Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handFue en España en 1964. En unas vacaciones familiares, el joven Paolo, nacido en Ravenna y entonces más interesado en la poesía que en la fotografía, tomó unas instantáneas que más tarde, ya de vuelta a Italia, reveló usando como cuarto oscuro el sótano de su casa. No tenía ni idea de proceso y le ayudó el cartero, Battista Minguzzi, que era aficionado a las cámaras. Tanto le gustó la fotografía que pronto convenció al fotógrafo de la localidad, Nevio Natali, para que lo aceptara como aprendiz. Luego, en 1970, abrió su propio estudio con su amigo Giancarlo Gramantieri, en la calle Cavour número 58, y las celebridades del lugar  comenzaron a reclamar sus servicios.

De aquellas primeras fotos españolas hasta ahora ha llovido mucho, pero Paolo Roversi, considerado uno de los grandes maestros de la fotografía de moda, no deja de recordar aquellas vacaciones que cambiaron su vida. Como tampoco olvida el momento en que la suerte le sonrió y conoció, por pura casualidad, a Peter Knapp en Ravenna. Era el año 1971 y Knapp era el Director artístico de la revista Elle. Roversi había colaborado con la Associated Press (cubrió el funeral de Ezra Pound en Venecia) y Knapp se interesó por su trabajo, le invitó a ir a París el noviembre de 1973 y, desde entonces, no hay día que las musas no le sonrían a este fotógrafo de la elegancia, el más sutil, sensible y refinado de todos, y el que mejor domina la luz. Un fotógrafo que ha sido objeto de alrededor de 20 exposiciones internacionales y nueve monografías.

 

 

 

 

Claro que, para llegar a ser uno de los grandes, tuvo que emplearse a fondo. Primero se hizo ayudante del británico Lawrence Sackman, un hombre tan difícil que la mayoría de sus ayudantes no aguantaban ni una semana en el puesto. Él resistió y, durante nueve meses, aprendió todos los pormenores y entresijos del oficio. Sobre todo, aprendió a ser creativo, incluso con pocos medios, y a ser disciplinado. Sackman aplicaba disciplina militar a cada sesión de fotos: “el trípode siempre tiene que estar bien fijado para que tu mente pueda volar”, decía.

Con semejante entrenamiento, Roversi pronto se sintió seguro para comenzar a trabajar por su cuenta. A través de amigos suyos, fue acercándose al mundo de la moda. Primero con pequeños encargos para Elle y, luego, con su primera gran oportunidad: todo un reportaje de moda para Marie Claire. De ahí pasó a empaparse de las fotografías de Avedon, Penn, Newton, Bourdin y muchos otros que estaban revolucionando los cánones de la fotografía de moda. En 1980, una campaña para Christian Dior lo catapultó a la fama internacional.

Desde el principio de su carrera, Roversi demostró que es capaz como nadie de aunar lo intimista con lo glamuroso, lo meditativo con lo más extravagante, lo etéreo con lo realista. Su estilo ha evolucionado hasta crear una línea de identidad inconfundible, elegante y atemporal, que recuerdan con frecuencia a los daguerrotipos de antaño. “No me empeñé en crear mi propio estilo fotográfico”, reconoció años más tarde en una entrevista, “sino que surgió solo”. Un estilo que él define como “profundamente italiano”: “la delicadeza unida al rigor y mi ascetismo son italianos; mi espiritualidad es italiana; la luminosidad es italiana”. Lo que está claro es que las referencias a los grandes maestros italianos de la pintura son constantes.

 

 

 

En fondos neutros y desnudos, con mínimo atrezzo, radiografía a las modelos y crea un universo personal donde brilla la luz, resaltan las texturas y reinan las sombras. Parafraseando al fotógrafo Nadar, otro de los genios contemporáneos más destacados, Roversi defiende que “la técnica de la fotografía es muy sencilla; se puede aprender muy rápido. Incluso un niño puede hacer una foto. Pero lo que no se puede enseñar es “le sentiment de la lumière”, la pasión por la luz”.

Y para dominar este “sentimiento”, esta pulsión, se requiere de paciencia, de delicadeza, de trabajo casi artesanal. Quizás por eso, Paolo Roversi, acompañado siempre de sus gafas de montura negra, habla despacio y nunca parece tener prisa. Es un caballero a la antigua usanza, de modales pausados y mirada penetrante,  con atrayentes ojos azules, que sopesa cada una de las palabras que emite, como si pensara mil veces lo que va a decir y se deleitara en el placer de su pronunciación.

 

 

 

El fotógrafo ajusta las lentes despacio y con suma suavidad, como si las acariciase. “Cada imagen es una pequeña historia en sí misma”, sentenció una vez. Reniega de distracciones innecesarias y los protagonistas están siempre en el centro de la imagen. La luz les baña y les envuelve una suerte de áurea misteriosa, una niebla tibia y casi mística, a veces incluso tenebrosa y con tintes escalofriantes. Así es como va más allá de la superficie, penetra en otra dimensión, etérea y onírica. La fotografía, para Roversi, “no es representación, sino la revelación de otra dimensión. Abro la puerta a otro mundo”.

En 1980, Roversi comenzó a utilizar el formato Polaroid 8’x10’ que pronto quedaría irremediablemente ligado a su estilo. La tecnología digital le aburre sobremanera, aunque no le ha quedado más remedio en los últimos años que adaptarse y comenzar a trabajar con cámaras digitales. Aún así, lo que más le gusta es el proceso artesanal, ver cómo la imagen surge de las sombras, como la luz se abre camino.

 

 

 

 

Por las características de la cámara, prefiere trabajar siempre en estudios y, a poder ser, en el suyo propio, en la rivera izquierda del Sena, en el 14 arrondisement, llamado “Studio Luce” y que parece copiado de los “ateliers” artísticos del pasado. No es casual: Roversi fotografía como antiguamente pintaban los artistas, con paciencia y tiempo, pensando cada milímetro e interesándose por captar la psicología de los personajes. “La fotografía es siempre íntima”, defiende Roversi.

Por eso, él no fotografía sólo moda, sino fotografía vestidos que son llevados por mujeres: no le interesan las últimas tendencias y, aunque es uno de los fotógrafos de moda más requerido por las revistas y casas de alta costura, en sus imágenes la ropa es lo de menos. Del mundo de la moda, destaca a los creadores Rei Kawakubo y Yohji Yamamoto. Pero lo suyo no son los tejidos.

Él busca sugerir, despertar la imaginación, transportar a otro mundo. Ese es su cometido.

 

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