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Cuando Joseph Heller, autor de Catch-22, publicó su segunda novela, “Algo ha pasado”, el “New York Times” le hizo una entrevista en la que el autor, agradecido, destacó el papel de Robert Gottlieb como su editor. Poco se podía imaginar Heller que, cuando se publicó la entrevista, Gottlieb le llamaría por teléfono y le soltaría una pequeña reprimenda. No es buena idea hablar de edición, le dijo, ni de la contribución de los editores, porque el público quiere pensar que todo, absolutamente todo, ha salido de la mente del escritor.

Después de aquello, Joseph Heller, desde luego, nunca volvió a hablar de editores en ninguna entrevista. Y eso que, años después, se supo que Heller se había quedado, digámoslo así, corto en su agradecimiento. Porque incluso Gottlieb convenció a Heller de que cambiase el nombre del protagonista: Bill Slocum pasó a ser Bob Slocum, sólo porque a Gottlieb le parecía que el nombre le pegaba más.

“El caso más famoso de intervención editorial en la Literatura inglesa siempre me ha molestado”, reconoció el propio Heller a la Paris Review, “es el de Bulwer-Lytton, amigo de Dickens, en “Grandes Esperanzas”. Fue él quien le convenció de que cambiara el final. ¡No hubiese querido saberlo! Como crítico literario, sí, por supuesto; como historiador me hubiese interesado. Pero como lector lo encontré desconcertante”.

Por eso, seguramente, para no molestar al lector, Robert Gottlieb nunca quiso fama ni reconocimientos y se centró en que sus escritores, y sobre todo los libros, brillaran sin sombra alguna. A pesar de que –y esto hay que subrayarlo– la literatura estadounidense de los últimos sesenta años no hubiese sido la misma sin él.

Fue gracias a Gottlieb que tenemos maravillas como “Catch-22” de Joseph Heller, o “Beloved” de Toni Morrison, o “Tinker, Tailor, Soldier, Spy” de John Le Carré (aquí traducido, escuetamente, como “El topo”). Ha sido el editor de John Cheever, Salman Rushdie, Ray Bradbury, Elia Kazan y V.S. Naipaul. Publicó libros de historia y biografías escritas por Barbara Tuchman y Antonia Fraser, y editó las memorias de los más destacados artistas, entre ellos Mikhail Baryshnikov, Lauren Bacall, Liv Ullman, Sidney Poitier y John Lennon. A Bob Dylan le editó un libro de poemas y Bill Clinton confió en él para publicar “Mi vida”.

No sólo les acompañó y alentó en el proceso de escritura. Su marca es más que visible en algunas obras cumbre de la literatura contemporánea: hizo cambiar entero el capítulo inicial de “Sula”, de Toni Morrison y alteró completamente el final de “Oh What a Paradise It Seems” de John Cheever, por poner tan sólo dos ejemplos. John Le Carré explicó que Gottlieb le devolvía los manuscritos llenos de jeroglíficos a los márgenes: una línea ondulada, por ejemplo, significaba que el vocabulario era demasiado grandilocuente; las elipses indicaban que había que repensar los párrafos; y un signo de interrogación sugería que lo volvieses a re-escribir. Eso sí, todas las notas estaban escritas con un lápiz del número dos: es una mania que le acompaña desde el origen de su carrera.

Como editor, desde luego, ha sido metódico, exhaustivo y, sobre todo, exhaustivo. No sabe lo que son los fines de semana sin trabajar e incluso, mientras su mujer estaba de parto, él la ayudaba a contar contracciones mientras leía las galeradas de un libro de Cynthia Ozick.

Lo único que se le sigue echando en cara es que rechazara editar “La conjura de los necios”, de John Kennedy Toole, libro que comenzó a editar pero que, finalmente, desesetimó por diferencias insalvables con el escritor. La obra fue publicada por la University Press de Luisiana, después de que muchas editoriales rechazaran el manuscrito, y ganó el Pulitzer en 1981. El galardón no hizo que Gottlieb cambiara de opinión sobre el libro, al cual, a día de hoy, sigue sacando un montón de pegas.

 

El editor de libros que odia escribir

 

No fue fácil para Gottlieb escribir sus memorias. “Lector voraz” salió publicado en inglés hace dos años y ahora nos trae traducido Navona editores. Son unas memorias por las que Jonathan Galassi, el presidente de Farrar, Straus and Giroux, llevaba presionando veinte años y a las que Gottlieb se resistía. Escribir sobre sí mismo le parecía arrogante, impropio y totalmente vanidoso. Además, como reconoció al New York Times, “no me gusta escribir. Nunca fui un editor que quisiera ser escribir. Escribir es duro”.

Le convenció su hija, Lizzie, una directora de documentales, con la excusa que quería que sus hijos gemelos conocieran la vida y los logros como editor de su abuelo,. Y Gottlieb, con más de ochenta años a sus espaldas, se puso a la labor. Durante un año dio forma a unas memorias donde realmente, como el nombre indica, se retrata a sí mismo como un “lector voraz”.

Aunque, como el refrán indica, en casa del herrero cuchillo de palo: a Gottlieb no le fue nada fácil poner por escrito todos sus recuerdos de los miles y miles de libros que han definido su vida. Con lo que tuvo que aplicarse su propia medicina y seguir el consejo que él daba a sus escritores: “no escribas, teclea”.

EL resultado, desde luego, es espléndido. Este es un libro de memorias donde realmente se habla de edición de libros, de centenares de libros, de su génesis, de su proceso de creación, de su metamorfosis, de su alumbramiento y moldeado final.

 

El resultado, desde luego, es espléndido. Este es un libro de memorias donde realmente se habla de edición de libros, de su génesis, de su proceso de creación, de su metamorfosis, de su alumbramiento y moldeado final.

 

Más que ofrecer datos de su vida (que dispensa tan sólo a cuenta gotas), traza una oda a los libros y al arte de la edición, con sabrosas anécdotas, eso sí, sobre escritores de por medio. Porque, aunque suele dispensar auténticas pirotecnias de alabanzas hacia sus autores, también reconoce que V.S. Naipaul era un snob narcisita, que la famosa historiadora Barbara Tuchman tenía un ego desorbitado y que Roald Dahl era un tipo bastante mezquino.

“Lector voraz” es una obra sobre la edición en mayúsculas, sobre un arte que requiere de mimo, un extraordinario talento y mucha destreza, por no decir dosis ingentes de psicología e inteligencia emocional para tratar los egos, normalmente gigantescos, de muchos escritores, escribientes o simples escribidores. Y pasión por la ortografía y los signos de puntuación. Se sabe, por ejemplo, que Gottlieb es un obseso de las comas, sólo acepta los puntos y coma en última instancia y se puede pasar horas discutiendo si va un punto o un simple guión.

Para Gottlieb la clave para encontrar un buen libro es sencilla: que te guste realmente. Poder transmitir tu pasión por una obra determinada. Y eso no significa apostar solo por un tipo de libro muy determinado, sino tener un interés omnívoro. Gottlieb reconoce que le gusta desde un thriller (editó a Michael Crichton) a la obra de un Premio Nobel. Ha editado las memorias de Katherine Graham, directora del Washington Post, y también las de Diana Vreeland, la icónica (e indómita) editora de la revista Vogue.

Hay que tener, además, un olfato especial y muy desarrollado para detectar, no ya una buena historia, sino un tono narrativo acertado (el “tono es algo que, si está mal, ningún editor puede arreglar”). También hay que ser implacable a la hora de recortar los excesos y “dejar el libro lo más cercano posible a su ideal platónico”. Lo cual no debe ser fácil la mayoría del tiempo. Gottlieb tuvo que lidiar, por ejemplo, con las monumentales biografías de Robert Caro, quien escribió tres volúmenes sobre Lyndon Johnson y ganaría el Pulitzer por “The Power Broker” (sobre Robert Moses). Libros todos que, en su embrión inicial, llenaban miles y miles de páginas que Gottlieb tuvo que podar sin piedad.

 

 

Lo ha leído todo

 

“Lo que hace de Bob un gran editor, probablemente el mejor de su tiempo, es que lo ha leído todo”, dijo una vez Doris Lessing, otra de sus escritoras. Y, desde luego, voracidad lectora demuestra en sus memorias desde la más tierna edad. Incluso reconoce que, en un alarde de chulería, cuando tenía quince o dieciséis años, se leyó “Guerra y paz” de un tirón en una sesión maratoniana de catorce horas ininterrumpidas. Nos ería la única vez que realizaría una proeza semejante: en la universidad engulló los siete tomos de “En búsqueda del tiempo perdido“, de Proust, en tan sólo siete días .

El primer capítulo del libro, para mí el más interesante, lo dedica a repasar sus libros de la infancia y juventud. Ahí vemos el germen de lo que vendría más tarde: un lector compulsivo, casi obsesivo, que devoraba libros de cualquier género. La alta cultura y la cultura popular se mezclaban tranquilamente en sus manos, sin motivos aparentes para el agravio comparativo.

Robert Gottlieb nació en Nueva York, en 1931, en una familia que adoraba tanto leer que incluso en las comidas familiares los padres y el niño estaban inmersos en sus lecturas, sin mediar palabra entre ellos. Su abuelo materno le enseñó a leer cuando tenía cuatro años y, cada mañana de su infancia, después del desayuno, el chiquillo trepaba a la cama de su abuelo, quien le contaba historias, le enseñaba a jugar al ajedrez y le leía en voz alta, sobre todo, los Libros de la Selva de Kipling. En su biblioteca infantil no faltó “Alicia en el país de las maravillas“, “El viento en los sauces” “Tom Sawyer“, las obras de Julio Verne, todos los libros del mundo de Oz y de la saga del Doctor Dolittle, y por su puesto la novedad de aquel momento: Winnie the Pooh.

Los libros que más le marcaron fueron las series de “Swallows and Amazons” de Arthur Ransome, que leyó y releyó durante cinco años. Eso, y la lectura diaria del “New York Times“, y de las revistas “Life” y “New Yorker“. Con catorce años lo enviaron a un campamento. Consiguió (no explica cómo) que le llevase el “New York Times” cada día y, mientras el resto de chicos jugaban o hacían deporte, él seguía la política europea, entonces inmersa en la Segunda Guerra Mundial. Ahí fue cuando, completamente horrorizado, descubrió la bomba atómica de Hiroshima.

“Devoraba libros”, reconoce Gottlieb, aunque reconoce que más bien hojeaba los libros en vez de leerlos detenidamente, un hábito que tuvo que romper cuando se convirtió en editor: iba bien para valorar rápidamente un manuscrito pero mal para editarlo (“La edición es un proceso lento y laborioso y, para hacerlo correctamente, tuve que cambiar mi manera de leer”).

Tantos libros leía que sus padres, preocupados por su falta de contacto con aire fresco, le obligaron a pasar una hora al día fuera de su apartamento en la calle 96. A pesar de que Central Park le quedaba cerca, nunca solía ir; la naturaleza ni le interesaba entonces, ni le ha interesado nunca. Tampoco aprovechó para confraternizar con otros chiquillos del vecindario. Se dedicaba, simplemente, a quedarse delante de la puerta del edificio, jugar al yo-yo y contar los minutos para regresar a sus libros y sus programas de radio (sus únicas dos aficiones). “Desde el principio, las palabras fueron más reales para mí que la vida real, y desde luego más interesantes”.

Pronto los libros más comerciales se colaron entre escritores más ambiciosos y los héroes literarios del momento (Waugh, Orwell, Faulkner). Había, por supuesto, tiempo para los clásicos: Balzac, Dickens, Hardy, Twain. Aunque él mismo reconoce que el libro que más le marcó en la adolescencia fue Emma, que leyó por primera vez con dieciséis años.

De los colegios donde estudió no guarda excesivos buenos recuerdos. Del instituto escribe que la lista de libros obligatorios iba de “Julio César” de Shakespeare a “Historia de dos ciudades” de Dickens, de Ivanhoe a los poetas románticos, de “Horizontes Perdidos” a “El puente de San Luis Rey“. “Podría haber sido peor”, reconoce. “Fue una educación que no me estimuló”. Menos mal que pronto aparecieron en su vida dos grandes pasiones: el teatro y, sobre todo, el ballet.

La Universidad es donde pudo realmente dar rienda suelta a su voracidad lectora. Dado que no encontraba sentido a leer una sola obra de un autor determiando, se empeñó en leerlo todo, de manera ordenada y cronológica. Un año lo dedicó íntegramente a Conrad; otro, a Cather.

Estudió en Columbia (fue rechazado por Harvard) y luego en Cambridge. Comenzó su carrera como asistente de edición de Jack Goodman, líder de la editorial Simon and Schuster. Alló aprendió el oficio y conoció a personas que le acompañarían en todas sus andaduras profesionales: Nina Bourne, experta en publicidad, y Tony Schulte.

Cuando Goodman murió a la edad de 47 años, la compañía se convirtió en un auténtico caos y Gottlieb aprovechó la coyuntura para hacer cargo de prácticamente todo. Con perserverancia, adicción al trabajo y un olfato insuperable para descubrir talento, se convirtió en la persona más importante de la compañía. Los éxitos literarios fueron impresionantes: “Muerte a la americana” de Jessica Mitford, “Auge y caída del Tercer Reich” de William Shirer, la obra de Edna O’Brien y Ray Bradbury y, sobre todo, “Catch-22” de Joseph Heller, el libro al que, a día de hoy, sigue estando más asociado.

En 1968, con 37 años, se cambió a la editorial Knopf. La versión oficial, al menos la que defiende en el libro, es que quería “autonomía” (“todo se había vuelto demasiado fácil y confortable”). Pero Michael Korda, en su biografía “Another Life“, defiende que fue la negativa de Leon Shrimkin, propietario de la compañía, de hacer a Gottlieb responsable de toda la parte comercial lo que precipitó el cambio de trabajo.

Desde luego, el reto era enorme: Knopf estaba en un estado lamentable, preso de una burocracia insufrible, y el cambio de rumbo no fue en absoluto sencillo. Gottlieb adoptó para la compañía una línia editorial clara: ficción y no-ficción popular pero de alto voltaje, mezclando popularidad con calidad literaria. Es decir: ventas y substancia. De ahí que publicase desde un thriller de ciencia ficción de Michael Crichton hasta obras de la prestigiosa historiadora Barbara Tuchman. Robert Caro le cosechó grandes éxitos, descubrió el talento narrativo inmenso de Toni Morrison y editó los cuentos de John Cheever en 1978 (su proyecto editorial más difícil, según cuenta).

Luego, durante un breve hiato, Gottlieb se hizo cargo del New Yorker. Pero la experiencia, desde luego, no tuvo que ser excesivamente agradable para nadie: en las memorias le dedica tan sólo unas cuarenta páginas. El staff le recibió con uñas, cuando no con poco disimulado odio, porque su entrada significaba la salida de William Shawn, el mítico editor. En 1992, la revista pasaría a manos de Tina Brown (que venía de Vanity Fair y de poner desnuda a Demi Moore en la portada) y Gottlieb regresó a Knopf, aunque sólo para proyectos puntuales que le encargaban sus amigos, como las memorias de Katherine Graham o de Bill Clinton. También comenzó a escribir: hizo reseñas, escribió una biografía de Sarah Bernhardt y un libro sobre los hijos de Dickens.

A día de hoy sigue escribiendo y, sobre todo, sigue escribiendo. Sigue siendo, en sus propias palabras, un auténtico “lector voraz”.

 

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