Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

El sábado catorce de febrero de 1900, día de San Valentín, las alumnas del internado australiano “Appleyard College” fueron de excursión a “Hanging Rock”, un macizo rocoso lleno de animales salvajes, de lagartijas gigantes, escarabajos, larvas y serpientes escondidas. Cuatro de las chicas se alejaron del grupo; tres desaparecieron para siempre. De la profesora de matemáticas, Greta McGraw, tampoco se volvió a saber nada. Tan sólo una alumna, Irma, fue encontrada, magullada, aturdida y sin acordarse de nada. ¿Qué les pasó al resto de alumnas y a la señorita McGraw?

 

“Nunca se sabía, especialmente cuando se trataba de almas jóvenes y sensibles, cómo podía reaccionar el complejo mecanismo del cerebro ante un shock emocional severo. El instinto le decía que la chica debía de haber sufrido terriblemente en Hanging Rock, si no a nivel físico, sí a nivel mental. No sabía qué había sucedido, pero empezaba a sospechar que aquel no era un caso normal. Lo que no imaginaba era lo muy extraordinario que podía llegar a ser”. 

 

De eso va “Picnic en Hanging Rock”. Pero no esperéis un final obvio, explicaciones lógicas o una trama resuelta; nada en este libro es convencional, mucho menos previsible.

Todo en esta novela es sorprendente y ambiguo, envuelto en un áurea de misterio, inquietud y no pocas alucinaciones desde la primera página. Al final no sabes si la historia es real o ficticia, y sólo tienes elucubraciones y ninguna certeza. Pero poco importa. Pocas novelas de misterio atrapan tanto por su capacidad de mantener el suspense y la tensión, por fomentar el desconcierto, por introducir lo irreal y describir una atmósfera social cerrada y asfixiante.

Su autora, Joan Lindsay, nacida en Melbourne en 1896, la escribió en cuatro semanas cuando tenía 70 años. “Picnic en Hanging Rock” se publicó en 1967, enseguida se convirtió en un superventas y hoy se la considera una de las mejores novelas australianas. Dicen que el hecho de Peter Weir hiciera una magnífica adaptación cinematográfica en 1975 acrecentó su fama; y puede ser. Pero no por ello hay que quitarle méritos propios: es libro de un ritmo narrativo impecable y un redactado sumamente elegante donde las pistas se sugieren sutilmente, con detalles estratégicamente colocados que te sacuden la médula con súbitos escalofríos.

La autora introdujo bastantes notas autobiográficas, quizás a modo de pistas. Lindsay también fue a un internado parecido al que describe en el libro y pasó su infancia en Mulberry Hill, en Baxter, en el distrito donde la novela tiene lugar. La acción, además, se centra en el Día de San Valentín, que era su fecha de aniversario de boda. Decía que era la única fecha que podía recordar, “junto con 1066 y Waterloo”. 1066 es una fecha que cualquier ciudadano de la Commonwealth conoce por ser el año en que Guillermo el Conquistador, Duque de Normadía, invadió Inglaterra tras la batalla de Hastings. También, casualmente, es la fecha en que el cometa Halley fue avistado por toda Europa (prueba de ello es que incluso sale en el tapiz de Bayeux, del siglo XI y que narra la conquista normanda).

Pero más allá de estos detalles anecdóticos, Joan Lindsay hace un trabajo impecable al no responder a dos preguntas: ¿es cierto lo que cuenta en el libro? Y si es así, ¿hasta qué punto es autobiográfico? Los editores aseguraron que la historia era ficticia y la propia Lindsay llegó a reconocer que se había basado en un sueño. Pero Lindsay había escrito un primer prefacio que decía: “para el autor, que conoció muy bien como niño Hanging Rock, la historia es cierta”. Los editores quitaron la frase y también el capítulo final donde se resolvía el misterio (aunque de forma surrealista). Además, Lindsay también dijo que “una vez” tuvo una experiencia “que la afectó profundamente”, sin dar más explicaciones.

Durante décadas se ha intentado descubrir la verdad. Ningún periódico local habló jamás acerca de tres chicas perdidas, pero sí se ha descubierto un informe policial de finales del siglo XIX que hablaba de la desaparición de dos chicas jóvenes, que fueron secuestradas y escondidas dentro de la montaña.

 

¿Hubo algo más? ¿Algún fenómeno difícil de explicar pero que resolvería todas las dudas? Durante años se ha llegado a especular sobre abducciones extraterrestres, incluso de universos paralelos. Incluso se han publicado libros al respecto. En 1980, por ejemplo, Yvonne Rousseau publicó “Los asesinatos de Hanging Rock” en donde se examinaban todas las teorías posibles, aliens incluidos. La autora no llegó a ninguna conclusión, pero renovó el interés por la historia e hizo que los australianos leyesen más la novela de Lindsay.

 

En un capítulo final que no se publicó hasta 1987, Joan Lindsay apuntaba a la posibilidad de un fenómeno paranormal, de una alteración espacio-tiempo que paraba relojes e introducía en una dimensión paralela y desconocida. Los editores quitaron el capítulo (no es difícil entender el porqué). En España, en la edición que publicó Impedimenta (con una impecable traducción de Pilar Adón) también se ha optado por esta fórmula. Y es la decisión correcta.

 

Porque lo interesante, lo apasionante de esta novela no es el final sino el proceso narrativo, esa magnífica capacidad de tejer una trama sorprendente, tensa, desoladora y profundamente ambigua que no deja un segundo para tomar aliento.

“Picnic en Hanging Rock” no es simple terror psicológico, ni novela negra al uso: es un tour de force que no cae en lecciones morales fáciles, ni en moralejas obvias, sino que maneja las emociones y desata las pulsaciones. 

 

También destaca la excelencia con la que Joan Lindsay construye a los personajes: las descripciones iniciales son tan idílicas que hacen que te encariñes inmediatamente de las niñas y que, cuando desaparecen súbitamente, sientas un profundo desazón. La autora juega entonces con este sentimiento de pérdida para guiarte por una sociedad cerrada, asfixiante, enfermiza y llena de tabúes donde la desaparición de las niñas (y la reaparición de Irma) provocan un sobresalto emocional descomunal y difícil de superar. Que las pesquisas sobre la investigación no lleven a ningún puerto añade ansiedad a la trama; que a Irma se le culpabilice de haber sobrevivido mientras Miranda, esa niña preciosa cuyo rastro parecía sacado de un cuadro, no vuelva llena de rencor.

En conjunto, independientemente del final, de veracidades o falsedades, el libro es una maravilla llena de terror, tensión, dramas y misterios alrededor de un elenco de personajes victorianos que no dejan indiferentes a nadie.

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