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Fotografía

Cathleen Naundorf: nostalgia de la alta costura

Las fotografías de Cathleen Naundorf, discípula de Horst P. Horst, retoman las técnicas clásicas para resumir en una instantánea la esencia de la elegancia

Irving Penn, el sacrosanto fotógrafo de moda, solía decir que él no vendía ropa sino sueños. El ofrecía un billete de ida a un olimpo inalcanzable, a un mundo de distinción, elegancia y refinamiento donde la belleza reinaba y a donde sólo unos cuantos escogidos podían entrar. Aquel mantra se convirtió en un dogma y hoy todo fotógrafo de moda que se precie reza este credo sagrado: no se retrata la realidad sino que se inmortaliza la fantasía. Se vende una aspiración; aquello que anhelamos y por lo que suspiramos; aquello que sabemos que nuestra realidad más prosaica hubiese podido ser si uno hubiese nacido y crecido en otras circunstancias. Lo que podríamos disfrutar a diario si viviésemos en una película y supiéramos que siempre va a haber un final feliz. Algunos lo llaman timo, otros se decantan por surrealismo y los hay que apuestan por la cursilada de “narrativas poéticas”. Da lo mismo. Ahí están las fotografías de Tim Walker, oníricas y opulentas; la explosión de color de Miles Aldridge; Mario Testino y sus estilizadísimas sílfides.

Hay una trampa en todo este cuento de hadas, claro está. Porque, a pesar de la teatralidad y la artificiosidad, la fotografía de moda genera un espejismo de realidad y hace que este mundo lejano y soñado parezca, no sólo deseable, sino comprable. Asumible para unos cuantos privilegiados dispuestos a dejarse una cantidad ingente de dinero en conseguir (o, al menos, intentarlo) la exclusividad y la distinción.

Ahora bien, ¿se puede comprar el glamour? ¿Está en venta la elegancia? Ni en broma. Ahí reside la ironía de este mundo imposible. La distinción no se mide en billetes invertidos. Es un gesto, una mirada, un movimiento. Sutiles pero profundos, discretos pero imposibles de olvidar. Es un saber estar, es algo interno. “Un état d’esperit”, como dijo un modisto francés con la facilidad que tienen los galos para condensar la esencia de lo sublime en tan sólo tres palabras.

Los grandes popes de la fotografía de moda, de Helmut Newton a Richard Avedon y Herb Ritts, y sobre todo los grandes nombres (Irving Penn, Horst P. Horst), supieron condesar e inmortalizar esa esencia etérea, ese “estado de espíritu” distinguido y embriagador. Y ahora, para recoger el testigo de esta tradición exclusiva, y desgraciadamente en vías de extinción, un nombre propio surge con fuerza: el de Cathleen Naundorf.

 

“Me veo como una fotógrafa clásica”, reconoce esta fotógrafa alemana a la que el apelativo de “fotógrafa de moda” se le queda corto: ella es una fotógrafa de la alta costura, la persona que ha recogido las técnicas tradicionales y las ha fusionado con la modernidad sin perder un ápice de esencia. No en vano, su mentor fue el mismísimo Horst P. Horst, el fotógrafo oficial de Chanel durante más de treinta años, el que firmó más de noventa portadas para Vogue y el hombre que, si bien no revolucionó la fotografía de moda, sí que llegó a perfeccionarla.

“Horst era un genio”, reconoce Naundorf. “Su dominio del dramatismo de las luces y las sombras es lo que le hacía distinto y mejor a los demás”. Fue Horst, de hecho, quien le dijo: “Mira, puedes hacer fotografía de moda para crear algo especial, lo que sientas dentro”. Y así lo hizo.

Capturando la esencia

“Mis padres me compraron una pequeña cámara cuando tenía doce años y mi abuelo fue mi primer modelo”, reconocería años más tarde. Cathleen nació en 1968 en Weissenfels, en la Alemania del este, décadas antes de que cayera el muro. “Estábamos en una suerte de prisión física y psicológica; viajar estaba prohibido”. En 1985, su familia tuvo mucha suerte y pudo pasar a la Alemania occidental, a Múnich exactamente. Allí comenzó, como tantos otros buenos fotógrafos, estudiando arte, pero se aburrió de estar sola en el atelier. Aun así, se nota la sólida formación artística: la precisión de los volúmenes, el balance de las composiciones, la distribución del color, la incidencia de la luz. Y no es algo que haya dejado atrás: sigue yendo a museos y galerías y sigue aprendiendo de los pintores del renacimiento y de los retablos flamencos.

Y también sigue viendo cine clásico. Cuando era pequeña le fascinaban las antiguas producciones de Hollywood y luego se aficionó al cine italiano de Visconti, Fellini y De Sica, y a las películas de Hitchcock y Fritz Lang. Son lo que ella llama “filmes fotográficos”.

 

 

Todas estas influencias y vivencias hicieron que Naundorf quisiera salir de un taller y ver mundo. “La fotografía te da la oportunidad de viajar; es una bonita excusa para ir a sitios exóticos donde la mayoría de la gente no va”. Y así, después de haber hecho pinitos en la fotografía como asistente en Nueva York, Singapur y París, en 1993 decidió coger la maleta sin rumbo fijo y estuvo casi diez años dando tumbos. Fue de Mongolia a la selva amazónica, pasando por Siberia y el desierto del Gobi. Retrató a los indígenas Yanomamis, a los mongoles y kazakos y a los chamanes de Yakutia en Siberia. Incluso estuvo en el Tibet con el mismísimo Dalai Lama.

Luego, en 1997, volvió a Europa y comenzó a hacer fotografías en el backstage de las pasarelas de París para Conde Nast. En 2000 se decanta por cámaras fotográficas de gran formato para crear un estilo personal, cinematográfico y etéreo, y en el 2005 llegaría su gran momento: la creación de una serie, titulada “Un rève de mode”, un sueño de moda, enteramente dedicada a la alta costura. Los grandes nombres propios de la “Haute Couture” le abrían las puertas o, mejor dicho, le dejaban bucear en sus archivos. El primero fue Jean Paul Gaultier, a quien sólo le pidió dos piezas pero, para su sorpresa, le dejó todas las creaciones que quiso. Le siguieron Chanel, Dior, Lacroix, Elie Saab y Valentino, que le dejaron fotografiar sus suntuosas obras en ambientes tan refinados como el Gran Palais de París o en trastiendas un poco menos glamurosas, pero más impactantes visualmente, como museos de Historia Natural atestados de esqueletos y animales disecados. Las modelos, coronadas con creaciones de Philip Treacy y Odile Gilbert, se mimetizaban con ambientes etéreos creando una ilusión atemporal casi cinematográfica.

 

Lejos de la rapidez de la fotografía digital, Naundorf insiste en el trabajo artesanal, prácticamente calcado al de hace décadas. Trabaja con antiguos mamotretos (una Plaubel de 4×5 pulgadas  y una Deardorff de 8×10) y Polaroids. Normalmente usa luz natural, pero si se decanta por la artificial, emplea viejas lámparas Fresnel de mediados de siglo (y muy difíciles de conseguir).

Como no puede retocar y tiene que ahorrar carretes, la preparación es exhaustiva para cada imagen. Naundorf investiga hasta la extenuación, hace multitud de dibujos y prepara “storyboardings” para que su equipo sepa exactamente cómo va a funcionar el “shooting”. Hace tiempo, incluso pintaba ella misma las telas que iban a servir de fondo. Hoy hace sketches rápidos y delega la realización (excepto en los de pequeño tamaño, que prefiere seguir haciendo ella misma).

En algunas imágenes, la película Polaroid se saca antes de que se desarrolle completamente y se imprime en papel. El resultado, con grandes pigmentos de color y manchas aleatorias, confiere una pátina temporal a la imagen que refuerza su singularidad.

El conjunto es de una belleza clásica que resume ese “estat d’eprit” al que refería aquel modisto francés. Esa delicadeza y sobriedad en los movimientos, esas miradas elusivas, esos gestos sublimes.

 

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