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Se codeó con presidentes de la talla de Roosevelt y Eisenhower, era amiga de Grace Kelly y Cocó Chanel, en sus fiestas no faltaban estrellas como Paul Newman y Greta Garbo y hasta Dalí se fijó en ella y la inmortalizó en un cuadro que tituló, no sin cierta sorna, “la condesa de Kentucky”.

Mona Bismarck, ataviada con un Balenciaga, es fotografiada en su casa de París por Cecil Beaton en 1955.

Mona von Bismarck tuvo, ciertamente, una vida de película, comenzando con unos orígenes sociales humildes y llegando a encarnar a la perfecta “socialite”, con una vida a caballo entre Nueva York, París y la isla de Capri. Entre medio hubieron cinco maridos y un vestuario inacabable que el propio Hubert de Givenchy, uno de sus diseñadores fetiche y exponente sin duda del distinguido “savoir faire”, calificó de “extraordinario”. “Adoraba la moda y tenía muy buen gusto”, dijo de ella. Balenciaga fue otro de sus referentes y con sus algunos de sus diseños se dejó fotografiar por el reverenciado fotógrafo Cecil Beaton en el exclusivo Hotel Lambert de París, la antigua residencia real francesa. Fue uno de los “photo shoots” más memorables de la historia. “Era el epítome de todo lo que el gusto y el lujo pueden aportar a una flor”, sentenció Beaton y, viniendo de un británico y dirigiéndose a una estadounidense, el piropo no tiene precio. Diana Vreeland, la icónica editora de Vogue de los cincuenta, también se deshizo en alagos hacia ella: “era refinada en todo, de su aspecto a la decoración”. Y la Vreeland nunca hacia piropos porque sí. Menuda era la Vreeland.

Mona von Bismarck, desde luego, tenía elegancia a espuertas y llegó a dominar, después de esforzarse mucho, el arte de poseer el “je ne sais quoi”, ese condimento etéreo, elusivo e incuantificable que transforma a alguien en puro refinamiento. Sus movimientos llegaron a ser perfectos; su mirada azul aguamarina, inolvidable.

El reverenciado fotógrafo Cecil Beaton dijo de ella que “era el epítome de todo lo que el gusto y el lujo pueden aportar a una flor”.

 

Ahora bien, tuvo que trabajar para adquirir esa “majestad”. Sus orígenes sociales no le habían dado ni dinero ni cachet, pero sí determinación. Nació como Margaret Edmona Strader en Louisville, Kentucky, en 1897. Sus padres se divorciaron cuando ella tenía cinco años y se fue a vivir con su abuela paterna a Lexington.

Gracias al trabajo de su padre, conoció al que sería su primer marido. Henry James Schlesinger era el heredero más rico de Winsconsin. Tenía dieciocho años más que Mona, pero era hijo de un empresario del hierro y carbón y poseía Fairland Farm en Lexington, donde el padre de Mona trabajaba como entrenador de caballos. Se casaron en 1917.

El matrimonio, sin embargo, duró un suspiro. En 1921, Mona se volvía a casar, esta vez con el banquero James Irving Bush de quien se decía que era “el hombre más apuesto de América”. Y guapo, desde luego que era, pero también era desagradable e incluso violento cuando bebía. Y bebía en exceso. El divorcio llegó en 1925.

 

 

Nueva vida por delante. Mona abre en Nueva York una tienda con su amiga Laura Merriam Curtis, la hija de William Merriam, un antiguo gobernador de Minnesota. Laura estaba prometida con Harrison Williams, considerado “el hombre más rico de América” (se decía que tenía una fortuna de 600 millones de dólares, unos 8.300 millones actuales). Aprovechando un viaje de Laura, Mona se quedó con el suculento novio, que por aquel entonces era viudo y tenía 53 años (veinticuatro más que ella). La boda fue el evento social del año y los periodistas dieron debida cuenta del increíble viaje de novios alrededor del mundo a bordo del yate “Warrior”, entonces el mayor y más lujoso yate privado del mundo.

Aquello fue sólo el comienzo. A la vuelta del viaje de novios, compraron una mansión neo-georgiana en Nueva York, entre la calle 94 y la Quinta Avenida, en el afluente Upper East Side. Era una casa diseñada por Delano & Aldrich en 1915 y Mona no escatimó en su decoración. Llamó a la afamada interiorista Syrie Maugham y adquirió cuadros de Goya, Tiepolo y Fragonard para cubrir las paredes. Luego también adquirieron “Oak Point”, una mansión en Bayville, en Long Island North Shore. Más tarde llegó otra mansión de fachada en blanco inmaculado en la avenida Worth de Palm Beach y, posteriormente, el matrimonio compraría la que sería la residencia favorita de Mona: “Villa Il Fortino”, en Capri, levantada sobre los restos de un palacio que en su día perteneció al emperador César Augusto y, más tarde, al emperador Tiberio.

Sus fiestas eran esperadas por toda la sociedad del momento. A algunas de las que organizó en “Oak Point”, en Long Island, asistió su amigo el escritor Scott Fitzgerald, años antes de que escribiera “El gran Gatsby”. Dicen que no es del todo casual que Daisy Buchanan, la protagonista de la novela, fuera nacida en Louisville, Kentucky, que fuera increíblemente hermosa e inimaginablemente rica. Todo ello, y algunos detalles más, estaban seguramente inspirados en la propia Mona.

 

Al mismo ritmo que el número de sus casas y sus fiestas, su vestuario no hizo más que agrandarse y su joyero no hizo más que incrementarse. Su gusto por la alta costura era de sobra conocido a ambos lados del Atlántico y, en 1933, fue escogida “la mujer mejor vestida del mundo” por un jurado que incluía a Chanel, Molyneux, Vionnet, Lelong y Lanvin. Fue la primera estadounidense en conseguirlo. Toda una hazaña que parecía hasta entonces reservada a los grandes apellidos europeos.

Eso sí, tal obsesión por ir siempre impoluta dio pie a alguna que otra anécdota. Como cuando, en un viaje a París, el tren que llevaba su equipaje descarriló y, sabiendo que no llegaría su ropa a tiempo, encargó sin demora ciento cincuenta trajes a la casa de modas de Balenciaga.

Tanto dinero la rodeaba que la revista Time dijo en 1929: “el único motivo por el que los Harrison Williamses no viven como príncipes es que los príncipes no se pueden permitir vivir como los Harrison Williamses”.

Pero, a pesar del dinero a raudales y el lujo a espuertas, a Mona todavía le quedaba, precisamente, algo por conquistar: cachet social en la antigua y ultraclasista Europa. Quería ser, si ya no de la realeza, al menos de la alta aristocracia. Y lo conseguiría después de que su tercer marido muriese y, sin pensárselo demasiado, al año siguiente de enviudar ya estaba preparando una nueva boda.

El afortunado fue Edward von Bismarck-Schönhausen, interiorista y de quien se decía que era homosexual. A Mona le dieron completamente igual los rumores: Edward era conde y, para más inri, era nieto del mismísimo Otto von Bismarck, el poderosísimo canciller de Alemania. Aquello le abría las puertas del abolengo y, una vez convertida en condesa, en palabras de Diana Vreeland “se dispuso a reinar con una elegancia y majestuosidad pocas veces vista”.

Sus gestos se refinaron, sus movimientos se estilizaron. Parecía que andaba a cámara lenta, siempre perfecta para ser inmortalizada en una instantánea única. Se hizo musa de Cristóbal Balenciaga, de Hubert de Givenchy y de Madeleine Vionnet. Su joyero se llenó con suntuosas y exclusivas creaciones de Belperron y Verdura. Cartier también le facilitó un fabuloso collar con un zafiro de 98 quilates. La pieza tiene tanto valor como joya como por origen geológico. Por ello, hoy está expuesto en el Museo de Historia Natura de Washington.

Mona Bismarck inmortalizada por el fotógrafo Horst P. Horst

El matrimonio vivía entre Capri y París. En la isla mediterránea, Mona se dedicó a uno de los principales hobbies de la alta aristocracia: la jardinería. Junto con su marido elaboró suntuosos jardines. Cada día, de hecho, un barco le llevaba agua del continente. Un artículo de 1963 de Courier Journal la describió entonces como “una auténtica Cenicienta rodeada de los líderes del momento; su calabaza de Kentucky se ha transformado en una carroza dorada en Capri”.

Trasladarse a París durante largas temporadas completó su transformación. La nueva condesa von Bismarck se compró en 1956 un “hôtel particulier”, en el número 34 de la Avenida de Nueva York, frente a la Torre Eiffel. Era un palacete de tres plantas construido a finales del siglo XIX y que mandó renovar por el elegantísimo decorador Stéphane Bourdin, a quien también llamaría Jackie Kennedy para redecorar la Casa Blanca.

Por su mansión de París pasarían el Duque y la Duquesa de Windsor, Aristóteles Onassis (acompañado de María Callas) y hasta el mismísimo Winston Churchill. Era la prueba irrefutable de que había sido “aceptada” como “one of us”, “uno de los nuestros”.

La única tara, se decía, es que continuaba teniendo un leve acento de Kentucky. Además, tenía complejo de poco culta y por eso se pasaba horas y horas leyendo. También patrocinó a numerosos artistas y escuchaba con auténtica veneración a las mentes más lúcidas del momento.

 

Era, no obstante, la cima de su éxito social y también fue el momento de más esplendor de su elegancia. De aquella época fueron la fotos que le hizo su amigo Cecil Beaton. A falta de una coronación, al menos fue entronizada en el anuario —más bien, la Biblia— del estilo: Vogue se rindió a sus pies. En los años cincuenta nadie pobló más las páginas de la sacrosanta publicación que ella.

 

‘Mona Bismarck llevando joyas de Belperron” (1936),
COURTESY THE CECIL BEATON STUDIO ARCHIVE AT SOTHEBY’S

 

Solo hubo una persona que le puso pegas a su reinado de estilo. Se dice que Mona quería un retrato suyo pintado por Salvador Dalí “como inversión”. Y se dice también que el pintor la pintó desnuda, lo que escandalizó a Mona y la puso furiosa. Dalí accedió a cubrirla pero, como venganza, la visitó de negros y con harapos. Todo un insulto a la emperatriz del glamour y el buen gusto.

En los últimos años de su vida, como suele pasar en todas las películas, todo fue cuesta abajo. Aunque siempre llevó su caída con una dignidad inigualable. Cuando enviudó de von Bismarck se volvió a casar, a la edad de 73 años, con el doctor italiano Umberto de Martini, catorce años menor que ella y que le salió rana. Al cabo de unos años se descubrió que seguía casado cuando contrajo matrimonio con Mona y que sólo la quería para pegarse una vida a cuerpo de rey.

Umberto murió en un accidente de tráfico. Se despeñó por un acantilado mientras conducía a toda velocidad su Alfa Romero. Aquella pérdida hizo que Mona se retirase del mundo . Se refugió primero en Capri, junto a su amigo y confidente Truman Capote. Luego se recluyó en su casa de París, donde murió el 10 de julio de 1983. A pesar de haber llevado una vida que sólo se puede entender si has leído “El gran Gatsby” de Scott Fitzgerald, el “New York Times” pasó por alto su muerte y no le dedicó ningún obituario.

A día de hoy, décadas después de su muerte, su capacidad para proyectar el glamour sigue siendo imbatible. Fue la imagen de la distinción en su estado puro, sin una sola mácula; un símbolo de elegancia, imposible de repetir, ni tan siquiera copiar, hoy en día.

 

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