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Rescatando a Camille Claudel de la sombra de Rodin

Si la brillante escultora francesa hubiese nacido varón, hoy los libros de Historia del Arte hablarían de Claudel y se habrían olvidado de Rodin

Si Camille Claudel hubiese nacido varón, hoy la Historia del Arte hablaría de Claudel y se habría olvidado de su amante, Auguste Rodin

Su vida, como la de tantas otras, estuvo a la sombra de un hombre que nunca la dejó brillar. Su talento, su inmenso talento, fue eclipsado; su fuerza creadora fue coartada; su genio creativo fue marchitado. Camille Claudel pasó a la historia como una simple nota a pie de página en una biografía ajena, la de su amante, el escultor Auguste Rodin, con quien mantuvo una relación obsesiva y desquiciante. Pocos supieron reconocer la valía y potencial de aquella mujer valiente, apasionada, profunda y visceral que pagó muy caro adelantarse a su época y que acabó enterrada en vida, recluida durante treinta años en la soledad de un manicomio de Montdevergues en Aviñón. Cuando murió, en 1943, nadie asistió a su entierro.

La escritora Michèle Desbordes rescató la memoria de Camille en esos años terribles de encierro, cuando Camille Claudel intentaba evadirse de aquel infierno, de “las locas por los pasillos y los comedores, que gritan tan fuerte y desde hace tanto tiempo”. Camille, ataviada con sayas marrones o grises, siempre las mismas, cogía su silla, se sentaba en el parque del manicomio a la sombra de los robles y esperaba a una visita que nunca llegaba: la de su hermano, el cónsul, embajador de Francia en Japón, el poeta y dramaturgo famoso Paul Claudel. El hombre a quien adoraba y el único que le había apoyado cuando toda la sociedad le dio la espalda, su familia incluida, y nunca entendió que quisiera ser artista.

Y en esa silla, en aquel parque a la sombra de los robles, Camille recuerda su vida y sus sueños, como aquel día en la playa de Saint-Maries en que vio por última vez el mar. Llevaba un vestido largo hasta los pies; era azul, como el Mediterráneo y sus preciosos ojos que encandilaron un día a Rodin y a tantos otros. “Un vestido largo y azul, tan largo y tan azul, tan ligero al viento, que a él le parece de otra época, le parece un vestido de otros tiempos”. Algún día volvería a ver el mar; su hermano Paul se lo había prometido.

“[Ella] piensa en lo que acaba, en lo que se termina para siempre, y que eso, al final de las cosas, los últimos días, se imagina y se ordena de un modo parecido a como se imaginan y se ordenan, para que uno no pueda olvidarlas, las fiestas y las celebraciones, también la postrera, la última de todas, con sus alfombras de flores y los sofocantes olores alrededor de las tumbas”. Michèle Desbordes no opta en “El vestido azul” por una biografía tradicional, aséptica y lineal. Hubo una, y bastante notable, de Anné Delbée que en España publicó la editorial Circe (con traducción de Anna Moix). Y ha habido dos películas de su vida: “La pasión de Camille Claudel”, dirigida en 1988 por Bruno Nuytten y protagonizada por Isabel Adjani, y la intimista, valiente y desgarradora “Camille Claudel, 1915”, un film de 2013 de Bruno Dumont con una excelente Juliette Binoche.

 

 

Pero todas las obras anteriores se centraban en lo más morboso de su biografía, en su desquiciante relación con Rodin o en sus últimos años en el manicomio, donde entró con 43 años por orden de su hermano y en donde le diagnosticaron un “delirio sistemático de persecución basado principalmente en interpretaciones e imaginaciones falsas”. Michèle Desbordes no cae en el exhibicionismo literario y, aunque no escatima detalles de sus episodios vitales más escabrosos, lo que traza en “El vestido azul” es un homenaje en forma de novela a una mujer excepcional que, si hubiese nacido varón, hoy los libros de Historia del Arte hablarían de Claudel y se habrían olvidado de Rodin.

 

“El vestido azul” es un homenaje en forma de novela a una mujer excepcional que, si hubiese nacido varón, hoy los libros de Historia del Arte hablarían de Claudel y se habrían olvidado de Rodin.

 

Hoy sabemos que Rodin se aprovechó de su talento y que incluso le robó ideas aunque, muerto de celos, siempre menospreció su potencial. Muchos de los pies de las obras de Rodin (los de “Los burgueses de Calais”, por ejemplo) son en realidad obra de Camille. Llegó a ser tan buena que superó incluso a su maestro y amante. Pero muchos de sus contemporáneos la ningunearon por ser mujer: muchos le echaron en cara que sus obras no podían ser suyas, sino de Rodin.

Hay una obra especialmente que refelja su precocidad y genio. En “Shakuntala” representa un drama hindú escrito por Kalidasa en el siglo V: por culpa de un hechizo, el rey Dushianta olvida que está casado con Sakuntala y se aleja de ella durante un largo tiempo, pero cuando se pasan los efectos del embrujo se arrodilla ante ella para pedirle perdón. Sakuntala abraza a su amado y lo besa, y ese tierno abrazo simboliza la fidelidad.

La obra, esculpida en mármol, es de una delicadeza exquisita, técnicamente perfecta y con un juego impresionante de luces, sombras y matices. El dinamismo de la figura es, seguramente, uno de los mejores conseguidos de todo el siglo XIX; hay una sueva sensación de balanceo, de frágil inclinación que marca el abrazo, con una fuerza expresiva increíble en Dushianta y una dulzura serena y plácida en el rostro de ella. Nadie esculpía las caras mejor que Camille Claudel en su tiempo, nadie las dotaba de semejante expresividad.  Rodin nunca llegaría tan lejos.

 

Nadie esculpía las caras mejor que Camille Claudel en su tiempo, nadie las dotaba de semejante expresividad

 

Hay un detalle delatador en esta obra: Camille hizo varias versiones, cada una con un nombre distinto y una historia diferente. La primera vez, en 1886, la esculpió en escayola y la llamó “Shakuntala”. Luego, en 1915, y gracias a la ayuda económica de la Condesa de Maigret, pudo hacerla en mármol y entonces la tituló “Vertumnus y Pomona”. En la mitología romana, Vertumnus (o Vertumno) era un dios que podía transformarse en todo lo que quisiera. Pomona, su amada, era una ninfa protectora de la fruta y era deseada por el resto de dioses, pero ella se resistía a entregar su amor y no dejaba que ningún pretendiese se le acercase. Un día, sin embargo, Vertumnus se transformó en una vieja mujer y fue a felicitar a Pomona por las frutas de sus árboles. La abrazó y cuando la tuvo en sus brazos se quitó el disfraz. Pomona se enamoró perdidamente y se unieron para siempre, envejeciendo cada invierno y rejuveneciendo cada primavera hasta la posteridad.

La obra, con sus dos títulos, habla del amor puro e inmortal que sobrevive a todas las pruebas. El tipo de amor que ansiaba Camille y que Rodin no estaba dispuesto a darle. A él le gustaban las mujeres pasivas y obedientes; ella era decidida, valiente, tenía una gran personalidad y no pensaba someterse. Rodin tenía una gran vida social; ella era solitaria y taciturna. A él, aunque era tímido, le gustaba deslumbrar y seducir; ella perseguía un amor sincero.

Su relación estaba condenada al fracaso desde el principio, y no sólo por la diferencia de caracteres. Rodin estaba casado y tenía una amante estable, la costurera Rose Beuret, con quien tuvo un hijo y a quien inmortalizó en multitud de esculturas. Aunque Rodin llegó a adorar a Camille, nunca quiso abandonar a Rose, que le había acompañado desde su juventud y le había apoyado en sus inicios y en los momentos más duros de su carrera.

 

 

Cuando Camille y Rodin se conocieron ella era una prometedora estudiante de escultura. Nació en 1864 en Fère-en-Tardenois en una familia acomodada. Su madre nunca la quiso, porque no era varón y su hermana nunca aprobó su estilo de vida, bohemio y apasionado, alejado de los patrones tradicionales. Sólo su hermano Paul Claudel la apoyaría. Con él jugaba de pequeña en los bosques de Aisne y se llenaba los bolsillos de barro que luego esculpía en impresionantes figuritas. Nadie, sin embargo, prestó demasiada atención al talento creativo de aquella niña solitaria y melancólica.

Su padre acabó aceptando que fuera a París a formarse como escultora y entró en la Académie Colarossi (las mujeres tenían la entrada prohibida a la Academia de Bellas Artes). Alfred Boucher se convirtió en maestro y mentor y fue quien más hizo por incentivar su pasión por la escultura. También fue él quien le presentó a Rodin. Ella tenía diecinueve años y él cuarenta y tres. Enseguida, Rodin quedó encandilado de aquella mujer de profundos ojos azules verdosos que, como bien dijo Paul Claudel, “tenía luz”. “Camille tenía una frente espléndida sobre unos magníficos ojos de un azul tan extraño que difícilmente se encuentra fuera de las portadas de las novelas”, diría también su hermano.

Camille formó parte del taller de Rodin, en la rue d’Université. Él ya era entonces un artista de cierto renombre que había creado “El pensador” y tenía el encargo de crear “Las puertas del infierno”, inspiradas en la “Divina Comedia” de Dante, para un museo que nunca llegaría a inaugurarse. Durante cinco años colaboró intensamente en la obra del escultor. Siempre le confiaba las manos y los pies de las obras. Camille se convirtió en alumna, colaboradora, musa y modelo, y luego también en amante.

Habría que subrayar que, artísticamente, eran almas gemelas. Aún sin conocerse, Camille había comenzado su carrera como escultura con un tono claramente rodiniano: ambos odiaban el academicismo formal que condenaba las figuras a la rigidez y abogaban por el naturalismo de las formas, recuperando el movimiento y la expresividad. Ambos, también, eran obsesivos en su trabajo, esculpiendo compulsivamente.

 

Su pasión por Camille inaugura la época más prolífica de Rodin, y la más sensual. Ella le ayuda a explorar la emoción en sus obras y gracias a ello, en gran parte, a Rodin le comienzan a caer los homenajes: fue nombrado caballero de la Legión de Honor, le pidieron un monumento para conmemorar a Victor Hugo y otro para Balzac. Ella, sin embargo, pronto reconoce que aquella relación la coartaba profesionalmente: sólo era conocida como “la amante” y muchos pensaban que sus obras no eran suyas, sino de Rodin.

 

Rodin, además, pronto le deja claro que, a pesar de sus múltiples promesas, jamás iba a abandonar a Rose Beuret y, por si fuera poco, la humillaba constantemente y le profería vejaciones en público, exhibiéndose con otras mujeres en público y minusvalorando sus aportaciones a sus obras. Su relación duró catorce años y fue una continua turbulencia de pasiones y arrebatos, celos y reproches. Intentaron vivir juntos, pero todo lo más que consiguieron fue establecer escapas furtivas; cuando ella se quedó embarazada, él le dijo que abortase. En 1898, a pesar de que seguía queriéndolo, Camille rompió con Rodin para siempre.

Acabó en un pequeño estudio donde esculpía figuras de niños que luego destruía a martillazos. Dejó lavarse, apenas comía y vivía tan solo acompañada por una docena de gatos en medio de una suciedad insoportable. Los vecinos la oían aullar y le dejaban comida en la ventana por pura compasión. Su hermano, su querido hermano, acabó dando la orden de que la encerrasen en un manicomio. Camille tenía cuarenta y nueve años cuando ingresó. Nunca más saldría. Tan sólo su hermano la visitó alguna vez, en verano, pero no todos los años.

Se guarda una fotografía de ella en el manicomio de Montdevergues. La belleza perdida, la mirada ausente. Sentada en una silla y quizás pensando en la próxima visita de su hermano y en el sueño de volver a ver el mar con aquel vestido “tan largo y tan azul, tan ligero al viento que a él le parece de otra época, le parece un vestido de otros tiempos”.

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