Elizabeth Bishop

Querida Elizabeth Bishop, querido Robert Lowell

Autora
Ana Polo Alonso

Por Ana Polo Alonso.

Courbett Magazine

No hay duda que Elizabeth Bishop y Robert Lowell se amaban, aunque el suyo no fuese un amor convencional, o al menos, no fuese un amor sexual. 

El suyo fue una amistad sin límites, un amor plácido, pero intenso. Los dos se preocupaban por el otro, se apoyaban, se admiraban. Eran sus máximos confidentes; se echaban profundamente de menos. Lo suyo era puro cariño y afecto, placer al saberse en la compañía del otro. Eran dos almas destinadas a estar juntas, aunque sus caminos fuesen distintos, la distancia les separara y las circunstancias de cada uno les mantuviese alejados. 

Sus caracteres eran opuestos, su personalidad no del todo compatible y, además, cada uno hizo su vida durante los treinta años que duró su relación. Elizabeth Bishop era lesbiana y conoció el amor duradero con Lola de Macedo Soares. Lowell, por su parte, se casó con Elizabeth Hardwick, luego se divorció y más tarde se casó de nuevo. Además, los dos vivían en continentes separados: Elizabeth Bishop pasó muchos años en Brasil y Lowell residía en Boston, donde daba clases en la universidad, y luego se trasladó a Inglaterra. 

Ella era de una timidez y modestia extrema; él era halagador y extrovertido, con algún toque temerario. Ella era retraída; él tenía una inteligencia desbordante que lo invadía todo sin pedir permiso. Ella dudaba constantemente en sus creaciones, mostraba una constante inseguridad; él le daba ánimos y la reconfortaba. Los dos eran extremadamente francos el uno con el otro, aunque Lowell disfrazase sus críticas entre cumplidos. 

Elizabeth Bishop y Robert Lowell -- Correspondencia -- Palabras al aire -- Vaso Roto

Sin embargo, a pesar de las diferencias, los dos dos eran almas atormentadas y rotas que necesitaban consuelo. Elizabeth reconoció que tenía problemas de alcoholismo y sufrió lo indecible cuando su pareja, Lola de Macedo, se suicidó en 1967. Robert era maniacodepresivo. 

Lo que les unió, al menos al principio, era que los dos eran los mejores poetas estadounidenses del momento. Pero nunca surgieron celos o envidia entre ellos, a pesar de que Lowell reconocía sin ningún problema que ella era mejor poeta que él. “Siempre fuiste mi poeta preferida y mi amiga favorita”, le dijo él una vez por carta. 

En la correspondencia que se enviaron vemos el cariño que se profesan dos almas que se respetan y admiran. Y también que se lo pasan bien juntos: se cuentan chismes y anécdotas, planean viajes, comentan lo sucedido con amigos en común. Tenían algunos amigos poetas (John Berryman, Randall Jarrell, Theodore Roethke), pero sus poemas no les gustaban. Si hacían referencias a poetas más jóvenes, generalmente era para criticarlos. 

Ahora tenemos la oportunidad de degustar —ése es el verbo: degustar— estas preciosas cartas gracias a un exquisito volumen recopilatorio que Vaso Roto ha reunido y traducido al castellano con maestría y elegancia. 

La editorial Vaso Roto, una de nuestras editoriales de referencia en cuanto a poesía, nos trae en “Palabras en el aire” (qué preciosidad de título) estas trescientas misivas donde hay ternura y dulzura a raudales, y también referencias constantes al proceso creativo de dos genios de la poesía estadounidense. 

Un aplauso, además, al trabajo de los traductores: Pura López Colomé, que tradujo la prosa de Elizabeth Bishop y Juan Carlos Calvillo, que se encargó de la de Robert Lowell.

***

Courbett Magazine

Elizabeth Bishop y Robert Lowell se conocieron en una fiesta  en 1947. Bishop tenía 35 años; Lowell no llegaba a los treinta y acaba de divorciarse de su primera mujer. Ambos ya eran poetas muy famosos que habían conseguido premios y honores. “Lo quise a primera vista”, recordaría Elizabeth, a pesar de “que sus zapatos presentaban un estado lamentable” y que “necesitaba un corte de pelo”. 

A partir de ahí comenzarían una amistad profunda que comenzó como admiración profesional sincera. Lo cual no deja de ser sorprendente en el mundo literario. La poesía es un arte que se cultiva en solitario (pensemos en Emily Dickinson) y pocas veces un poeta a encontrado un oído generoso que le ayudase sin acabar envidiándole. Melville y Hawthorne, Coleridge y Wordsworth: sus amistades acabaron en fracasos. 

En el caso de Elizabeth y Robert no es que sus estilos literarios fueran parecidos. Ni mucho menos: no podían ser más distintos, comenzando por su facilidad para publicar. Ambos eran serios y diligentes en su trabajo, pero Elizabeth escribiría sólo cuatro libros de poemas (sólo acababa uno o poemas al año), mientras que Lowell creó compulsivamente, sobre todo en sus últimos diez años. 

Sus poemas también eran diferentes. “El enorme poder de reticencia”, escribió Octavio Paz en 1977, “es la gran lección de la poesía de Elizabeth Bishop”. Y tenía razón: su poesía es delicada y elíptica, dice más con lo que oculta que con lo que expone. Lo que, a finales de los cincuenta y principios de los sesenta, era la excepción en la poesía estadounidense. 

Por aquel entonces, poetas como Sylvia Plath, Anne Sexton y el mismo Robert Lowell estaban hablando de temas tabúes: rebelión, alcoholismo, suicidio, incesto, infidelidad y bombas nucleares. 

Elizabeth Bishop nunca encajó en esta tendencia y lamentó lo que ella denominó “la tendencia a exagerar la morbosidad”. Lo que la convirtió, durante muchos años, en una excelente poetisa, pero sin audiencia. Muchos la tacharon de ser una Marianne Morre, pero con menos talento.

Robert Lowell, por el contrario, fue uno de los máximos exponentes del estilo confesional. Por ejemplo, en su libro “Life Studies”, publicado en 1959, habló de su infancia en Beacon Hill y de sus episodios bipolares, su odio a Eisenhower y sus noches completamente borracho donde sólo tenía como compañía un pato disecado de nombre Delmore Schwartz. 

No es que los poemas de Elizabeth Bishop no fuesen modernos; al contrario. Con su estilo sutil y lleno de matices fue capaz de indagar, llegar a las profundidades de hecho, del amor, la felicidad y la belleza. Fue capaz de toques surrealistas, claramente chocantes (la búsqueda de la belleza en una tormenta eléctrica o un animal sangriento), y de integrar más registros que los puramente formales (nanas, canciones tradicionales e incluso noticias de televisión). 

En su formalidad, Elizabeth Bishop fue la más vanguardista entre todos los poetas del momento. Fue capaz de experimentar y proponer paradojas inteligentes sin tener que dar la nota en público ni transformarse en una performer

Ni que decir tiene que, aunque se respetasen y se reverenciasen, sus respectivos estilos les resultaban chocantes, aunque atrayentes. Bishop, de hecho, llegó a reconocer a Lowell que, después de leer uno de sus poemas, “necesité una hora para volver a mi propia métrica”. También le confesó que “me aburre profundamente la poesía contemporánea, excepto la tuya y la que yo todavía no he escrito”. 

Irónicamente, consiguieron ayudarse gracias a esta divergencia de estilos. Él necesitaba salir de sí mismo, distanciarse (cambió un montón de vez de estilo), mientras que ella requería implicarse más en sus palabras, fundirse con ellas. “Creo que debería escribir enteramente para tí”, le acabó confesando Robert. 

Lo más irónico de su relación perfecta es que, cuando dejaba de ser epistolar y pasaba a ser real, de cara a cara, no acaba de funcionar. En 1957, por ejemplo, se vieron en persona y fue un desastre. Sus encuentros —largamente planeados y anhelados— no solían acabar bien. Sin embargo, después de aquel fallido intento, Robert le dirigió una de las cartas más bonitas. Le dijo, sencillamente, que haberle pedido matrimonio era el mayor “qué hubiese pasado si” de su vida. 

Elizabeth optó por no darse por enterada o, simplemente, por coquetear un poco. Su relación no se alteró en absoluto a pesar de aquella revelación tan sincera y directa. Cuando, ocho años antes de morir, él le vuelve a insistir que “parece que me pase la vida extrañándote”. 

Ella volvió a entender que no era literal. 

Éstas fueron sus dos primeras cartas: 

King Street, 46 — Nueva York

12 de mayo de 1947

Estimado Sr. Lowell: 

No sé cómo ponerme en contacto con usted ahora que Randall está fuera; pero creo que esta carta podrá llegarle a través de Harcourt Brace. Solo quería decirle que me parece maravilloso que haya recibido todos esos reconocimientos —supongo que simplemente los llamaré premios número 1,2 y 3— en cualquier caso, son todos sumamente gratos. 

Yo también iba a leer en la YMHA el sábado por la tarde, pero no llegué, y espero que mi ausencia fuera más una ayuda que un impedimento. Lamento mucho también haberme puesto enferma en aquella ocasión en que quería que usted y los Jarrell vinieran a casa. A lo mejor, si todavía se encuentra en la ciudad, podría visitarme en algún momento, me encantaría verle. Mi número telefónico es wa 5-1706 o, si lo prefiere, escríbame tan solo una nota. 

Con mis mejores deseos y más felicitaciones, 

Elizabeth Bishop

***

E. 15th st., 202

Nueva York, Nueva York

[23 de mayo de 1947]

Estimada Srta. Bishop:

Lamento haber perdido la oportunidad de cenar ayer con usted, y la ocasión anterior, y la lectura. Lamento que haya tenido un invierno miserable. 

Es usted una escritora maravillosa y su nota fue prácticamente la única que tuvo algún significado para mí (…)

Me voy a Boston el día 2 y luego a Yaddo el 9. Espero verla de nuevo algún día. Los Jarrell y yo teníamos la esperanza de que viniera mañana de pícnic con nosotros. 

Buena suerte con su enfermedad. 

Robert Lowell

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