Repensando a Darwin

En agosto de 1838, Charles Darwin comenzó su “Journal”, un escueto diario personal en una pequeña libreta de 7 x 10 centímetros. Allí anotó vivencias que recordaba de su infancia y juventud, escribió sobre su trabajo y, hasta diciembre de 1881, cuatro meses antes de morir, dejó constancia de un sinfín de temas, tanto laborales como personales. 

No eran largos párrafos, sino notas sencillas y rápidas, de apenas una línea. Un año entero, de hecho, podía resumirse en una simple página o incluso menos. Además, a partir de 1846, Darwin comenzó a separar claramente trabajo y ocio. Las páginas izquierdas servirían para sus obras; las derechas, para asuntos personales y familiares. 

Años más tarde, en 1876, volvería a aquel “Journal” para desarrollarlo un poco más. Quería dejar por escrito sus memorias y vivencias para que sus familiares lo conocieran. De hecho, el texto de su Autobiografía comienza diciendo:

“Al haberme escrito un editor alemán para pedirme un relato del desarrollo de mi mente y carácter, junto con un esbozo de mi autobiografía, he pensado que la empresa me divertiría y podría interesar a mis hijos o nietos. Sé que a mí me habría interesado mucho haber leído un bosquejo, aunque fuera breve y aburrido, de la mente de mi abuelo escrito por él mismo, y de lo que pensaba e hizo y de cómo trabajaba. He tratado de escribir el siguiente relato sobre mí mismo como si fuera un muerto en el otro mundo que recapitulara su vida. Esto no me ha resultado difícil, porque mi vida pronto tocará a su fin, ni tampoco me he preocupado por cuestiones de estilo”. 

Ilustración de Iban Barrenetxea para la autobiografía de Darwin.

Tras escribir una hora casi todas las tardes entre mayo y agosto de 1876, Darwin dio forma a las ciento veintiuna páginas de su autobiografía. Luego fue revisando el texto durante seis años, ampliando detalles e insertando anexos. 

Cinco años después de su muerte, en 1887, el manuscrito fue publicado por primera vez como parte de “Vida y cartas de Charles Darwin”, con una edición de su hijo Francis. El texto, sin embargo, había sido purgado para no hacer públicas las opiniones religiosas de Darwin. 

Emma Nora Barlow (1885-1989), nieta de Charles Darwin, fue la encargada de recuperar la versión original y de publicar la edición definitiva que ahora Nórdica nos trae en una publicación extraordinaria: exquisita, elegante, con una brillante traducción de Íñigo Jáurregui y unas magníficas ilustraciones de Iban Barrenetxea. 

De Barrenetxea ya nos habéis oído hablar por Courbett Magazine y no es ningún secreto que somos unos grandes admiradores de su trabajo. Nos encanta su estilo preciso y distinguido, la tendencia al humor sutil y refinado, la mezcla de lo real y caricaturesco, el claro sabor victoriano. En nuestro artículo sobre su obra dijimos que si Iban Barrenetxea hubiese vivido en la Inglaterra del siglo XIX, le hubiese hecho una larga y peligrosa sombra a John Tenniel, el ilustrador de “Alicia en el País de las Maravillas”. Y aquí lo repetimos. 

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Como prueba, ojead cualquiera de sus libros (sobre todo, los que él también ha escrito, como “Bombástica Naturalis”, “El cuento del carpintero”, “El único y verdadero rey del bosque” o “Benicio y el prodigioso náufrago”). O deleitaros con la capacidad que tiene para insuflar de nueva vitalidad a un símbolo de referencia mundial como es el mismísimo Charles Darwin. 

Precisamente, una de las características que más llama la atención de esta “Autobiografía” es que Iban ha sabido insuflar una nueva vitalidad a un rostro de sobra conocido. Lo que no era fácil en absoluto. La cara del naturalista inglés, con su larga barba blanca, mirada profunda y pobladas cejas tiene demasiado poder icónico como para alterarla. Sin embargo, Darwin no aparece aquí como inexpresivo o distante, sino que adopta un semblante divertido, pícaro incluso, que da cuenta de la energía a raudales y de la curiosidad insaciable que tenía. 

“Darwin y su obra me han interesado desde hace años”, me comenta Iban. “De hecho, la chispa que desencadenó mi libro “Bombástica Naturalis” surgió mientras leía una biografía en la que mencionaban a Erasmus Darwin, el abuelo de Charles. Erasmus me pareció un personaje tan fascinante como su famoso nieto y terminó siendo el germen de mi “Bombastus Dulcimer””. 

A partir de ahí surgió una fascinación que se ha visto culminada con esta “Autobiografía”. Diez años después de haber tomado a Erasmus Darwin como modelo llegaba el turno de poner rostro al nieto. “Ilustrar un libro con el propio Charles, con ese ambiente victoriano que tanto me gusta, y para una editorial como Nórdica… En fin, era imposible negarme”, me explica entusiasmado. 

Hacía un par de años que Nórdica había publicado una edición de “La selección natural” de Darwin, con unas sensacionales ilustraciones de Ester García. “Ahora le tocaba el turno a la Autobiografía”, dice Iban. 

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Pero abordar al personaje requirió de un trabajo exhaustivo y metódico. “Venía con la documentación casi hecha”, me explica Iban, “ya que he leído libros de y sobre Darwin desde hace mucho tiempo. Aún así volví a leer varios libros, especialmente la completísima biografía escrita por Adrian Desmod y James Moore. En realidad, la propia “Autobiografía” es muy rica en detalles y anécdotas, pero me ayudó mucho complementarla con otras lecturas para ser capaz a veces de “leer entre líneas” lo que el propio Charles dice de su vida”. 

Iban sigue siempre un proceso riguroso en cada proyecto que comienza, hasta el punto que se considera un “maniático con el asunto de la documentación. Siempre voy a la caza de esos pequeños detalles que me ayuden a enriquecer mi trabajo”. Pero reconoce que “a veces resulta peligroso, ya que la cantidad de información disponible es inmensa y tan interesante, que uno puede dejarse atrapar y olvidarse de ilustrar el libro”. 

Para este proyecto, sin embargo, no hubo de qué preocuparse. “Lo cierto es que me lo pasé muy bien”, me explica. “Llevo tiempo estudiando las estampas satíricas de los siglos XVIII y XIX y los ilustradores victorianos. Así que intenté incluir en las imágenes esa estética, incluso añadí textos en las imágenes al estilo de esas estampas y de las imágenes humorísticas de revistas victorianas como “Punch””. 

“Existen muchas imágenes de Darwin y de la época”, apunta más tarde. “Así que en ese aspecto resultó muy sencillo”. 

El resultado no puede ser más interesante y, además, divertidísimo. Creo que son las ilustraciones de Iban Barrenetxea donde más humor hay. Me encanta, en especial, la que hace para acompañar al libro de Darwin “La expresión de las emociones en los humanos y en los animales” (1872): aparece exactamente la misma cara del señor Algernon Ainsworth (de profesión, “Gentleman”) para todas las emociones imaginables, de admiración a alivio, de asombro a fascinación. Como buen “British” de pro, el señor Ainsworth no se inmuta ante nada ni nadie y se mantiene impertérrito, excepto cuando le dicen que se va a poner “leche antes que el té”, entonces se le desencaja la cara y no reprime el rostro de pánico. Yo me estuve riendo un buen rato. 

“Siempre que es posible intento plantearme los libros desde un lado divertido”, me comenta Iban. En este caso, además, “no quería limitarme a ilustrar lo que narraba el texto. Quería reflejar esa narración de forma muy fiel, pero hacerlo pasar por un “filtro”, como si me metiera en la piel de un ilustrador satírico de la época”. 

“Pero a pesar de los toques de humor creo que mi acercamiento al personaje ha sido muy respetuoso”. Desde luego, lo ha sido. Se nota que le tiene admiración. Y también se aprecia cierta compasión hacia los momentos más duros del texto, como la relación de Charles Darwin con su padre. En una ilustración se observa a Darwin de pequeño, diminuto, enfrente de un padre que parece un gigante y que le está abroncando duramente (“No te importa nada más que la caza, los perros y coger ratas, y serás una deshonra para ti mismo y para toda tu familia”). La composición es de un gran respeto, con toques humorísticos para rebajar la tensión (el perro que mira al casi microscópico Darwin con cara extrañada, el personaje del cuadro que mira la escena como si estuviera vivo). 

“Creo que Darwin escribió de forma muy sincera”, observa Iban. “Tiene momentos agridulces, pero también muchas anécdotas divertidas que para mí resultaban irresistibles”. 

En conjunto, Iban Barrenetxea consigue ofrecer una relectura de un clásico. Un acompañamiento apropiado que permite ver la historia desde un ángulo distinto. “Uno de los aspectos que más me interesan de ilustrar clásicos es la infinidad de planteamientos que nos permiten”, me explica Iban. “La propia edición, el objeto, hacen que la experiencia del lector sea distinta. Así que los ilustradores (y también los editores) tenemos la posibilidad de influir de cierta forma en el efecto que produce en el lector sin tocar una coma del texto”. 

“Espero que mis imágenes resulten una invitación para que el lector se acerque a la forma de una forma diferente”, concluye. 

Desde luego, lo consigue. 

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