“Mi Rembrandt” en Filmin: ¿Qué significa realmente tener una obra maestra?

  • Artículo de Ana Polo Alonso

Nadie ha sido capaz en los últimos cuarenta años de descubrir un nuevo cuadro de Rembrandt. Nadie excepto Jan Six, un galerista de Amsterdam que, casualmente, es descendiente directo de otro Jan Six, del siglo XVII, un rico mercader que fue amigo personal de Rembrandt y cuyo retrato Rembrandt pintó en 1650 (y se dice que fue el mejor de todos los retratos que hizo).

El Jan Six actual descubrió –o creyó descubrir– un cuadro perdido del maestro holandés una mañana de noviembre del 2016, cuando regresó a su oficina en el canal de Herengracht después de dejar a sus hijos en el colegio y comenzó a mirar su correo. Aparte de unas cuantas facturas, encima de su mesa tenía un catálogo de una subasta de Christie’s en Londres. En principio no debía contener nada de especial interés y Jan Six pasó las páginas con cierto desdén. Pero una fotografía hizo que parara en seco: era la imagen de un joven con una mirada penetrante y el típico cuello de encaje símbolo de estatus en el siglo XVII. En el pie de foto se decía simplemente que se trataba de un desconocido, que el cuadro debía ser de 1633 aproximadamente y que lo debió pintar alguien muy influenciado por Rembrandt. Se sabía, además, que el retrato había pertenecido a Sir Richard Neave, un rico mercader inglés del siglo XVIII que había amasado una importante colección en su momento.

Todo aquello no cuadraba: “Rembrandt todavía no era famoso a principios de los treinta, por lo que era imposible que hubiese creado ya una escuela o un círculo de seguidores“, aseguró Jan Six. Aparte, estaba la técnica de los ropajes y, sobre todo, de los encajes de bolillos. En la época de Rembrandt, normalmente se pintaban los detalles de los encajes en blanco sobre un fondo oscuro, pero Rembrandt hacía lo contrario: él ponía una gran capa de blanco y establecía los intrincados detalles con pintura negra. Había otro truco: nunca repetía los patrones de los encajes como si fueran simétricos –decía que en los cuadros se veían artificiales–, por lo que siempre los alteraba. El tercer elemento clave, y seguramente el más importante, era la mirada del misterioso joven del retrato: una mirada penetrante y directa, con una realidad y percepción psicológica que sólo un gran maestro puede inmortalizar.

Mirando a aquellos ojos, Jan Six se dio cuenta de que “Christie había metido la pata“. Aquello no era la obra de un admirador. Aquello era un Rembrandt auténtico. Fue a Londres y compró un cuadro 120.000 dólares, un precio irrisorio si realmente se trataba de una obra del maestro holandés. Pero, ¿realmente lo era?

***

La directora Oejke Hoogendijk quería hacer un documental sobre arte diferente. “Pienso que los films sobre arte son instructivos, como las conferencias. El contenido es interesante, pero la forma no es muy apasionante. Por lo que pensé: “¿no podrías hacer una cinta sobre Rembrandt que pareciera un thriller? Un thriller de arte. Ése era el objetivo“. El resultado fue “Mi Rembrandt“, un documental que sigue las peripecias de varios propietarios de un Rembrandt, que explora lo que significa realmente poseer una obra maestra y, sobre todo, hasta dónde somos capaces de llegar por adquirir una.

Hoogendijk ya tenía experiencia en el campo del arte: durante diez años filmó la renovación y restauración del Rijsmuseum de Amsterdam y en el 2014 resumió más de 400 horas de grabación en un documental, “The New Rijskmuseum“, que cosechó una gran crítica internacional. En el 2019, además, lanzó “Marten & Oopjen: Retrato de un matrimonio“, sobre los retratos de Maerten Soolmans y Oopjen Coppit, unos ricos burgueses que Rembrandt pintó en el año 1634 (cobró por ello 500 florines, una suma más que considerable para aquella época). El cuadro había sido vendido en 1877 por el noble holandés Willem van Loos al barón francés Gustave de Rothschild, el cual se lo legó a sus herederos. En el 2015, uno de sus descendientes, Eric de Rothschild, anunció que vendía los cuadros por 160 millones de euros, una cifra desorbitada que obligó al Louvre de París y al Rikjsmuseum de Amsterdam a aliarse (lo cual no fue en absoluto sencillo y se rumorea que las negociaciones fueron bastante duras).

Para “Mi Rembrandt“, la directora Oekje Hoogendijk recuperó retazos de esta historia y la entrelazó con otras que también tenían a un Rembrandt por protagonista. Descubrimos así al duque de Buccleuch, quien disfruta en su castillo de Escocia de un retrato del maestro holandés de 1615 sobre una mujer ya mayor leyendo (a la cual, por cierto, el duque trata como si fuera de la familia). También conocemos al multimillonario inversor estadounidense Thomas S. Kaplan, el cual ha amasado la mayor colección privada de Rembrandts del mundo (la Leiden Collection). Y sí, en “Mi Rembrandt” sale Jan Six y su cruzada por probar que su retrato de un joven desconocido es realmente obra del maestro holandés.

Todas las historias se entremezclan y, de algún modo, se apoyan y complementan entre sí, aunque no hay duda de que Jan Six acaba emergiendo como el gran protagonista y domina toda la filmación: ¿conseguirá probar que su tesis es cierta? ¿Qué le mueve realmente? ¿Por qué tanto interés en verdad por este cuadro? Lo interesante de “Mi Rembrandt” es que la trama podría haber sido predecible, pero no lo es en absoluto: cuando ya parece todo encaminado, hay un giro inesperado del guión y ya nada es lo que parece ni nadie es tan perfecto como se suponía.

Por ello, el documental no acaba siendo sobre Rembrandt –su obra, su tiempo, su legado–, sino los efectos embriagadores que implica poseer uno. ¿Cómo te cambia tener una obra maestra en tu propio dormitorio o en la sala de estar de tu casa? “Mi Rembrandt” explora la diferencia entre el asombro y el vulgar postureo, entre el conocimiento y respeto reverencial hacia algo único y el comportamiento de nuevo rico. A través de ese análisis, el documental rastrea las imperfecciones que nos hace únicos: una pincelada puntual en un cuadro hace que pase a ser una obra maestra o, por el contrario, a no valer nada; la mirada humana puede detectar el mayor de los talentos, pero también el mísero fraude; la ambición por deleitarnos con lo sublime nos puede hacer unos estetas o unos farsantes. Porque lo importante, como hubiese dicho el propio Rembrandt, depende de cómo se mire y en dónde se pose el ojo.

  • Artículo de Ana Polo Alonso.

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