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Se dice que una vidente lanzó una maldición contra Joe Kennedy, el patriarca del clan, y desde entonces la tragedia no deja de atormentar a esta dinastía política obsesionada con el poder. La leyenda seguramente sea falsa, pero desde luego la lista de desgracias de los miembros de la familia es tan larga que cuesta creer que tan sólo se deba a circunstancias adversas, riesgos innecesarios y muy mala suerte.

Joe Kennedy y Rose Fitzgerald Kennedy tuvieron nueve hijos. En 1941, Rosemary, su tercer vástago y la primera chica, fue sometida a una operación de lobotomía prefrontal que la dejó prostrada en una institución psiquiátrica hasta su muerte. Joe Junior, el mayor de los hijos, murió en 1944 en un accidente aéreo en Suffolk, Inglaterra, mientras servía como piloto de guerra en un bombardero B-24. Siete años más tarde, otra de las hijas, Kathleen “Kick” Kennedy Cavandish, fallecía en otro siniestro de aviación. John F. Kennedy era asesinado en Dallas en 1963 y Bobby Kennedy fue también abatido por seis balas; fue en 1968, ochenta días después de anunciar su campaña a la Presidencia de los Estados Unidos.

Sólo el pequeño de los Kennedy, Edward, llamado Ted, parecía no estar maldecido. Pero en 1964 se probó que él tampoco iba a escapar al aciago destino de su familia. Ese año, mientras se dirigía a la convención demócrata en Massachussets con un ayudante, el avión en que viajaba se estrelló. El piloto y el ayudante murieron al instante. Ted sobrevivió, aunque con costillas rotas y la columna vertebral resquebrajada. Sólo volvió a caminar después de varias operaciones.

Y lo peor estaba aún por llegar.

El 18 de julio de 1969, en el diminuto islote de Chappaquiddick, en Massachussetts, muy cerca de Martha’s Vineyard, el coche de Ted, un Olsmobile 88 de color negro, se salió de la carretera, atravesó la barrera de madera del puente Dike y cayó al lago Poucha a media noche. Dentro iban Ted y Mary Jo Kopechne, una antigua asistente de su hermano Robert. El agua llenaba el vehículo y no podían apenas respirar. Ted consiguió salir del coche, pero Mary Jo murió ahogada. Ted no avisó a la policia hasta la mañana siguiente, después de que un buzo, John Farrar, recuperase el cuerpo de la joven a las 8.45h. Ted tan sólo fue juzgado por abandonar la escena del accidente (una falta penada con dos meses de cárcel), pero el juez que instruyó el caso, James Boyle, le absolvió y el pequeño de los Kennedy nunca puso un pie en prisión.

 

 

A día de hoy todavía perviven las especulaciones sobre lo que ocurrió aquel día exactamente. En teoría, Ted y Mary Jo habían pasado unas horas con un grupo de asesores que había participado en la campaña de su malogrado hermano Bobby. A las 11.45h se dirigían en coche al dique para tomar el ferry a Edgartown, en Martha’s Vineyard, en donde tenían reservadas habitaciones de hotel. Habitaciones separadas, como se repetiría hasta la saciedad días después. Ted, simplemente, se equivocó de dirección y, cuando quiso darse cuenta del error, el coche ya había traspasado la valla del dique y caía al agua. Esa fue la versión oficial.

Sin embargo, si realmente se iban a tomar el ferry, ¿por qué Mary Jo no se despidió de nadie de la fiesta? Y, ¿por qué se dejó el bolso y la llave de su habitación de hotel? ¿Por qué el coche no siguió la carretera perfectamente asfaltada que llevaba al dique y, sin embargo, giró bruscamente para tomar un camino de tierra que llevaba a una playa? Además, si Ted dijo que el accidente había ocurrido a las 11.45h (el último ferry partía a media noche), ¿cómo pudo ser que un residente del islote, Huck Look, viese un coche idéntico al de Kennedy, con un hombre y una mujer dentro, a las 12.45 h?

Lo más importante, ¿por qué Ted Kennedy abandonó la escena? ¿Por qué no llamó inmediatamente a la policía? ¿Por qué esperó hasta la mañana siguiente para dar cuenta de lo sucedido? ¿Por qué los padres de la joven se negaron a que se le practicara una autopsia a su hija?

Son precisamente todos interrogantes los que movieron al director John Curran y a los guionistas Taylor Allen y Andrew Logan a embarcarse en “El escándalo de Ted Kennedy” (“Chappaquiddick” en inglés), una película que en Estados Unidos ha causado una pequeña polémica entre los demócratas. Y que más que resolver dudas, plantea nuevas preguntas.

 

 

Dos noches fatídicas en la vida de Mary Jo

Volvamos a aquel fatídico 5 de junio de 1968. Robert “Bobby” Kennedy, exfiscal general y entonces senador por Nueva York, acaba de ganar las primarias demócratas en California y está a un paso de ser coronado candidato a la Presidencia por su partido. Acompañado de su mujer, Ethel, sale de la Suite Real del Hotel Embassador de Los Ángeles, baja las escaleras, entra en un enorme salón donde están congregados 1.800 seguidores, pronuncia un estimulante discurso y sale por un pasillo secundario, completamente abarrotado, que le conduce a las cocinas. Tiene prisa por ir a Chicago y sellar la nominación. Su personal de seguridad se compone de un exiguo equipo: un agente del FBI ya retirado y dos guardaespaldas. Ninguno es capaz de garantizar su integridad enmedio de semejante multitud.

En medio del gentío y del ruido ensordecedor de los gritos entusiastas suenan ochos disparos. Robert y seis personas más han sido heridos. El doctor Stanley Abo, uno de los asistentes al mítin, examina al senador. Uno de los disparos, justo detrás de la oreja derecha, es mortal. Veintiseis horas después, la madrugada del 6 de junio, Bobby Kennedy muere. Tenía sólo 42 años.

En la suite del hotel Embassador estaba congregado el equipo de campaña que había acompañado a Bobby a California. Serían también los que acompañarían el féretro a Washington para ser sepultado en Arlington. Entre ellos estaban las llamadas “Boiler Room Girls“, un grupo de mujeres que ayudaban como secretarías y asistentes. Una de ellas se había labrado un papel destacado: había ayudado a escribir un discurso en contra de la guerra de Vietnam y participó en el redactado del anuncio de la candidatura.

Su nombre era Mary Jo Kopechne. Tenía 27 años.

 

Bobby Kennedy y Mary Jo Kopechne en 1968

 

Un año más tarde, Mary Jo estaba llena de planes de futuro. Acababa de aceptar un trabajo con Matt Reese, un consultor político, y estaba pensando seriamente en casarse (su novio trabajaba en el Foreign Service). En verano, antiguos compañeros de la campaña presidencial la llamaron para ir a pasar un fin de semana en Edgartown, en la isla de Martha’s Vineyard. Se celebraban las regatas del Yacht Club en donde participaba Ted Kennedy, y el primo de éste, Joseph Gargan, había alquilado una caseta en el pequeño islote de Chappaquiddick, a pocos metros de la costa. Se hospedarían en un hotel en Edgartown y luego irían en ferry a la pequeña isla.

Aparte de otras cinco mujeres de las “Boiler Room Girls“, del senador Kennedy, de un ayudante de éste (apellidado Crimmins) y de Joseph Gargan, también asistiría a la fiesta Paul Markham, antiguo fiscal del estado de Massachussets. Todas las chicas eran solteras; todos los hombres estaban casados. Ted Kennedy incluso tenía tres hijos de su matrimonio con Joan Bennet, con quien se casó en 1958; Joan estaba de nuevo embarazada.

Después de participar en las regatas, Ted y Crimmins llegaron a la cabaña de madera. Iban bien provistos: tres botellas de vodka, cuatro de whisky, dos de ron y unas cuantas cervezas. Según informaría Ted a la policia, la fiesta comenzó muy animada pero pronto comenzaron a resurgir los recuerdos de Bobby y él y Mary Jo se agobiaron de estar ahí dentro. Por eso, según la versión oficial, decidieron marcharse. Además, se explicó, Mary Jo tenía una insolación y no se encontraba bien.

Cuando el coche se estrelló en la barrera y cayó al agua, Ted fue presa del pánico. “La oscuridad era total“, recordó. “El agua entraba rápidamente por todas partes: por la ventanillas, por encima de mí, por debajo de mí“. Tomó aire, convencido de que sería su última bocanada y, sin saber muy bien cómo, salió del vehículo y llegó a la superficie. Se sumergió siete u ocho veces para intentar rescatar a la chica, pero fue en vano. Salió del lago y se dirigió a la casa donde habían estado. Pasó por delante de otras casas e incluso de un puesto de emergencias desde donde podría haber llamado a la policia. Pero no lo hizo.

 

Fotograma de la política “El escándalo de Ted Kennedy”

 

Tampoco lo harían su primo Joseph Gargan ni Paul Markham, antiguo fiscal del estado de Massachussets, los cuales, al enterarse de la noticia, salieron corriendo con Ted hacia el lago para intentar rescatar a la joven. Cuando la policia y los periodistas les preguntaron porqué no pidieron ayuda, ambos repondieron que Ted les había dicho que se encargaría él de hacerlo.

Ted, desorientado, aturdido y en estado de shock, se lanzó al lago y lo cruzó nadando hasta llegar a Edgartown. Llegó a su hotel y subió a su habitación. Sólo salió para preguntar al recepcionista qué hora era. Eran las 2.25h. Luego volvió a encerrarse en su cuarto y no salió hasta la mañana siguiente. Supuestamente, se derrumbó a causa de los nervios.

El senador Kennedy no compareció delante de los medios de comunicación hasta una semana más tarde, cuando leyó un discurso a la nación. El 21 de julio de 1969 el astronauta Neil Amstrong pisaba la luna y todo el país estuvo durante días obsesionado con aquella proeza, con lo que la atención mediática al accidente de Chappaquiddick quedó relegada a un segundo plano. Pero cuando la obsesión con el Apolo 11 disminuyó, las informaciones sobre el trágico incidente saltaron a las portadas nacionales. El escándalo estaba servido, aunque la polémica no era si él iba borracho, sino la modestia de la joven: ¿qué hacía una mujer soltera a aquellas horas de la noche en un coche con un hombre casado y con tres hijos?

 

 

Cuando compareció ante la prensa, Ted negó que hubiese estado bajo los efectos del alcohol. Y es bastante probable que no hubiese estado borracho. El diario “Politico” ha calculado que, para que un hombre de la embergadura de Ted Kennedy pudiese sobrepasar los límites de alcohol en la sangre (que entonces eran del 0.15%, el doble que en la actualidad), tendría que haber bebido en tres horas (el tiempo que se calcula que estuvo en la cabaña) “ocho cubatas, o una cantidad equivalente de cervezas y vino”. Posible, pero poco probable. Además, de los análisis que se hicieron al cadaver de Mary Jo se comprobó que el nivel de alcohol en sangre de la joven era del 0.09%.

Descartada la borrachera, Kennedy se centró en negar lo que el público creía: que había sido amante de la joven. “No hay ninguna verdad, ninguna en absoluto, en las sospechas que han circulado sobre una posible conducta inmoral (…) Nunca hubo ninguna relación privada entre nosotros de ninguna clase“, dejendió el Senador. Su mujer, Joan, estaba a su lado. En declaraciones a la “United Press Internacional“, dijo que “creía en todo lo que Ted decía“. La señora Kennedy, que estaba embarazada en aquel momento, sufrió un aborto al cabo de poco tiempo.

La madre de Mary Jo, Gwen Kopechne, reconoció al cabo de los años que su marido y ella se habían negado a que se le practicase una autopsia a su hija porque hubiese determinado si estaba embarazada.

 

Anatomía de un escándalo

En 1992, la magnífica escritora estadounidense Joyce Carol Oates publicó “Black Water“, Agua negra (en español publicado por “Ediciones B“), donde recreaba con nombres ficticios la tragedia de Chappaquiddick, pero narrada desde el punto de vista de Mary Jo, aquí llamada Kelly Kelleher. Se centraba en lo terrenal y humano, en la sensación de asfixia dentro del coche. También se adentraba en una recreación ficticia de los hechos de aquella fatídica noche y, sobre todo, en explorar el ambiente social opresivo y sumamente conservador de los Estados Unidos. Un ambiente que, más que juzgarlo a él, enseguida inquirió si la chica estaba embarazada o si entre Ted y Mary Jo había algo más que una cortés camaradería.

El escándalo de Ted Kennedy” quería continuar esta línea: explorar la dimensión personal de una tragedia que pronto se convirtió en un escándalo nacional. Y también analizar la anatomía de una crisis política: los abusos de poder, del papel de los medios de comunicación, de la ambición desbordada de  algunos políticos que anteponen el triunfo personal a cualquier consideración ética.

 

“El escándalo de Ted Kennedy” es más que una película sobre una tragedia. Es un análisis de los abusos de poder, del papel de los medios de comunicación, de la ambición de algunos políticos que anteponen el triunfo personal a cualquier consideración ética.

 

No es un documental, ni lo pretende ser. Tampoco defienden que sea una recreación verídica de lo que pasó aquella noche y reconocen que, aunque ha habido un trabajo minucioso de investigación, se han basado en algunas conjeturas. Quizás algunas son excesivas, como pretender que las primeras palabras de Ted Kennedy justo después del accidente fuesen “No voy a ser presidente“, o la escena en que Joe Kennedy, el padre de Ted, comenta, en tono mafioso, “coartada” como la clave para tapar el escándalo (Joe Kennedy había sufrido un ataque en 1961 que le había dejado sin poder hablar ni prácticamente moverse, con lo que expresarse con tanta facilidad hubiese sido difícil).

Licencias creativas aparte, lo más interesante de la película es el magnífico retrato que Jason Clarke hace de Ted Kennedy. Consigue presentar a un personaje preso de tormentos que pocos seríamos capaces de soportar y, aunque nos introduce sin rodeos en el lado oscuro del senador (y de la absoluta sordidez que lo rodeaba), sabe matizarlo con detalles humanos.

Ted, en el fondo, era un hombre perseguido por la tragedia y marcado por un destino que no es capaz de esquivar. Como un miembro del clan Kennedy, su biografía estaba escrita desde que nació: debía continuar la saga familiar de políticos y, dado que John no había podido completar un mandato presidencial yque Bobby no había podido ni llegar a la nominación, él tenía que alzarse con la Presidencia. Lo sabía él y lo sabía toda la nación. En 1962 no le había quedado más remedio que presentarse al puesto de Senador por Massachussetts que había ocupado su hermano John antes de ser Presidente. Cuando Bobby fue asesinado, fueron muchos los que le presionaron para que él se presentase ese mismo año. En 1968 todos daban por hecho que se iba a presentar en 1972 (incluso el republicano Richard Nixon, que llevaba tiempo estudiando todos sus movimientos).

Ted tenía que llevar a sus espaldas el peso enorme de la sombra de sus dos hermanos mayores, aunque él era muy distinto: mucho más inmaduro, impulsivo y consentido, aunque con continuo sentimiento de culpa por haber escapado de la tragedia que se había llevado a tantos miembros de su familia. En 1968 era padre de tres hijos y responsable directo de los trece hijos de John y Robert que se habían quedado huérfanos.

Cuando “El escándolo de Ted Kennedy” apareció en Estados Unidos, la prensa conservadora no perdió ni un segundo publicitando el film y presentándolo como un ejemplo más de la sordidez y de la hipocresía de los demócratas (y del clan Kennedy en particular). La prensa progresista (el “New York Times” incluido) se llevó las manos a la cabeza y consideró que el personaje de Ted no refleja las aportaciones de un gran político que llegó a ser apodado “el león del Senado“.

En cualquier caso, lo único que demuestra esta polémica es que “El escándalo de Ted Kennedy” vale la pena. Es un ejercicio interesante para explorar las fronteras entre el drama humano y las cloacas del poder.

 

 

 

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