Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage hand“Cuando era pequeño no quería ser zapatero. Mi padre era zapatero, sus tres hermanos eran zapateros y mi abuelo era zapatero. Yo quería hacer otra cosa. Pero mi padre me obligó. Y le doy las gracias cada día por ello”.

Raymond Massaro, Monsieur Massaro, sabe que, aunque en algún momento quiso ser profesor de francés o de historia, ser zapatero era su destino. Hoy en día, el taller Massaro es el atelier de zapatos más sofisticado del mundo y también el más codiciado. Han trabajado para los Kennedy, para Elizabeth Taylor, Marlene Dietrich y la Duquesa de Windsor. Era el zapatero oficial del rey Hassan II de Jordania, quien, por cierto, le regaló un calzador en oro y plata. También hicieron una orna de zapato para el Papa Juan Pablo II.

Pero su cliente más destacado es Chanel: los zapatos que llevan las modelos en la pasarela están hechos por Monsieur Massaro. De hecho, la icónica sandalia de dos tonos de Chanel fue diseñada por Massaro y su padre, con las indicaciones de Coco Chanel, hace sesenta años. Fue en 1957, y madame Chanel buscaba un zapato que estilizase la pierna e hiciera el pie visualmente más pequeño. Massaro diseñó una sandalia de punta ligeramente cuadrada  y reemplazó la tradicional tira de hebilla por una cinta elástica (una verdadera innovación). La “bicolore”, como se la conoció, es el modelo de zapato más vendido (y más icónico) de Chanel. En un momento en que imperaba el gris, apostaron por el beige, por la punta negra de satén (que hacía el pie más pequeño) y por el tacón de seis centímetros (que estilizaba la pierna).

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Es un zapato que, además, resume bien el estilo de Massaro. Sus zapatos, diseñados solo por encargo, son considerados objetos de lujo. Todo está hecho a mano en un estilo genuinamente artesanal donde las diez personas del taller ponen todo su tesón y talento. Son un equipo compenetrado y con una experiencia insuperable. El jefe de taller lleva trabajando allí más de treinta años. Todo aquel que comienza en el atelier Massaro, se queda en el atelier Massaro. “Es la garantía del trabajo bien hecho”, reconocía Monsieur Massaro en una entrevista hace años.

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Raymond Massaro, en 2008, cuando ya pasaba los ochenta años, decidió dejar el puesto. Pero el alma sigue en el taller y su calzador sigue siendo su objeto fetiche (“nunca lo suelto, sobre todo después que una vez lo olvidé después de probarle unos zapatos a André Malraux”).

“El trabajo de un zapatero es conseguir la perfección”, ha defendido siempre. Y a la perfección se ha entregado en cuerpo y alma este gran maestro en cuyo taller se producen artesanalmente 1.500 pares de zapatos al año, 150 de los cuales son para los desfiles de Chanel. Los precios, por supuesto, son estratosféricos: un par de zapatos cuestan, de media, 3.000 euros. Pero para los más de 3.000 clientes fieles del salón, el precio merece la pena.

Más de un siglo de historia

En 1894, en el número 2 de la rue de la Paix, en París, el italiano Sébastien Massaro, abuelo de Raymond, fundaba la Maison Massaro. Lo hacía en un local que había pertenecido a un relojero, a dos pasos de la plaza Vendôme, años antes de que se construyese el Ritz. En el atelier trabajarían sus cuatro hijos y, luego, su nieto Raymond, quien aprendería el oficio de su tío Donnat, que se encargó del negocio cuando el abuelo Massaro se retiró. De pequeño, Raymond vio como su padre, Lazare, probaba zapatos a la duquesa de Windsor y zapatillas de satén a Marlène Dietrich. Luego llegó una señora llamada Coco Chanel. Christian Dior también aparecería, pero Lazare se negó a trabajar para él. “Mejor trabajar para pocos y controlar tu propio trabajo, que trabajar para muchos y no tener ningún control”. Dior acabaría yéndose a Roger Vivier.

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En 1967, Raymond se hizo cargo del negocio, a regañadientes. Había pensado en ser profesor de historia y, más tarde, se matriculó en la escuela Diderot, que formaba a ingenieros. Pero se dio cuenta de que aquello no era lo suyo cuando tuvo que limar un trozo de chatarra. Enseguida se matriculó en la escuela de zapatería y en 1947 se unió al negocio familiar. Cuando tomó las riendas, aparte de seguir trabajando para Chanel, también hizo encargos para Jean-Paul Lagerfeld, Gianfranco Ferré y John Galliano (irónicamente,  a pesar de los consejos de su padre, Massaro acabó trabajando para Dior). Años más tarde llegarían Thierry Mugler y Azzedine Alaïa.

Para todos ellos siguió el mismo proceso de diseño: minucioso hasta el extremo, siempre buscando la combinación entre la estética y la ortopedia. Massaro da una importancia enorme a caminar correctamente y a una postura adecuada. También a que los zapatos realcen la figura y aporten elegancia en los movimientos.

El proceso de diseño es minucioso. Lo primero es entender la psicología de los clientes y saber qué esperan exactamente de los zapatos: ¿buscan comodidad? ¿buscan algo especial para una fecha señalada? Una vez el cliente se decide por un estilo determinado, se toma una huella de su pie y se hace un molde. Luego se fabrica el zapato. Crear un zapato lleva unas cuarenta horas de trabajo.

Con ningún descendiente al que legar el negocio, Massaro decidió vender el taller a Chanel. Así, cuando él ya no esté, su legado seguirá vivo.

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