Siempre Zweig

Pocos libros me han marcado tanto como «El mundo de ayer«. Quizás porque la primera vez que lo leí todavía era una universitaria sin demasiadas lecturas encima más allá de las que marcaba el canon escolar. A lo mejor es que no había escuchado oír nunca de Stefan Zweig y no sabía que existía El Acantilado. Todo ello pudo influir, desde luego. Hay un innegable factor sorpresa: la satisfacción por haber descubierto un tesoro, la ilusión por despertar una pasión que no ha hecho más que acrecentarse con los años.

Sin embargo, hubo algo más. Acantilado lanzó «El mundo de ayer. Memorias de un Europeo» en el fatídico 2001 que cambió el rumbo de la Historia. No deja de ser curiosa la coincidencia. Yo lo leí en el año 2002. Era la quinta reimpresión del libro (hoy van por la 26ª edición). Todavía me acuerdo de la sensación de estar leyendo algo que iba a cambiar mi manera de pensar, que iba a abrir horizontes, que me iba a descubrir una Europa a la admirar y un nacionalismo al que odiar y temer. Zweig se convirtió en un maestro y en un antídoto; sus libros se han vuelto una necesidad.

Zweig se ha convertido en un maestro y en un antídoto; sus libros se han vuelto una necesidad

Es un cliché sobado hasta la extenuación que hay libros que «hoy son más necesarios que nunca». «El mundo de ayer» es uno de los pocos realmente imprescindible: para alertarnos, para entendernos, para evitar una catástrofe como la que a Zweig le robó la vida y las esperanzas.

Portada de "El Mundo de Ayer. Memorias de un europeo" de Stefan Zweig. Editorial El Acantilado.

Su Europa, desde luego, ya no existe. Y, para ser sinceros, en su momento tan sólo existió para una élite muy selecta y refinada que comenzaba las veladas disertando de Filosofía y acababa recitando poesía. Y todo ello, por supuesto, en varios idiomas, incluyendo un perfecto dominio del Latín y del Griego antiguo.

Era la burguesía ilustrada, en la mejor acepción del término: personas cultas, cosmopolitas y bienestantes que se rodearon de libros y obras de arte, que desarrollaron un exquisito gusto intelectual, abrazaron las vanguardias y se dedicaron en cuerpo y alma a la cultura con mayúscula. No es una crítica, ni mucho menos. Porque lo que hicieron –sus libros, sus obras de teatro, sus poemas– fueron magistrales y abrieron caminos.

Su ejemplo es inspirador. La verdadera prueba de que la cultura, cuando no está ligada al sectarismo, ni a intereses zafios ni a politicuchos de bajo vuelo ni a nacionalismos criminales, es liberadora. El único camino. La verdadera esperanza.

Portada de Fouché de Stefan Zweig. Editorial El Acantilado.

De Zweig, además, sorprende la agudeza y la lucidez de análisis. La aguda penetración psicológica. Era capaz de diseccionar a la perfección –con mano firme pero delicada– a los personajes más variopintos, de Magallanes a María Antonieta, de Balzac a Fouché. Éste último, quizás porque el personaje se prestaba a ello, protagoniza la mejor biografía que escribió Zweig. Quizás es, junto a «El Mundo de Ayer«, el libro que habría que releer, ahora más que nunca, una y otra vez.

Fouché ni tenía escrúpulos ni muchos menos moral. Tan sólo se movía por sus propios intereses, ambiciones y deseos de intriga. Sabía sortear todos los obstáculos, cambiar de bando todas las veces que hiciera falta y pasar de revolucionario a reaccionario sin pestañear. ¿Les suena familiar?

Una cuestión que siempre me ha resultado peculiar es que no escribiese una biografía de algún político suyo contemporáneo. Un libro sobre Hitler o Mussolini, por ejemplo, o Goebbels, a la manera en que lo hizo Sebastian Haffner, otro de los grandes que habría que recuperar (las «Anotaciones sobre Hitler» de Haffner es uno de los libros que mejor explican lo que pasó y lo que está pasando con el auge de la extrema derecha). Seguramente, la absoluta mediocridad de los totalitarios no justificaría una biografía, ni podría pasar el examen psicológico riguroso al que les hubiese sometido Zweig. Como dijo Chaves Nogales, Goebbels era un personaje ridículo. Y se podía decir de todos los demás.

A Zweig, el totalitarismo le acabaría costando la vida. De religión judía, tuvo que huir de Europa y acabó suicidándose en Brasil, junto a su segunda esposa, al creer que toda esperanza estaba perdida. En sus memorias narra el auge del nazismo y la decadencia de Europa, de esa Europa en la que él creyó y contribuyó a construir.

Incomprensiblemente, Zweig cayó en el olvido durante décadas. Se le desdeñó como un mero escritor de biografías comerciales que vendía como churros. Un productor de bestsellers que se había quedado anclado en el mundo de ayer. Incomprensible, insisto, e insultante. Porque en vida fue el autor que más libros vendía, cierto, y era traducido a más de una veintena de idiomas, pero no por ello perdía un ápice de calidad.

Aún hoy sorprende que en el mundo anglosajón sólo lo hayan vuelto a leer hace dos días, como aquel que dice. Y tan sólo su libro de memorias, y en círculos intelectuales muy limitados, sin prestar atención alguna a las biografías. En fin, sin comentarios.

Menos mal que aquí hay editoriales con mayúsculas que realizan una labor encomiable. Aunque no nos demos cuenta, y no sepamos valorarlas en lo más mínimo, tenemos algunas de las mejores editoriales independientes de Europa y no, no es una exageración.

Que el mundo editorial esté a rebosar de libros de Stefan Zweig es algo que deberíamos celebrar y aplaudir a rabiar. Tenemos todos los libros del Acantilado. Paidós ha lanzado una edición de «Balzac» y Capitán Swing ha apostado por «Magallanes».

Portada de "La revolución interior" de Lev Tolstoi (Nordica editorial).

Aquí queremos destacar sobre todo dos libros nuevos de Zweig. El primero es el que Errata Naturae acaba de sacar: «La revolución interior«.

Zweig ya estaba en el exilio cuando escribió este libro. Unos años antes de suicidarse, se dedicó a recuperar la voz menos conocida de Lev Tolstói. Según Zweig, ningún autor contemporáneo, ni siquiera Marx o Nietzsche, dio lugar a la conmoción radical que supuso la obra de Tolstói para millones de personas en todo el mundo, tanto desde un punto de vista social como espiritual. No el Tolstói novelista, sino el ensayista y pensador social, que luchó con su pluma contra las injusticias, los abusos y en defensa de los que menos tenían.

Constatando con tristeza que a finales de los años treinta del siglo XX ya casi nadie leía a ese Tolstói, Zweig decidió preparar una antología de estos textos tan poco transitados. Aquí nos encontramos con el Zweig más reivindicativo y político, con una clara apuesta por la justicia social y la dignidad humana. Un Zweig que encuentra eco en las palabras y filosofía humanista del maestro ruso.

El otro libro que queremos destacar es una breve obrita, pero deliciosa, titulada «Stefan Zweig, la tinta violeta«. Que haya editoriales, como Nórdica, que estén apostando por libros de este nivel artístico es algo que emociona.

El escritor y periodista Jesús Marchamalo y el ilustrador Antonio Santos han unido fuerzas para traernos esta biografía ilustrada, sencilla y accesible, de Stefan Zweig.

Como ya hicieran con Karen Blixen, Pessoa o Virginia Woolf, se trata de un ejercicio divulgativo muy enriquecedor: un texto breve pero suficientemente documentado, que recoge anécdotas, manías y vivencias y, así, van dibujando una personalidad y una vida.

Así empieza el libro:

«Escribía con una letra pulcra, redonda y firme. Una caligrafía cuidada, tinta violeta, en folios y cuartillas de papel grueso que tenían en el encabezado un monograma con sus iniciales, S, Z, convertidas en sello, en divisa.

Era educado, cortés, mirada inquieta y en su rostro, tez clara y gesto relamido, destacaba un flequillo lacio sobre la frente y el bigote poblado, grave, de una formalidad administrativa.

Vestía con frecuencia traje oscuro, zapatos relucientes, camisas de un blanco inmaculado y corbatas en las que siempre brillaba un alfiler con una perla».

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