Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handEl 27 de agosto de 1964, Hollywood se preparaba para una de sus multitudinarias premières que organizaban los estudios Disney. Enfrente del Grauman’s Chinese Theatre, con capacidad para 1.200 personas, se apilaban curiosos y admiradores que eran saludados por Mickey, Goofy y Blancanieves. Una banda de doce músicos entonaba canciones dulzonas, bailarines vestidos de deshollinadores deleitaban con sus coreografías y un grupo de ayudantes vestidos de “bobbies”, los icónicos policias británicos, esperaban la llegada de los mandamases de la industria.

Ahí estaban Julie Andrews, la protagonista de la película que se estrenaba (y su primera película, por cierto), Dick van Dyke y, con una sonrisa de oreja a oreja, apareció Walt Disney, acompañado de su mujer, Lillian, a quien ayudó a salir de la larguísima limusina.

 

 

Unas horas más tarde, después del visionado de la película, la audiencia se puso en pie y aplaudió y ovacionó durante cinco minutos. La première de “Mary Poppins“, aquella excéntrica y mágica nanny inglesa, había sido todo un éxito.

Una señora mayor en el público estaba llorando. Pero en su caso, no era de alegría, sino de pura rabia.

Se llamaba Pamela Lyndon Travers, era escritora, y en 1934 había creado a la primera “Mary Poppins“. La película basada en sus libros le había parecido horrorosa. Odió todas las canciones (excepto una) que habían creado los hermanos Sherman y no soportó la introducción de los dibujos animados. Años más tarde, incluso reconoció que Julia Andrews era una gran dama, pero que había sido mal dirigida en la película.

Travers lloraba de rabia, aunque le quedaba un consuelo: aquella película iba a hacerle rica. Los estudios Disney habían tardado unos veinte años en convencerle para que cediese los derechos para hacer la película y, después de mucha insistencia, había cedido pero con condiciones suculentas para ella: le dieron un adelanto de 200.000 dólares (unos tres millones de dólares actuales), le prometieron un cinco por ciento de la recaudación y le dejaron supervisar el guión (algo inaudito por aquel entonces) y dar su opinión sobre todo el proceso.

 

La escritora P. L. Travers, creadora de los libros de “Mary Poppins”, es entrevistada en la première de la película en 1964.

 

Y había ejercido su derecho. De hecho, había sido tan pesada y había importunado tanto a todo el mundo en el estudio, que incluso no la habían invitado a la première. Tuvo que conseguir una entrada en último momento.

Pero, a pesar de sus constantes críticas, la película era lo opuesto a lo que Travers hubiese deseado. Su Mary Poppins era totalmente distinta: nada de píldoras de azúcar, ni melodías insufribles. Ella había creado a un personaje más parecido a una bruja que a una “nanny”, una protagonista subversiva que daba miedo. En los libros llama a los niños “caníbales”, los empuja escaleras abajo y les hace comer tan rápido que los pobres críos creen que se van a ahogar. Nada que ver con una dulce y adorable, aunque estricta, niñera que canta “Supercalifragilisticexpialidocious”.

 

La verdadera Mary Poppins


vintage handEn 1934, la australiana P.L. Travers (P.L. por Pamela Lyndon) publica el primer libro de “Mary Poppins“, un personaje que se había inventado una década anterior. La propia escritora creía que ningún editor estaría interesado en semejante historia y, según ella misma reconoció años más tarde a la BBC, “había escrito el libro para ella”. Pero una amiga lo envió a la editorial Geral Howe y allí Peter Davies decidió publicarlo. Davies, por cierto, era uno de los cinco hijos de Llewelyn Davies que sirvieron de inspiración a J. M. Barrie para crear Peter Pan. Así que todo quedaba en el mundo de la fantasía infantil.

Pero publicar el libro no iba a ser sencillo: Travers estaba haciendo sus pinitos en la literatura “seria” y no quería que un libro infantil diera al traste con sus esfuerzos. Propuso publicar “Mary Poppins” anónimamente, pero la editorial se negó en redondo.

Lo que sí que consiguió fue la ilustradora que ella quería: una jovencísima Mary Shepard, cuyo padre, Ernest Shepard, había ilustrado los libros de “Winnie the Pooh“. Aunque a Mary no le dejó demasiado margen para la creatividad: Travers le dio instrucciones precisas de cómo quería al personaje. También escogió la tipografia e incluso el color de la cubierta.

La crítica fue positiva y las ventas fueron substanciales. T.S. Eliot, por entonces un editor en “Faber and Faber“, reconoció un interés por el personaje y nada menos que Sylvia Plath explicó que le había encantado.

portada mary poppins

Primera edición de “Mary Poppins”

 

A aquel primer libro seguirían siete más (el último, “Mary Poppins and the House Next Door” fue publicado en 1988). Cuando fueron publicados en Estados Unidos, llamaron la atención de Diane Disney, la hija de Walt Disney, quien le explicó a su padre las fabulosas historias de aquella excéntrica niñera inglesa.

La figura de las “nannies”, típicas de las clases altas y media-altas de Inglaterra, eran una rareza en Estados Unidos (de hecho, después de la Segunda Guerra Mundial, también se convertirían en una reliquia en Gran Bretaña). Pero a Walt Disney le atraía la idea de hacer una película sobre los valores tradicionales de la familia y vió en aquel personaje un gran potencial.

Lo que no deja de ser irónico. Porque, en realidad, ni Mary Poppins ni P.L. Travers eran un ejemplo de tradicionalismo. Más bien, eran todo lo contrario.

 

mary poppins illustration

 

La escritora que rescribió su propia historia

vintage handPara empezar, Pamela Lyndon Travers, o P. L. Travers, ni siquiera se llamaba Pamela, sino Helen Lyndon Goff (de pequeña la conocían como Lyndon).

Nació en Maryborough, Queensland, en Australia, en 1899, en el seno de una familia de clase media con graves problemas económicos. Su padre, Travers Goff, era un banquero que murió cuando Helen, o Lyndon, tenía siete años. La versión oficial fue el “delirio epiléptico”, aunque su hija siempre sospechó que se debía al grave alcoholismo que sufría su padre.

Su madre, Margaret, se intentó suicidar cuando Helen era todavía pequeña. Una noche, en medio de una gran tormenta, su madre la dejó a cargo de sus dos hermanas pequeñas y le comunicó que se iba a ahogar en un arroyo cercano. Helen, con una fortaleza de carácter impresionante, se limitó a contar una historia a sus hermanas sobre un caballo mágico volador mientras su madre intentaba suicidarse.

Su madre volvió a casa esa misma noche, pero estaba claro que no podría hacerse cargo de sus hijos. Y así entró en la vida de Helen una persona que acabaría por inspirar a su personaje más famoso: su tía abuela Helen Morehead, o “tía Ellie”, una mujer “alta, demacrada, con una figura extraña, una cara severa con un largo labio superior”. Una mujer ciertamente excéntrica, severa pero entrañable, que tenía un montón de perros (todos se llamaban Tinker o Badger). Una mujer, además, que se pasaba el día con rimas y pareados (como, más tarde, hará Poppins):

I looked through the window and what did I see?

A bad little boy who wouldn’t take his Tea.

Helen Lyndon fue enviada a un colegio de señoritas a Sydney, donde dio rienda suelta a su vena rebelde, y luego se unió a una compañía de teatro y comenzó a escribir para alguans revistas literarias (textos donde frecuentemente hablaba de sus fantasías eróticas).

En 1924 se compró un billete de barco de la “White Star Line” para Southampton. Se cambió el nombre de Helen a Pamela y nunca miró atrás.

 

p l travers

Helen Lyndon Goff de joven

 

En Inglaterra se convirtió en periodista y comenzó a publicar poemas en publicaciones prestigiosas. También escribió un cuento corto sobre una niña fantástica llamada “Mary Poppins” (Poppins vino de una inscripción, “M. Poppins“, que estaba en la cubierta de uno de sus libros favoritos de la infancia).

Años más tarde, desarrolló el tema de la niñera, aunque, en realidad, quería dar la impresión de que era una bruja, más que un personaje edulcorado. La familia para la que trabajaba Poppins, los Banks, tampoco es que fueran como acabaron en la película: estaban en el Londres de la Gran Depresión, tenían problemas financieros y vivían “en la casa más pequeña del Lane”, en un hogar “arruinado que necesitaba una buena capa de pintura”.

En suma, nada que ver con el personaje que acabaría dando forma Disney.

No extraña que Travers acabase llorando de rabia en la première de la película.

 

 

 

 

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