¿Quién es Amanda Gorman, la poeta de la toma de posesión de Joe Biden?

por Ana Polo Alonso

El 20 de enero de 1961, Estados Unidos inauguraba una nueva tradición: un poeta (Robert Frost) tomaría la palabra en la toma de posesión del nuevo presidente (John F. Kennedy). 

Robert Frost había apoyado a Kennedy desde el principio de su carrera a la Casa Blanca y Kennedy, por su parte, había usado en muchos de sus discursos de campaña los dos últimos versos del poema “Stopping the Woods on a Snowy Evening”, de Frost: “But I have promises to keep / and miles to go before I go”. 

Tanta era la admiración recíproca, que cuando Kennedy ganó, enseguida se acordó que Frost hablaría en la ceremonia de juramento para simbolizar que el mundo del arte era parte integral de la nueva administración. Sin embargo, como Frost era uno de los autores más prestigiosos del mundo (había ganado ya cuatro premios Pulitzer y se le había concedido la Medalla de Oro del Congreso), a Kennedy le daba miedo que diera un discurso mejor que el suyo y se decidió que leyera tan sólo un poema. Kennedy quería que leyera “The Gift Outright”, escrito en 1942 y que simbolizaba la historia de los Estados Unidos en 16 preciosos versos. Frost, en cambio, prefería crear algo nuevo y compuso “Dedication”, también muy patriótico pero más contemporáneo en el tono y con dos versos finales poderosos: “The greatest vote a people ever cast / so close yet sure to be abided by”. Kennedy le dijo que no. Frost decidió hacer lo que le dio la gana y tenía previsto leer “Dedication” antes de pasar a “The Gift Outright”. 

En último momento, sin embargo, la climatología le pasó una muy mala pasada. La noche antes de la toma de posesión, una gran nevada cayó sobre Washington, pero el mismo día del juramento, el sol brillaba con fuerza, por lo que los destellos sobre la nieve eran tan fuertes que deslumbraron al poeta, entonces ya de 86 años y con una vista delicada. A pesar de que el nuevo vicepresidente, Lyndon B. Johnson, se levantó del asiento e intentó hacerle sombra con su sombrero de copa (Kennedy había decretado que los hombres llevasen chaqué para imitar al pomp and cerimony de la realeza inglesa), el pobrecillo Frost se quedó sin leer su querido poema nuevo y tuvo que recitar “The Gift Outright” de memoria: “The land was ours before we were the land’s/ She was our land more than a hundred years…” Tan desubicado estaba al acabar que, cuando acabó, en vez de dar las gracias al presidente “John Kennedy”, dijo “John Finley”. 

“Robert Frost robó los corazones de la audiencia con su naturalidad”, tituló al día siguiente con mucha eleganciaThe Washington Post. Pero a nadie se le pasó lo embarazoso de la intervención y, quizás por ello, no volvió a haber inaugural poet, poeta en una toma de posesión, hasta 1993, cuando Bill Clinton, ferviente admirador de Kennedy, pidió a la afroamericana Maya Angelou que leyese “One the pulse of Morning”: “Each of you, descendat of some passed/ On traveller, has been paid for/ You, who gave me my first name…”. Cuenta la leyenda, que cuando supo que Angelou iba a participar en tan magno acontecimiento, Oprah Winfrey le envió un abrigo azul marino de Chanel y unos pares de guantes. Angelou lo complementó con unos pendientes dorados de aro. 

En 1997, volvió a haber poeta —Miller Williams, con “Of History and Hope”—, pero la tradición se interrumpió de nuevo hasta el 20 de enero de 2009, cuando Barack Obama, un auténtico apasionado de los libros, pidió a la poeta Elizabeth Alexander que compusiera un poema (el  resultado fue “Praise Song for the Day”). En el 2013, en su segunda toma de posesión, Obama se decantó por Richard Blanco y el poema “One Today” (personalmente, uno de mis favoritos). 

Donald Trump no quiso ningún poema en su toma de posesión (me ahorro los comentarios) y la precaria tradición sólo se ha recuperado con Joe Biden y la poeta Amanda Gorman, seguramente lo único realmente destacable de un acto de juramento tan atípico como insípido. 

Con 22 años, la californiana Amanda Gorman es la sexta inaugural poet y, de lejos, la más joven. Siendo sinceros, el suyo, “The Hill We Climb”, ha sido el mejor hasta el momento y eso que no lo tenía fácil. Como ella misma reconoció, le costó bastante escribirlo y hace tan sólo dos semanas, el poema estaba lejos de estar acabado. Simplemente, no conseguía dar con las palabras adecuadas que resumieran la importancia del momento. 

El día seis de enero sólo había llegado a la mitad (cada día sólo conseguía dar forma a dos versos como mucho). Pero fue entonces cuando vio por televisión a las hordas de seguidores de Trump asaltando el Congreso, algunos portando banderas confederadas. Indignada, aquella misma noche acabó el poema recordando lo frágil que puede ser la democracia: “But while democracy can be periodically delayed / It can never be permanently defeated…”. El cambio, desde luego, se nota: si los primeros versos del poema siguen una cadencia algo encorsetada y repleta de tópicos, llega un momento en que el ritmo cambia, adquiere brío, oscila con fuerza y consigue atrapar con un crescendo hipnótico mientras se recuerda la importancia de volver a estar unidos. El staccato es impecable; la declamación, perfecta.

Ha sido una intervención memorable de una jovencísima poeta cuya misma historia es un ejemplo de superación. Nacida en 1998 en Los Ángeles, de pequeña tuvo problemas de habla: le costaba pronunciar algunas letras, en especial las erres. Para ella, decir poetry, poesía en inglés, era un calvario. Sin embargo, ese mismo impedimento hizo que sacara a la creadora que llevaba dentro. “Cuando tienes que aprender como decir cada uno de los sonidos y tienes que estar pendiente constantemente de su pronunciación, comienzas a apreciar la sonoridad y también la experiencia del público”, explicó en una entrevista.

Pronto se enamoró de la poesía y en el patio del colegio aprovechaba cualquier cosa (normalmente, periódicos) para escribir. Con el tiempo, descubrió a dos de sus grandes referencias artísticas: Toni Morrison y Yusef Komunkayaa. También se declara admiradora de Charlotte Brontë. A partir de ahí, su ascenso fue meteórico: con tan sólo 16 años se convirtió en la “Youth poet laureate” de Los Ángeles y, tres años más tarde, mientras estudiaba sociología en Harvard, fue escogida la primera “poeta joven laureada nacional”. Era la primera en recibir la distinción y el galardón incluía un sinfín de viajes para dar recitales en todo el país. En uno de ellos, en la Librería del Congreso, en el 2017, mientras recitaba “In this Place: An American Lyric“, llamó a la atención de alguien muy especial del público: la doctora Jill Biden, esposa de Joe Biden.

De hecho, fue Jill Biden quien propuso que Amanda Gorman crease un poema para la toma de posesión de su marido como presidente. Un encargo así, desde luego, no es sencillo y enseguida Gorman se puso a leer discursos de líderes que habían conseguido unir al país en momentos especialmente delicados, como Abraham Lincoln, Martin Luther King, Frederick Douglass y Winston Churchill. Quería que sus versos “hablaran del momento”, que “hicieran justicia a nuestro tiempo” y, sobre todo, que recordaran la importancia de volver a estar unidos. Sin duda, lo ha conseguido. En una toma de posesión dominada por un despliegue de seguridad inaudito, sus versos han tenido la fuerza que le ha faltado al discurso del mismísimo presidente. La suya ha sido la voz que América necesitaba en verdad. La inspiración que todos esperábamos.

Nota frívola: se ha cumplido otra tradición –o, al menos, así lo ha asegurado la revista Vogue-– y Oprah Winfrey ha vuelto a enviar abalorios a la “inaugural poet“. Si a Maya Angelou le envió un abrigo de Chanel, esta vez se ha decantado por unos pendientes de aro de oro de Nikos Koulis y un anillo de Rare Origin con forma de jaula (en referencia a “I Know Why the Caged Bird Sings“, Yo sé por qué canta el pájaro enjaulado, la obra maestra de Maya Angelou). El abrigo que ha llevado era de Miuccia Prada, una diseñadora a la que Amanda Gorman admira por “su intelecto y convicciones feministas”.

Artículo escrito por Ana Polo Alonso.

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