Rescatando del olvido a la cronista de los Cazalet

Era de una belleza penetrante y su vida amorosa, ciertamente intensa y agitada, empañó todos sus logros como escritora, hasta tal punto que en un artículo sobre su obra en el “Sunday Times” en 1959, en vez de centrarse en sus triunfos o calidad narrativa, simplemente destacó que era “la escritora viva más guapa de Londres”. 

Es cierto que Elizabeth Jane Howard, Jane para familia y amigos, tuvo una vida azarosa: fue actriz de provincias, se casó a los diecinueve años y abandonó a su marido y a su hija para ser escritora. Pasaría por el altar más tarde dos veces más, la última con el afamado autor Kingsley Amis, por el cual aparcó su carrera y del cual se acabó divorciando de manera poco amistosa. 

En medio de este torbellino, sin embargo, Elizabeth Jane Howard escribió quince novelas y conoció el éxito y el aplauso de la crítica, sobre todo por su cuarteto de novelas conocido como “Las crónicas de los Cazalet”, donde narra los avatares de una acomodada familia de alta clase media inglesa entre la década de los treinta y cuarenta. (Una quinta novela, “All Change”, publicada en 2013, dio el salto directamente a 1956). 

Portada de "Los años ligeros. Crónicas de los Cazalet" de Elizabeth Jane Howard (editorial Siruela).

A pesar del éxito, durante muchos años a Elizabeth Jane Howard se la miró por encima del hombro: otra mujer más que escribía cursiladas sólo para mujeres. La escritora inglesa Hilary Mantel se lamentaba que “a pesar de que autores como Virginia Woolf y Katherine Mansfield abrieran nuevas maneras de observar el mundo, libros escritos por mujeres todavía hoy se dejan de imprimir y son condenados a la oscuridad: no porque, como en el caso de los hombres, la moda se pase, sino porque no han sido bien valorados en primer lugar”. 

Se tuvo que esperar a finales de los años ochenta y principios de los noventa para que muchas escritoras británicas de gran talento pero completamente (e injustamente) olvidadas volvieran a las estanterías. Le pasó a la obra de Elizabeth Taylor y de Barbara Pym (a las que aquí en Courbett hemos dedicado artículos). A Anita Brookner y a Elizabeth Jane Howard les costó un poco más: ambas son ejemplos de cómo escribir fantásticamente bien, ganar premios prestigiosos, tener éxito de público y ser desdeñadas por la crítica. 

A Elizabeth Jane Howard la fama le salió cara: oscureció todo su talento. Pero qué talento: sus obras destacan por la maestría de la construcción de la historia, las dotes agudas de observación y una técnica narrativa depurada y elegante. 

La propia Hilary Mantel reconoce que, para aprender a escribir novelas, hay que leer a Howard y leer los libros que ella leyó. “En concreto”, sentencia Mantel, “deconstruye esos pequeños milagros que son “The Long View” y “After Julius”. Desmóntalos e intenta ver cómo están hechos”. 

Los Cazalet

La familia Cazalet se reúne todos los veranos en “Home Place”, una finca en Sussex (Inglaterra) que “había sido una pequeña alquería, construida a finales del siglo XVIII al estilo típico de Sussex, con fachada de madera y yeso hasta la primera planta, que estaba revestida de azulejos rosados superpuestos”. 

Allí se juntan el patriarca, William Cazalet, conocido como “El Brigada”, que está al mando del negocio familiar de maderas. La madre, Kitty, apodada “La Duquesita”, se encarga de que todo funcione. Hay tres hijos varones, Hugh, Edward y Rupert, y una hermana, Rachel. Están también sus respectivos cónyuges e hijos, nueve nietos en total, e innumerables parientes y criados. 

En las novelas, comenzando por la primera, “Los años ligeros” (“The light years”, 1990), se narra el día a día de esta familia, de los asuntos más livianos a otros más profundos, mientras Europa vive cambios vertiginosos y, luego, se sumerge en una guerra. Vemos la cotidianidad de la clase alta inglesa y, también, las carestías y restricciones impuestas por la situación bélica y la postguerra.

El señor Hitler nos ha descabalado la rutina. Como siga así, voy a tener que mandarle a un agente de policía. ¡Un ataque aéreo por la mañana; a quién se le ocurre! Pero, en fin, qué le vamos a hacer… ¡es hombre! —suspiró. 

“Las novelas son panorámicas, expansivas, fascinantes como historia social y generosas en su narración”, dijo la escritora británica Hilary Mantel, una gran admiradora de Howard. “Son el producto de la experiencia de toda una vida, y provienen de una escritora que conocía dónde quería ir y tenía el aguante y la destreza técnica para conseguirlo”. 

Portada de "Confusión. Crónicas de los Cazalet" de Elizabeth Jane Howard (Siruela).

“Junto con Iris Murdoch, Elizabeth Jane Howard es la escritora más interesante de su generación”,  escribió Martin Amis en su autobiografía, “Experience”. “Tiene un gran instinto, como Muriel Spark, y un ojo poético e imprevisible, y una cordura penetrante”. 

En conjunto, los Cazalet son una de las obras más completas para entender el comportamiento de una cierta clase social para la cual las normas son sagradas e inmutables, aunque el mundo en el que viven se empeñe en desmoronarlas. Es un rígido código que impide que salgan a la superficie las tensiones latentes, las frustraciones y la continua ansiedad. Howard es una maestra a la hora de aflorar este torbellino subterráneo de emociones y de exponer, con una gran elegancia, las luchas morales a las que se enfrentan sus personajes. 

Tenemos, por ejemplo, a Villy, la mujer de Edward, a quien su madre le reprocha continuamente que se haya casado por debajo de sus posibilidades. También le echa en cara costumbres modernas, como dejar que su anciana institutriz se siente con ellos en la mesa a comer. Villy, por su parte, no tolera que su hija, Louise, lleve pantalones y le recomienda que siempre piense que es torpe y fea “por su bien”. 

La intelectualidad como tal está prohibida en el ambiente de clase alta británico, aunque hay una clara inclinación artística en esta peculiar familia: hay muchas clases de piano y de ballet, visitas al teatro, cuadros, libros e incitación a escribir. 

La política, claro está, no es un tema de conversación en un ambiente tan conservador y encorsetado, aunque en las novelas esté claramente presente. Los chicos pueden ir a la escuela pero la hija del matrimonio Cazalet, Rachel, tendrá que ser educada en casa, con institutrices hasta el último año de instrucción, el “finishing off”, en que saldrá afuera. Estudiará “economía doméstica” y allí conocerá a Stella, una chica judía, inteligente y bastante de izquierdas, que le hará darse cuenta que “no tengo experiencia, ni conocimiento, ni posibilidad de pensamiento para contestar” frente a las ideas de su nueva amiga. 

El sexo —la inhibición sexual por una parte y el deseo lujurioso, incluso enfermizo, por otra— son algunos de los grandes temas. Rachel, por ejemplo, se enamorará de una mujer, Sid, aunque nadie en su ambiente parece querer reconocer abiertamente su lesbianismo. Su hermano, Edward, abusará sexualmente de su propia hija, Louise

Una vida fuera de lo común

Se dice que fue precisamente Martin Amis, a la sazón su hijastro, quien le recomendó que se embarcara en la saga de los Cazalet cuando Elizabeth Jane Howard estaba valorando diferentes historias. El consejo fue apropiado, y no sólo porque la saga le traería dinero y popularidad. También porque era una historia que le sería fácil de narrar: los Cazalet, de hecho, están basados en su propia familia y muchos de los hechos, aunque con alteraciones, claro está, son autobiográficos. 

Retrato de Elizabeth Jane Howard
Elizabeth Jane Howard

Elizabeth Jane Howard nació en Londres en 1923. Era la hija mayor de David Howard, empresario de la madera, y de Kit Somervell, hija de un compositor y que renunció a su carrera como bailarina en el Ballet Rambert al casarse. Era “una auténtica snob y una cascarrabias”, la describió Kingsley Amis años más tarde. 

La familia vivía en una gran casa en Notting Hill, Londres, con un ejército de sirvientes. Los veranos los pasaban en Sussex, en la gran mansión de sus abuelos. Durante el año, Jane recibía una educación típica de una chica de su clase social: sin ninguna pretensión ni estímulo intelectual. Tenía institutrices en casa, pero su formación fue deficiente a todas luces, lo que le generó una gran inseguridad toda su vida, aunque lo compensaría con una intensa autodisciplina. 

“Mi padre no sabía gestionar el dinero”, reconocería Jane. “Simplemente, iba a la empresa a pasar el rato”. Lo que más le gustaba era bailar e ir a fiestas y ligar con mujeres. Al final de la Segunda Guerra Mundial, una amante consiguió que dejara a su familia. Era la primera vez que un Howard se divorciaba, lo que suponía un trauma familiar y un auténtico escándalo social. Por si fuera poco, la nueva madrastra hizo todo lo que pudo para apartar a David de sus hijos. 

Alejada de su padre, a Jane no le quedó el consuelo de ser apoyada emocionalmente por su madre. Kit siempre prefirió a sus hijos varones y nunca dijo nada bueno de su hija. Colin, uno de los hermanos, recordaba que una vez le dijo a su madre que había leído una novela de Jane y que consideraba que escribía bellamente. “Es una lástima que no tenga nada sobre lo que escribir” fue la respuesta de ella. 

Además, chapada como estaba a la antigua, Kit sólo le daba malos consejos: “Nunca rechaces a tu marido (sexualmente), no importa como te sientas” y “las personas de nuestra clase nunca protestan o hacen ruido mientras tienen un hijo”. 

Con semejante ambiente doméstico, no es de extrañar que Elizabeth Jane desarrollara una gran vulnerabilidad y muchas inseguridades. Muchos años más tarde, cuando ya era octogenaria y publicó sus suculentas memorias, “Slipstream”, una amiga le preguntó porqué había escrito tanto sobre su vida y tan poco sobre su obra. “No pensé que le interesaría a nadie”, contestó ella, demostrando una gran inseguridad y una tácita aceptación de que era el chismorreo sobre sus amoríos, más que sus técnicas narrativas, lo que le iba a proporcionar ventas. 

Además, la falta de cariño materno le hizo anhelar un amor inmenso que nunca llegaría. Deseaba ser adorada, lo que le hizo buscar el cariño a la desesperada en un sinfín de amantes. Pero esa desesperación la convirtió en vulnerable y en presa fácil de los hombres, algunos controladores e incluso violentos. Tuvo, por ejemplo, un affair tempestuoso con Arthur Koestler, el cual montaba en cólera por cualquier nimiedad que hiciera ella. 

Renunciar a todo para escribir

Cuando era joven, Jane probó suerte como actriz pero la Segunda Guerra Mundial estalló y con ellas sus esperanzas de tener una carrera en un escenario. 

Cuando tenía 19 años, Jane contrajo matrimonio con Peter Scott, de 32, un hombre cariñoso y con talento, bastante seductor y muy mujeriego, del cual supo pronto que no estaba enamorada. Jane se vio sola y amargada en medio de una familia capitaneada por su dominante suegra, la escultora Kathleen Scott. Las infidelidades comenzaron enseguida. Howard tuvo una lista incesante de amantes. Incluso se lió con el hermanastro de su marido. 

Harta de su vida y de su vacío existencial, en 1947 Jane abandonó a su marido y a su hija, Nicola, entonces apenas una cría de tres años. Se trasladó a un piso destartalado en un viejo edificio del siglo XVIII en la calle Baker. Estaba sucio, las paredes estaban roídas y sólo había una bombilla colgando del techo. “Me sentía completamente sola, y lo único de lo que estaba segura es de que quería escribir”. 

Y lo consiguió. 

En 1950, publicó su primera novela “The Beautiful Visit”, llena de sensualidad y que ganó el premio “John Llewellyn Rhys” a la mejor novela de un escritor menor de treinta años. 

Su segunda novela, “The Long View”, es técnicamente magistral. Comienza en 1950 y va retrocediendo en la vida de Antonia Fleming, hasta que llegamos al año 1926, cuando era una niña que va a ser decepcionada y agredida y forzada a entrar en la edad adulta. La periodista Angela Lambert se preguntó porqué “The Long View” no está reconocida como una de las grandes novelas del siglo XX. Así de buena es. 

Jane se convirtió en la segunda esposa del afamado novelista Kingsley Amis. Los primeros años de la relación fueron apacibles, pero pronto Jane entendió que aquel matrimonio le iba a imponer unas cargas no siempre fáciles de conllevar. El ambiente era bohemio y la casa siempre estaba llena de invitados, algunos auténticos sibaritas difíciles de contentar. Jane era la que llevaba la casa, la que cocinaba y cuidaba a los tres hijos de Kingsley. Al final, el trabajo de él, y su prestigio, se impusieron y ella apartó su carrera.

No es que no escribiera, pero sus novelas de aquella época, llenas de los pequeños placeres de la vida, en realidad enmascaraban su miseria personal. Ella no se quejaba; su educación se lo prohibía. Al final el matrimonio rompió, y no precisamente de manera educada. 

En los años noventa, Howard se centró en los Cazalet y tanto éxito cosechó con ellos que, en el 2001, los libros fueron adaptados a la televisión. Howard recordaría detalles que no habían sido bien estudiados: los hombres no se levantaban cuando su madre entraba en la habitación, el vino no era decantado y, el horror absoluto, habían puesto visillos en las ventanas de la casa de verano. 

Era una prueba de la capacidad de observación que tenía y de la obsesión por los detalles. Su autobiografía, de hecho, está llena de observaciones triviales que no aportan nada relevante excepto un tono un tanto snob: en un capítulo, por ejemplo, explica quién daba de comer a los gatos mientras el matrimonio Amis estaba en Nueva York

¿Era Elizabeth Jane Howard realmente así de afectada? Su marido Kingsley Amis acabó parodiando su pijerío, aunque hay que señalar que su sofisticación de clase medio-alta fue lo que más le atrajo de ella al principio. El hijo de Kingsley e hijastro de Jane, el también escritor Martin Amis, fue seguramente mejor la describió al comentar que era una mezcla extraña de torpeza desmañada y formidable presencia, una mujer que imponía, que incluso daba miedo, que tenía energía a rabiar y que no tenía ninguna clase de sentido del humor. Era, además, sumamente condescendiente hacia el servicio y, en especial, a los limpiadores y resultaba muy amable cuando alguien estaba enfermo o tenía algún problema. 

En suma, era una inglesa que se creía moderna, pero que había absorbido a la perfección las estrictas normas de su clase social. 

Como los protagonistas de sus novelas. 

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