Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handPara Pedro Alvarez, fundador y alma de Pancracio, comer chocolate con pan es una tradición que le recuerda a su infancia y, por eso, no pasa día en que deguste tan preciado manjar. Por eso, y porque el chocolate ha catapultado a este emprendedor gaditano a las tiendas más exclusivas del mundo: de la desaparecida Colette, que durante años representó la nueva modernidad chic de París, a los exclusivos almacenes Bergdorf Goodman, en la icónica Quinta Avenida de Nueva York.

Fue precisamente en Nueva York, a mediados de los noventa, donde surgió la idea de crear una marca de chocolate gourmet, refinada, innovadora, de altísima calidad y con un branding sofisticado, con un claro toque vintage. Pero la idea se cocinó a fuego lento, con auténtico mimo y primor, y no salió hasta años más tarde.

pancracioPedro Álvarez por aquel entonces era un economista que se había formado como diseñador en la School of Visual Arts con el mismísimo Milton Glaser y que se dedicaba al diseño de marcas y al marketing. Perfeccionista a ultranza y emprendedor de corazón, se dio cuenta de que había un boom de cafés gourmet tipo Starbucks y se decidió a conocer los entresijos de la pastelería. Por eso, antes de lanzarse a desarrollar Pancracio, aprendió el oficio de pastelero a las órdenes del famoso chef Biaggio Settepani, en la pastelería Bruno Bakery de Nueva York, donde “ganó experiencia, peso y poco dinero”. También hizo cursos de chocolate y pastelería, y luego un Master en catering en el Culinary Institute de la New York University.

En 2003 deja al lado una primera idea de negocio grandilocuente y decide comenzar poco a poco y centrarse exclusivamente en el segmento del chocolate gourmet. “Opté por crear una marca propia un poco retro, que recordara a las cafeterías y pastelerías antiguas y que, al mismo tiempo, fuera minimalista, con una imagen limpia, moderna y contemporánea; un producto asequible de alta calidad para regalar y consumir”, explicó Pedro años más tarde.


Así nació Pancracio: con un nombre retro y diferente, pero con un punto exótico y sofisticado. Un nombre que aúna tradición y vanguardia. Junto con dos amigos (Massimo Vignelli de Vignelli Associates y Alexander Gelman de Design Machine) pule la idea y el diseño corporativo. El resultado es visualmente sorprendente: estilizado, sencillo pero refinado, moderno pero con un regusto de antaño.

Álvarez siguió formándose: hizo un curso con Fabián, en Barcelona, en Cordon Blue de Londres y en Chocovic, en Cataluña, con Ramón Morató. Al mismo tiempo, buscó al artesano ideal para construir las recetas chocolateras que tenía en la cabeza. Lo encontró en Bélgica: un chocolatero de larga experiencia y tradición. Le fabricó cien unidades de turrón. Mientras tanto, en Cádiz, se iban fabricando las cajas blancas que llevarían el producto. Era la primera remesa de un packaging que pronto se convertiría en su principal seña de identidad: sobria, nítida, limpia, refinada y elegante.  El mismo Pedro Álvarez se dedicó a envasar las primeras cien unidades de un turrón que, años más tarde, sería su producto más vendido.

Las navidades de 2003, Pedro Álvarez entrega las primeras cien unidades de Pancracio a familiares y amigos. En una tienda de unos conocidos en Cádiz vendió también algunos. Todos repitieron. Y volvieron a repetir. Al cabo de un año ya se plantea montar una página web, crear nuevos productos y dar el salto internacional.

El crecimiento al principio es lento. Álvarez compaginaba el desarrollo de Pancracio con su trabajo como diseñador de marcas en ODM, Oficina de Diseño y Marketing. Pero el pluriempleo le sale rentable: no depender económicamente de Pancracio le permitió investigar mucho y construir el producto con mucho cariño y esmero, cuidando hasta el último detalle. Viendo los resultados, se nota que ha puesto toda su alma. Pancracio, de hecho, refleja, no sólo un chocolate de alto valor y un packaging de lujo, sino una filosofía, un estilo de vida: el gusto por las cosas bien hechas, con cariño y calidad.

pancracioEl packaging se complementó con una tienda en Cádiz que resumía a la perfección las virtudes de la marca: es una tienda que piensas que ha estado ahí toda la vida; es elegante y refinada, minimalista pero cuidada hasta el milímetro. Una tienda que bien podría estar en el centro de Manhattan o en cualquier calle de París o Londres. Pedro Álvarez se había fijado que en algunas ciudades europeas estaba surgiendo un nuevo concepto de establecimiento dirigido a un público sofisticado (las famosas “concept store”) y en su tienda recrea ese ambiente refinado pero asequible, lujoso pero no intimidatorio.

Pancracio da pronto el salto internacional y se logra posicionar en algunos establecimientos icónicos, como el muy sofisticado Colette de París, en donde acabó por pura osadía de Pedro: le envió un e-mail a la propietaria y ésta, simplemente, le contestó aceptando los productos.

pancracioLa diversificación de productos llegó enseguida: a los bombones, turrones y chocolates de diversos gustos se unieron las mermeladas y un vodka con sabor a chocolate que fue elegido producto del año por la mítica “Wallpaper”.

Hoy, la empresa sigue en plena expansión. Pasito a pasito, sin prisa pero sin pausa. Pero con la misma ilusión que al principio, con la misma filosofía de calidad y profesionalidad de siempre.

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