Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

Es negra y lesbiana en un país, Sudáfrica, que todavía no ha superado el Apartheid a pesar de que en Occidente nos creamos que es historia pasada. Sobre el papel, el país tiene unas de las legislaciones más progresistas del mundo. La Constitución democrática de 1994, que ponía oficialmente fin al apartheid, insistía en la eliminación de cualquier clase de discriminación y, en el 2006, Sudáfrica se convirtió en el primer país africano que legalizó el matrimonio homosexual. Pero, a pesar de los claros avances, la discriminación sigue al orden del día, sobre todo para la comunidad LGTBI, que es acosada, insultada y humillada a diario, perseguida por la intransigencia de una sociedad que los considera ajenos a todo lo africano.

Pero la discriminación no sólo se vive en Sudáfrica. Se vive también en ciudades occidentales, presuntamente cosmopolitas y multiétnicas. Zanele Muholi lo sabe bien. En 2016 fue invitada a Nueva York a pronunciar una conferencia. Los organizadores se encargaron del viaje y del hotel, pero al llegar, en el mostrador de la entrada, a pesar de que todo estaba pagado, comenzaron a reclamarle tarjetas de crédito o pago en efectivo. No era la primera vez que sufría esas suspicacias; tener que aguantar insinuaciones veladas de que estaba perdida, o desorientada, o que no sabía lo que hacía. Estar fuera de lugar, no pertenecer.

Daba igual que fuese la artista sudafricana más famosa después de William Kentridge y el recientemente fallecido fotógrafo David Goldblatt (ambos dos hombres blancos y mucho mayores que ella).

 

 

En aquel hotel de Nueva York, una vez pudo acceder a su habitación, aquella desagradable experiencia hizo que Zanele Muholi se interrogase, una vez más, por su propia identidad y cómo ella veía el mundo y el mundo la veía a ella. “Estaba confundida y enfadada”. Proyectó su frustración en un autorretrato, su cabeza cubierta por una masa de hilos. “Me sentía enredada y confinada”.

No era su primer autorretrato, ni sería el último. Zanele Muholi los ha convertido en un vehículo de expresión, para canalizar sus sentimientos y lanzar preguntas incómodas a los espectadores.

Su primer autorretrato fue en el 2012. En el 2014 comenzó lo que más tarde se convirtió en “Somnyama Ngonyama” (algo así como “¡Salve, oscura leona!”): un proyecto para retratarse cada día durante un año. “Hay muchas experiencias y eventos durante todo un año”, reconoció. Quería inmortalizar esos momentos específicos que nos sacuden y nos definen, que generan identidad y cultura. Algunos momentos son vividos en primera persona; otros, conocidos a través de medios de comunicación. Todos, sin embargo, refieren a lo mismo: los crímenes de odio, la opresión, la discriminación, el racismo.

 

 

No es fácil, desde luego, enfrentarse a esas experiencias. A la frustración, el miedo, la ira. Mucho menos es sencillo trasladar esos sentimientos a una simple fotografía, por muy poderosa e impactante que sea. Muchos de los retratos son alter egos; muchos tienen nombres en Zulu. Algunos fueron tomados en el pequeño apartamento de Zanele en Johannesburgo; otros fueron captados en carreteras o en habitaciones de hotel de todo el mundo.

 

La gran mayoría cuentan la historia de la propia Zanele. Su madre, Bester, era una criada en la Sudáfrica del Apartheid que no tenía más remedio que dejar a sus hijos para irse cada día a cuidar a una familia de blancos. Por eso, en uno de los retratos, Zanele se fotografía con una corona y otros atributos de la realeza, pero hechos con utensilios que emplean los criados a diario: estropajos y pinzas para colgar la ropa.

En otro retrato sale ataviada con una suerte de joyería hecha con cuerdas de plástico. Fue después de que sufriera un altercado racista en el control de seguridad de un aeropuerto. Las cuerdas son las mismas que las que se utilizan para esposar e inmovilizar a personas.   También hay fotos con neumáticos y prolongadores eléctricos. Todos estos elementos refieren a la brutalidad y explotación, y reivindican las voces de las personas menos privilegiadas: la servidumbre, los mineros, todos los miembros de comunidades privados de derechos.

 

 

Hay fotografías que analizan la obsesión de Occidente con una visión estereotipada y limitada de las culturas africanas. Fotos con grandes caracolas o una suerte de rosario interpelan a estas caricaturas, a este exotismo forzado, al que se ha condenado a África.

No sólo son los elementos los que fuerzan a la reflexión. El color negro, en sí mismo, es el centro de reflexión. En todas las imágenes, el color se ha forzado al máximo. El tono de piel se ha obscurecido digitalmente, forzando los contrastes al máximo. No es casualidad: las cámaras no son buenas reproduciendo el color negro (o bien acaban fusionándose con un fondo oscuro o desdibujándose con un fondo claro). Al presentar el color negro en su versión más potente, Muholi quería “hacer algo bonito que no es percibido normalmente como tal. Quería hablar de la estética de la negritud y la presencia de lo negro en espacios que tradicionalmente han sido sólo blancos”.

“Reclamo mi negritud”, explicó. “No imito ser negra; es mi piel, mi experiencia diaria. Como nuestros ancestros, somos negros los 365 días del año y deberíamos hablar sin miedo”.

 

 

La leona que no tiene miedo a rugir

Muholi nació en 1972 y se crió en Umlazi, una pequeña comunidad conflictiva y marginal a las afueras de la ciudad portuaria de Durban. A los veintiún años pudo votar por primera vez y luego se trasladó a Johannesburgo, en un momento en que la nueva constitución del país había garantizado, al menos técnicamente, el fin de la discriminación, no sólo racial sino también por motivos de orientación sexual. Muchas mujeres que no habían tenido otro remedio que seguir un camino tradicional y limitado, ahora tenían la posibilidad de salir a la calle sin ser acompañadas, o de ir a un bar. Muchas mujeres que habían tenido que ocultar su lesbianismo pudieron, por fin, decirlo abiertamente.

A pesar de que se formó y trabajó como peluquera (todavía peina personalmente a muchas de las personas que salen en sus trabajos), la fotografía comenzó a ofrecerle un vehículo para expresarse, para dar un sentido a su vida y encajar en una incipiente comunidad de artistas lesbianas negras que se habían reunido en la capital del país.

 

 

Se apuntó al “Market Photo Workshop”, una escuela de Johannesburgo fundada por el legendario fotógrafo sudafricano David Goldblatt. Goldblatt se convirtió en su mentor e incluso acabó esponsorizando el máster de Zanele en la Universidad de Ryerson, en Toronto.

De vuelta al país, Muholi fue una de las fundadoras de un grupo de apoyo a lesbianas. A pesar de la legislación del país, muchas lesbianas sufren el horrendo crimen de las llamadas “violaciones correctivas” (los violadores justifican su crimen diciendo que así las convierten en heterosexuales). El pánico, el miedo y el trauma al que se enfrentan las lesbianas, y también las personas transexuales, hizo que Zanele comenzara su serie “Faces and Phases”, retratos con los que quería luchar.

En 2009, su madre murió. Zanele se refugió en una nueva obra, “Difficult Love”, amor difícil, donde reconoce que le hubiese gustado que su madre, y el resto de su familia, la hubieran apoyado más en su carrera. Su madre nunca fue a ninguna de sus exposiciones. Aunque había aceptado el lesbianismo de su hija, a Zanele le hubiese gustado que “se hubiese alegrado más por lo que había conseguido”.

La comunidad artística internacional conoció la obra de Zanele Muholi en el 2012, en Documenta, donde exhibió esta serie de retratos de lesbianas sudafricanas. Una serie que nunca ha dejado de lado y que sigue nutriendo y exhibiendo (recientemente, en el Stedelijk Museum de Amsterdam).

Y luego vino “Somnayama Ngonyama”. El año pasado  se exhibió en diez ciudades alrededor del mundo (actualmente, está en Buenos Aires). En otoño, incluso se proyectaron en grandes anuncios digitales en Times Square, en Nueva York, dentro del festival Perfoma Biennial. Antes incluso de abrir formalmente al público, todas las obras expuestas en una galería de Nueva York fueron vendidas. Hace poco, la editorial Aperture ha recopilado todas las obras en un libro.

A Zanele le han llovido los premios. En el 2013 ganó el Premio al mejor artista emergente del Carnegie International y en el 2016 fue galardonada con el “ICP Infinity Award” de Documentales y Fotoperiodismo. En el 2015 quedó finalista del prestigioso “Deutsche Börse Photography Prize” y su obra se ha expuesto en Documenta 13, la Bienal de Venecia y la Bienal de Sao Paulo.

Hoy sus fotografías se venden en todo el mundo (los precios van de 5.000 a 11.000 dólares). Mucho de este dinero lo emplea en ayudar y formar a otros artistas y para seguir luchando contra los crímenes de odio. Zanele no pierde la oportunidad de visibilizar los problemas a los que se enfrenta la comunidad LGTBI. El año pasado, cuando fue invitada a la Performa de Nueva York, Zanele no dudó en llevar con ella a veinte personas, que incluían artistas transexuales y la madre de una mujer lesbiana que fue asesinada.

Soy, ante todo y primer de todo, una activista que con mi cámara consigo más visibilidad para la lucha contra la discriminación”, reconoce.

 

⇒ Para saber más:

Zanele Muholi: “Somnyama Ngonyama, Hail the Dark Lioness” (Aperture Foundation).

 

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