano".

Marguerite Yourcernar conoció a la que sería su pareja más estable, la americana Grace Frick, en 1937. Dos años más tarde, coincidiendo con el inicio de la Segunda Guerra Mundial, se instaló en la costa Este de Estados Unidos con Grace. Allí se dedicó a la enseñanza: daba clases de francés e italiano en la Universidad Sarah Lawrence cercana a Nueva York.

Durante diez años no publicó nada. Tampoco escribió. Y no volvió a hacerlo hasta que, en 1949, recuperó un viejo baúl que había dejado en Europa y que llevaba años intentando recuperar. Y, allí, entre otras pertenencias, había unas hojas sueltas amarillentas con anotaciones que había hecho cuando tenía 21 años para escribir una novela sobre un antiguo emperador romano.

Marguerite Yourcenar reconoció que cuando volvió a leer aquellos folios “su cabeza explotó”. Se puso a escribir enseguida, día y noche, literalmente. Dos años más tarde tenía listo el primer borrador de “Las Memorias de Adriano”. El trabajo, a pesar de la brevedad, fue exhaustivo y riguroso. Aún se conservan las diecisiete páginas llenas de referencias bibliográficas que empleó (de libros antiguos a tratados en alemán, pasando por guías sobre numimástica).

El resultado, desde luego, fue magistral. El libro comienza cuando el emperador Adriano tiene sesenta años y se está muriendo. Decide entonces escribir una larga carta a su nieto adoptivo y sucesor, Marco Aurelio, para explicarle su existencia. Desde su nacimiento en Hispania a sus años de estudio en Grecia, de su vida como militar destacado a su paso por la corte, donde llegó a convertirse en emperador a los cuarenta y un años.

Pero el libro no nos presenta una simple recopilación de datos bibliográficos. Adriano se recupera del anonimato como un personaje sensible y erudito. Un hombre que entendió que las conquistas podían cambiarse por tratados de paz entre pueblos. Un hombre que creía en la ley y en la justicia. Que llevó a cabo miles de reformas, construyó una administración eficaz y prohibió los trabajos forzados y las torturas. Además, abrazó lo que hoy en día llamaríamos “multiculturalidad”, aunque eso sí, siempre bajo las leyes romanas.

Adriano emerge como un hombre complejo, que creía en la ley, en la justicia y en la paz entre los pueblos

Adriano también emerge como un hombre pasional, que a los 48 años se enamora de un jovencito griego de tan sólo catorce, un adolescente tierno, sensible, pero sin vocación artística o intelectual notable, que acaba por destrozarle el corazón.

No será, sin embargo, la gran catástrofe de su vida. Su gran error fue la pésima gestión de la revelación de los judíos. Adriano cometió un error mayúsculo al sofocar la rebelión con una violencia desmedida e injustificada. Jerusalén fue destruida, los rabinos fueron ejecutados.

Así, el hombre que en principio tanto había creído en la paz acabó cubierto de sangre inocente. Aquello fue el principio de su fin. Y él lo sabía.

¿Qué iba a pasar una vez él muriese? Eso era lo que le atormentaba. Y por eso decide escribir sus memorias. Quiere –necesita– explicar sus ideas, su concepción del mundo. Quiere –desea– asegurar un legado que trascienda su mortalidad.

Marguerite Yourcenar dijo que “Memorias de Adriano” es un libro que necesitaba ser escrito por alguien de más de cuarenta años. Ella, de hecho, cuando recuperó aquellos folios amarillentos, tenía ya los cuarenta y cinco. Yourcenar decía que se necesitaba que la vida te hubiese dado ya unos cuantos zarpazos para entender a un personaje tan poliédrico, para entender su batalla contra el tiempo, para comprender sus errores y contextualizar todo lo que le pasó.

Habría que añadir que también se necesitaba tiempo, mucho tiempo, y también práctica y estudio y mucha disciplina, para llegar a dominar todos los elementos necesarios para escribir una novela de este nivel.

Porque lo que Marguerite Yourcenar hizo con Adriano fue más que convertirlo en un protagonista de novela. Fue transformarlo en una figura para la posteridad. Fue insuflarle una vida eterna.

fue, sin duda, una mujer compleja

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