Nella Larsen

La escritora desaparecida del Harlem del jazz

Courbett Magazine

Helga Crane, la protagonista de la novela «Arenas movedizas«, de Nella Larsen, cree que todas las personas acaban, tarde o temprano, en Harlem, ese pedacito de Nueva York, entre Manhattan y el Bronx, a partir de la calle 96, donde acaba Central Park. Helga no se refería al Harlem actual, que arrastra mala fama aunque intenta gentifricarse, sino a aquel Harlem mítico de los años veinte, el Harlem del jazz y el blues, transgresor, puntero y vanguardista, repleto de músicos, artistas y escritores negros con un talento descomunal. El Harlem, describe Helga Crane, donde abundaban «las conversaciones sofisticadas y cínicas, las fiestas bien organizadas, la discreta corrección de las casas y la vestimenta». El lugar perfecto para satisfacer «ansias de elegancia y disfrute».

El Harlem donde tocaban Duke Ellington y Louis Amstrong mientras Billy Holliday cantaba con un desgarro inigualable y la bailarina Josephine Baker hipnotizaba con sus contorneos eróticos antes de dar el salto al «Folies Bèrgere» de París. El Harlem donde el pintor Aaron Douglas, «el padre del arte afroamericano», estampaba sus murales y el escultor Richmond Barthé creaba bustos y estatuas de hombres y mujeres negros. El Harlem de los poetas Langston Hugues y Claude McKay. Del eminente sociólogo e historiador W. E. B. Du Bois. El Harlem de las mujeres que querían romper moldes. El Harlem de las novelistas Zora Neale Hurston y Jessie Fauset.

Mujeres del Harlem Renaissane (El Renacimiento de Harlem).
Harlem durante el Renacimiento

El Harlem que también tenía otra cara: la marginación, al pobreza y la segregación opresiva. El Harlem que sufría un racismo lacerante, aunque brillaba con las deslumbrantes luces de los míticos cabarets Lafayette y Alhambra y el club de jazz Small’s Paradise, que atraían a personas de todos los rincones del mundo, incluido un jovencísimo poeta granadino llamado Federico García Lorca, el cual, impresionado por el ambiente, escribió a su familia: «son uno de los espectáculos más bellos y más sensibles que se pueden contemplar».

Era el Harlem rebosante de creatividad, pero lastrado por crueles pulsiones subyacentes, que vio el auge –y también el ocaso y posterior desaparición– de una escritora descomunal y desgraciadamente olvidada: Nella Larsen.

Era «una mujer exquisita, llena de bondad y con esa melancolía de los negros, tan profunda y tan conmovedora», dijo Lorca de Nella Larsen. También era bella, bellísima, con una mirada enigmática y unos usos sociales que a Lorca, acostumbrado a una España más puritana, le debían resultar chocantes o, cuando menos, refrescantes. «Fuma, lleva vestidos cortos, no cree en la religión, en iglesias o sucedáneos, y siente que las personas creativas tienen una oportunidad definitiva para resolver el problema racial», escribió el «Amsterdam News» sobre Larsen en mayo de 1928.

Lorca escribió de Nella Larsen: «es una mujer exquisita, llena de bondad y con esa melancolía de los negros, tan profunda y tan conmovedora».

Además, era una mujer melancólica, con un alma herida y un pasado convulso, lleno de episodios traumáticos, cuya vida acabaría en el más profundo silencio, olvidada por todos aquellos que la rodeaban en las fiestas, boîtes y reuniones de aquel Harlem culto y refinado. Pero eso Lorca no lo supo ni lo podía haber sabido. Para él, Nella Larsen fue una estrella y la mujer que le abrió las puertas a aquel mundo donde los negros demostraban todo su inmenso talento y reivindicaban su lugar en la esfera cultural.

Nella Larsen

Lorca viajó en 1929 a Nueva York supuestamente a hacer un curso de inglés en la Universidad de Columbia, aunque lo cierto es que quería poner tierra de por medio para superar una profunda depresión causada por su ruptura con el escultor Emilio Aladrén, probablemente el gran amor de su vida. De ahí que inglés no aprendiera mucho, pero la estancia la aprovechó para leer con fruición (sobre todo a Walt Whitman y T.S. Eliot), absorber las vanguardias poéticas más rompedoras, componer lo que sería «Poeta en Nueva York» y disfrutar con su amigos, Giner de los Ríos, el pintor Gabriel García Maroto, el poeta León Felipe, el guitarrista Andrés Segovia y las bailaoras Antonia Mercé, «La Argentina», y Encarnación López, «La Argentinita», de todo lo que la ciudad podía ofrecer: fiestas, comidas y muchas cenas donde Lorca acababa con frecuencia cantando al piano.

En una de esas veladas conoció a Nella Larsen (con la que conversó siempre en francés) y con ella recorrió ese Harlem llenó de cabarets y clubs de jazz. «Nella Larsen dio una reunión en su casa y asistieron sólo negros», explicó Lorca a su familia. «Ya es la segunda vez que voy con ella, porque me interesa enormemente. En la última reunión no había más blanco que yo. Vive en la segunda avenida y desde sus ventanas se divisaba todo Nueva York encendido. Era de noche y el cielo estaba cruzado por larguísimos reflectores. Los negros cantaron y danzaron… Había un muchachito que cantó cantos religiosos. Yo me senté en el piano y también canté. Y no quiero deciros lo que les gustaron mis canciones. Las «moricas de Jaén», el «no salgas, paloma, al campo» y «el burro» me las hicieron repetir cuatro o cinco veces. Los negros son una gente buenísima. Al despedirme de ellos me abrazaron todos y la escritora me regaló sus libros con vivas dedicatorias».

Primera edición de "Passing" (Claroscuro), de Nella Larsen.
Primera edición de «Passing», de Nella Larsen, aquí traducida como «Claroscuro» por la editorial Contraseña.
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Lorca no dio los títulos, pero por las fechas entendemos que debían ser «Passing«, que había aparecido en abril de aquel año, y su anterior novela, «Quicksand«, publicada un año antes, en marzo del 1928. Sus dos grandes obras, las dos por las que Nella Larsen fue conocida y reconocida como una de las grandes novelistas del Renacimiento de Harlem, seguramente la mejor. Las obras por las que fue comparada con Henry James y que Alice Walker consideró como una referencia indiscutible.

«Quicksand» (traducida aquí por la editorial Contraseña como «Claroscuro«) narra la vida de una mujer, Helga Crain, de madre blanca y padre negro, que lucha por –y fracasa estrepitosamente en– conseguir su lugar en el mundo: abandonará su puesto de profesora en la Universidad de Naxos (nombre ficticio), dejará a su pareja, se mudará a Chicago, a Nueva York y a Copenhague y luego se refugiará en un mundo en donde nunca creyó acabar. Es un periplo vital desesperado a la busca de una identidad; un retrato portentoso de la soledad, el dolor, la desesperación y la pena, unos sentimientos que muchos años más tarde también plasmarían autoras como Toni Morrison.

«Arenas movedizas», de Nella Larsen, es un periplo vital en busca de una identidad; un retrato poderoso de la soledad, el dolor, la desesperación y la pena.

"Arenas movedizas" de Nella Larsen (editorial Contraseña)

Helga Crain se presenta como una mujer culta y sofisticada. Era «una joven esbelta de veintidós años, de hombros estrechos y algo caídos, brazos y piernas finos, aunque bien torneados, que, no obstante, irradiaba salud y naturalidad. Con un «rostro de corte afilado y cutis oliváceo y sedoso», tenía «cejas negras y muy anchas sobre unos ojos de mirar dulce y aún así oscuros y penetrantes, y una boca bonita, cuyos labios suspicaces y sensuales expresaban un cierto malhumor y una ligera mueca de insatisfacción». Tenía también «una nariz correcta, unas orejas delicadamente dibujadas y una abundante melena rizada, de un negro casi azulado, siempre suelta de un modo tan caprichoso como encantador».

Es una mujer, sin duda, de gustos burgueses y exquisitos que en un principio no encaja en la conservadora sociedad de una universidad que promueve una mente cerrada.

«La vestimenta le había creado algunos problemas en Naxos. Helga Crane adoraba la ropa, en especial la ropa sofisticada. Aún así, intentaba no resultar ofensiva, pero con escaso éxito, pues, aunque llevara la versión engañosamente sencilla de un vestido, la vista de lince de la directora y las supervisoras captaba la sutil diferencia entre su indumentaria y la de ellas, irreprochablemente convencional. Además, sus colores les parecían excéntricos: morados fuertes, azules cobalto, verdes intensos y rojos subidos en lanas suaves y lujosas, y sedas pesadas y ceñidas al cuerpo. En cuanto a los adornos, en las contadas ocasiones en los llevaba, les parecían chocantes: encajes antiguos, bordados curiosos, brocados suaves. Sus zapatos impecables y estrechos las molestaban, y sus sencillos sombreritos les parecían absolutamente indecentes».

Helga Crain busca todo el rato la felicidad –lo que ella asocia con la estabilidad económica. Pero no consigue sentirse cómoda en ningún lugar durante mucho tiempo, a pesar de que comienza con buen pie en varios sitios. Consigue trabajos interesantes y conoce a gente agradable. Pero luego, al cabo de dos o tres años, le vuelve la angustia y el malestar y reproduce, una vez más, las ansias de partir lejos y no volver atrás. Es una búsqueda perpetua de un ideal que ella misma reconoce que no existe. «En concreto, ¿cuáles eran sus deseos?», se pregunta en el libro. «Exceptuando la seguridad material, una vida placentera, un montón de vestidos bonitos y una buena cantidad de envidia y de admiración, Helga Crane no habría sabido qué decir. Sin embargo, no se le escapaba que existía algo más. La felicidad, supuso. Fuera lo que fuera. Porque, ¿qué era en concreto la felicidad? (…) No sabía definirla, aislarla y contemplarla como hacía con otras abstracciones. El odio, por ejemplo, o la amabilidad».

Helga Crain se convirtió en el momento de su publicación en la protagonista negra de un libro mejor perfilada y explicada, la más poliédrica y compleja, la más realista y creíble en toda su confusión. No era la primera vez, desde luego, que una mujer mestiza protagonizaba una novela. Estaban los antecedentes de «Iola Leroy«, de Francis Harper (1892), y, sobre todo, de «The House Behind the Cedars«, de Charles Chesnutt (1900), pero lo que distinguió a «Arenas movedizas» de todas ellas, fue que Nella Larsen ofreció una caracterización psicológica mucho más profunda, con una técnica narrativa más depurada. El estilo de Nella Larsen es elegante y rico en matices y experiencias, con una incidencia casi obsesiva por describir los colores de todo lo que la protagonista ve, comenzando por las tonalidades de la piel de las personas negras.

"Claroscuro" de Nella Larsen

El estilo diáfano y repleto de referencias sensoriales se repetirá en su segunda novela, «Passing«, un nombre que refiere a los negros que se hacían pasar por blancos. Dada la falta de traducción directa, aquí se optó –acertadamente– por «Claroscuro«, por la referencia a ese híbrido en donde nada acaba de ser blanco ni negro.

La sensación de opresión racista es mucho más acusada en esta novela. La historia trata la vida de dos mujeres, Irene Redfield y Clare Kendry, que vuelven a encontrarse después de muchos años en un lujoso restaurante de Chicago donde, en principio, sólo pueden entrar blancos. A ellas les han dejado entrar porque, a pesar de ser mestizas, ambas tienen un color de piel tan claro que pueden pasar fácilmente por blancas. Irene es una metódica ama de casa, con una vida burguesa, tranquila y plácida, casada con un exitoso médico negro. Clare, por el contrario, es altiva y provocadora y ha rechazado su negritud tajantemente, hasta el punto de que está casada con un hombre, John Bellow, profunda y visceralmente racista, que desconoce los orígenes de su mujer. Entre estas mujeres y sus maridos –en especial, Brian, el marido de Irene– se establecerá una red de celos, envidias, infidelidades y mentiras. Por ello, además de una reflexión sobre las relaciones raciales, «Claroscuro» es, sobre todo, el estudio psicológico de las relaciones entre dos mujeres: de la amistad más pura a la desconfianza y la rabia, la envidia y la desazón.

***

A pesar de la importancia indudable de estas dos novelas, desgraciadamente son dos obras que durante muchas décadas cayeron en un ensordecedor silencio. Porque pocos años después de que se publicara su segunda novela, Nella Larsen desapareció de Harlem y de la escena literaria. Prácticamente nada se supo de ella durante décadas. Murió sola, el 30 de marzo de 1964: la encontraron tendida en el suelo de su apartamento, víctima de un ataque al corazón. Ni una sola referencia en ningún periódico; ninguna placa en su tumba. Hasta años más tarde, nadie se preocupó por saber lo que había pasado. Pasarían años hasta que sus obras volviesen a ser reeditadas.

«Quicksand» sólo volvió a publicarse en Estados Unidos en 1971, después de que el movimiento por los derechos civiles y lo que se denominó el «nacionalismo negro» despertaran el interés por la historia literaria afroamericana. En 1986 saldría una nueva edición y también se reeditó «Passing». Un poco más tarde, aparecerían sus cuentos cortos. En el 2001 saldría en Anchor «The Complete Fiction of Nella Larsen», editada por Charles R. Larson, que recopilaría toda la obra.

En castellano sólo aparecieron hace relativamente poco, gracias al buen hacer de la exquisita editorial zaragozana Contraseña. «Dimos con ella en un manual sobre los 1001 libros que hay que leer antes de morir«, explicó Francisco Muñiz, de la editorial, «vimos que, sorprendentemente, no estaba traducida y nos lanzamos a ello». También hay que agradecer el trabajo de Maribel Cruzado Soria que, desde el diario «Clarín«, escribió un largo artículo sobre esta fabulosa escritora desaparecida de la cual, en España, sólo se tenía cuenta por aquellas cartas que Lorca escribió a su familia. Cruzado fue la encargada de prologar «Claroscuro» en el 2011 y «Arenas Movedizas» («Quicksand»), que salió hace unas pocas semanas. Ambas fueron traducidas –magníficamente– por Pepa Linares.

Gracias a estas dos obras («Arenas movedizas» se ha publicado junto con los cuentos cortos), podemos conocer mejor a esta mujer cuya vida estuvo marcada por el conflicto y el olvido desde el principio.

Los secretos –todo hay que decirlo– los promovió ella misma. Distorsionó su biografía, probablemente para esconder sus capítulos más oscuros y dolorosos. Decía que había nacido en 1893, cuando fue en 1891, en Chicago. Su madre, Marie Hansen, nacida en Dinamarca, había emigrado a Estados Unidos en 1880. Su padre, Peter Walker, era natural de las Indias Occidentales Danesas. Ella era blanca; él, negro. Una amiga de la familia años más tarde reconoció que él era el chofer de la familia para la que ella trabajaba como criada y costurera. Al poco tiempo, sin embargo, él desapareció de sus vidas (se dijo que había muerto) y su madre se volvió a casar, con un hombre blanco esta vez, Peter Larsen, con quien tuvo a una hija, Anna.

Nella creció en una comunidad de blancos, aunque pronto fue rechazada por ser negra: la enviaron a un orfanato, luego a Dinamarca y, más tarde, a estudiar a una Universidad privada sólo para negros. A los veinte años no tenía ningún contacto con su madre ni con su hermanastra. «Ahora no veo mucho a mi familia», reveló Nella, ya adulta, en una entrevista. «Sería incómodo para ellos, sobre todo para mi hermanastra». Hasta tal punto estaban distanciados que, cuando Nella murió, su hermanastra, Anna Larsen Gardner, reconoció que no sabía que tenía una hermana.

Esa experiencia traumática de infancia y adolescencia la plasmó en «Arenas movedizas». En una carta a su amigo Carl Van Vechten, uno de los protectores del Renacimiento de Harlem, a pesar de ser blanco, Nella reconoció que la novela era prácticamente autobiográfica. «Es la triste verdad», escribió. Pero de las páginas del libro se deduce que no le guardaba un excesivo rencor a su madre o, al menos, comprendía sus motivos:

«Volvió con el pensamiento a la madre muerta hacía muchos años. Una hermosa joven nacida en la península escandinava, soñadora, enamorada de la vida, del amor, de la pasión, que lo había arriesgado todo a una sola carta con una entrega ciega. Un sacrificio cruel. Olvidándose de todo menos del amor, olvidó que hay cosas que el mundo no perdona, quizá porque nunca lo había sabido. Durante el resto de su vida, como Helga no ignoraba, tuvo que recordarlo o aprenderlo a fuerza de penas y de añoranzas. La hija esperaba que hubiera sido feliz, más feliz que ninguna otra criatura humana, durante el poco tiempo que duró, antes de que aquel alegre y encantador canalla, el padre de Helga, la abandonara. Pero lo dudaba. ¿Cómo iba a ser feliz?

Nella Larsen se formó como enfermera y ejerció esta profesión hasta que se casó, en 1919, con Elmer Imes, un afamado científico negro que se había doctorado en la Universidad de Michigan en un tiempo en que la mayoría de negros no llegaban ni a la universidad. Él le facilitó seguridad económica, acceso a amigos de la élite cultural y, durante unos cuantos años, estabilidad emocional. Gracias a él, Nella dejó la enfermería y estudió biblioteconomía, comenzó a trabajar en la Biblioteca Pública de Nueva York y conoció a mujeres fascinantes, como Jessie Fauset, que le animaron a publicar historias cortas en varias revistas.

Así comenzó su carrera literaria, que se consolidó en 1928, cuando publicó «Arenas movedizas», y sobre todo, al año siguiente, cuando escribió «Claroscuro«. Ninguno se convirtió en un bestseller –para consternación de Larsen–, pero sí recibieron muy buenas críticas y la catapultaron al Olimpo de escritores del Harlem del Renacimiento.

Pero su matrimonio se rompió –él era un mujeriego– y ella comenzó a pensar en maneras de vivir de la literatura. Aplicó y consiguió una beca Guggenheim (fue la primera mujer afroamericana en conseguirlo) y viajó al Sur de Europa (estuvo en Mallorca, desde donde vio la proclamación de la Segunda República).

Pero la tragedia se ciñó sobre ella: uno de sus cuentos, «Santuario«, fue acusado de plagio, y la novela que escribió gracias al dinero de la beca fue rechazado por las editoriales. Cuando regresó a Estados Unidos, se divorció. Su marido tenía un affair con una compañera blanca de la universidad y la infidelidad fue tan sonada que llegó incluso a algunos periódicos.

Agobiada por los escándalos de su supuesto plagio y de su agrio divorcio, decidió cambiar radicalmente de vida. Dejó Harlem, volvió a la enfermería, empleó el nombre de Nella Imes (el apellido de su marido) para que no pudiesen localizarla, y vivió en el total anonimato hasta el día de su muerte.

La mujer que encumbró la novela del Harlem del Renacimiento, que bailó con el mismísimo Lorca y que creó personajes inolvidables, murió sola, olvidada por muchos y rechazada por otros tantos que en su momento la adularon.

Acabó como sus protagonistas: sin pertenecer a ningún lado.

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso.
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