Deconstruyendo a Susan Sontag

Autora
Ana Polo Alonso
Autora
Ana Polo Alonso

Una vez, un periodista del New York Times preguntó a Susan Sontag qué era lo más famoso de ella y Sontag –ensayista consagrada, novelista, una de las intelectuales neoyorquinas más reputadas– contestó que “tener un mechón blanco en medio de una melena oscura”. Y mal desencaminada no iba, porque Sontag ya entonces –y no digamos ahora– era más conocida por sus icónicas fotografías y por citas aisladas que se cuelgan en Instagram que por su trabajo real, un auténtico corpus de pensamiento, tan fascinante como retorcido, tan riguroso como críptico.

Ya en vida, el estatus de celebrity de Susan Sontag empañó toda su producción y disciplina creativa. Se convirtió en un icono cultural, en un referente estético, en alguien a quien citar sin haber leído ni una sola línea. Lo importante era ella: su nombre, su impactante presencia, su mirada rotunda, su carisma. Susan Sontag se convirtió en una persona de culto: para algunos, una auténtica genio; para otros, un vulgar y banal postureo.

Sontag, Vida y Obra, de Benjamin Moser. La biografía de Susan Sontag.

Ahora, quince años después de su muerte, tenemos la oportunidad de analizar con calma y distancia a la persona y al fenómeno, a la mujer y al icono. Eso, al menos, es lo que se propuso hacer el escritor y editor Benjamin Moser (Houston, 1984), el cual durante siete años se dedicó en cuerpo y alma a rastrear cualquier documento y persona relacionado con Sontag, y a escribir una mastodóntica biografía, Sontag: Vida y obra, de 832 páginas nada menos, que se alzó con el Pulitzer de biografía en el 2020 y que nos ha traído en castellano la editorial Anagrama con traducción de Rita Da Costa.

Benjamin Moser ahora reside en una casa del siglo XVII en Utrecht, pero durante una larga temporada residió en Río de Janeiro, donde investigó y escribió una biografía canónica sobre Clarice Lispector (Por qué este mundo. Una biografía de Clarice Lispector, aquí publicada por Siruela con traducción de Cristina Sánchez-Andrade). Fue precisamente esta biografía lo que atrajo la atención de la familia Sontag. Estando en Brasil, “me llegó un email de la familia de Susan diciendo: “Hemos leído tu libro y nos pareces la persona perfecta para hacerse responsable de la biografía de Susan Sontag”, reconoció Moser a The Objetive.

Y así comenzó todo. La familia le dio acceso a diarios, papeles, obras y apuntes sueltos nunca antes vistos; pudo ver fotografías e incluso trabajar con su ordenador personal; habló con centenares de personas que nunca habían aceptado antes ser entrevistadas, entre ellas, la fotógrafa Annie Leibowitz, la pareja de Sontag durante más de una década. Al principio, Leibowitz le había dado largas, pero un buen día, mientras Moser estaba en París, recibió una llamada de teléfono de un intermediario diciéndole: “Annie ha decidido hablar contigo. ¿Qué tal te va mañana a las tres y media de la tarde?” Y Moser, incapaz de rechazar semejante ofrecimiento, tomó el primer vuelo a Nueva York, hizo la entrevista y regresó rápidamente a París. Todo en un día y medio.

Imagen de Susan Sontag

Pero valió la pena: a través de los testimonios, Moser reconstruye la dicotomía entre la Susan Sontag pública y la privada, entre el icono aparentemente indestructible y la mujer patológicamente insegura que siempre se sintió fuera de lugar. Está la intelectual que discurría sobre Canetti y la nouvel vague francesa, y la persona arrogante, irritante, soberbia e insoportable que trataba francamente mal a todos cuantos la rodearon. Está el icono y está la trastienda.

Ahora bien, aunque no hay duda de que Moser hace un trabajo de documentación minucioso y hercúleo, y que el resultado es de un detallismo que asombra, la biografía adolece de un pequeño problema desde el principio: la disyuntiva público-privada de Susan Sontag, esa insistencia en desdoblarla en dos personajes aparentemente distintos, es el gran acierto de este libro, pero también su gran defecto. Porque Moser parece sugerir que las dos Sontags no tenían nada que ver la una con la otra, como si vivieran en universos paralelos, lo cual no es cierto.

Para comenzar, es más que probable que a la propia Susan Sontag su imagen pública –artificial y estereotipada en el cliché de intelectual bohemia neoyorquina– le acabara resultando un lastre. Pero no hay duda de que fue ella precisamente quien la creó, la alimentó, la promocionó, la conservó y se afanó por auparla a los altares. Por ello, más que hablar de dos Sontags, como Benjamin Moser propone, yo hablaría de la Sontag real y de su máscara perfectamente construida y custodiada. Porque no hay duda de que la tuvo y de que le encantaba tenerla.

La cuestión es por qué. Y aquí estoy con Moser en que Sontag, en el fondo, era tan solitaria, introspectiva e insegura como elitista y vanidosa. Sus propias carencias interiores la llevaban a proyectar esa fuerza contundente e implacable de intelectual indómita, incólume e impertérrita. Ella decía que era lo que el público esperaba de ella, pero era falso, una mentira más para justificar un ego que acabó siendo gigantesco. Aquella máscara perfectamente pulida, en realidad, era lo que a ella le hubiese gustado ser, al proyección íntima de sus deseos y frustraciones.

La biografía de Benjamin Moser, aunque más que loable por el trabajo de investigación y escrita con un estilo francamente agradable, cae en su propia trampa. Presenta a Sontag como a una víctima de su éxito, belleza y glamour, como a una intelectual de primera línea cuyo indudable talento quedó sepultado por su irrefrenable carga erótica. Esta visión, desde luego, es perfecta para los tiempos en que vivimos, en que las celebrities se quejan de ser famosas y todo el mundo se presenta como una víctima aunque no lo sea –y, en cambio, las verdaderas víctimas no tienen eco–. Pero no es la explicación más adecuada para entender a un icono como Susan Sontag. La verdad, como siempre, es mucho más poliédrica y se pierde en un sinfín de matices.

Imagen de Susan Sontag

Susan Sontag: la complejidad del ser

Después de que Susan Sontag muriese, el 28 de diciembre del 2004 en Nueva York, su hijo, David Rieff, decidió publicar los diarios de su madre en varios volúmenes. No es que le hiciera una especial ilusión hacerlo –ni su madre le dio indicación alguna al respecto–, pero como Sontag se había comprometido con la biblioteca de la universidad de California, en Los Ángeles, para que todos sus archivos fueran custodiados y archivados allí, el contenido iba a hacerse público tarde o temprano. Así que, simplemente, David Rieff aprovechó la oportunidad para sacar tres volúmenes.

Susan Sontag. Renacida. El primer volumen de sus diarios íntimos.

El primero, titulado Reborn. Journals & Notebooks, 1947-1963, apareció en el 2008 (aquí lo trajo Penguin Random House en el 2011 con el título Renacida). David no se molestó en editarlos en exceso –tan sólo escribió una pequeña introducción– pero, precisamente por ello, porque no están edulcorados, que son tan interesantes. Susan Sontag tenía ya catorce años cuando los comienza y, aunque no se nos facilitan excesivas pistas biográficas, ya le habían ocurrido un sinfín de avatares. Su transformación en una gran intelectual estaba ya en marcha.

La biografía de Benjamin Moser ha venido a llenar esta laguna. Sontag nació en el West Side de Manhattan, en invierno de 1933. Al nacer se llamaba Susan Lee Rosenblatt. Su padre, Jack, era hijo de inmigrantes sin apenas escolarizar; él trabajó de comerciante de pieles y murió cuando Susan tenía cinco años. Su madre, Mildred, era cruel, narcisista, vanidosa y alcohólica. Su (pésima) relación con ella determinaría toda su vida: Susan siempre buscó a alguien que llenase el inmenso vacío existencial que arrastraba desde la infancia.

Martin Eden, de Jack London.

Fue una niña precoz y muy solitaria que se refugió en los libros como consuelo. Comenzó a leer con tan solo tres años y, con seis, ya había devorado la biografía de Marie Curie que había escrito la hija de ésta, Eve. Con tan sólo nueve, leyó Los Miserables, de Victor Hugo, en cinco volúmenes (“llore, lloré y gemí”). Más tarde vino Las penas del joven Werther, de Goethe, y sobre todo, el Martin Eden, de Jack London, el libro que la animó a convertirse en escritora.

Con trece años, Susan Sontag ya había devorado obras de Thomas Mann, James Joyce, Eliot, Kafka y, sobre todo, de André Gide. “La mayoría eran autores europeos. No descubrí la literatura norteamericana hasta más tarde”.

No era presunción, ni tan siquiera asombrosa precocidad, sino una voluntad consciente de alejarse de todo, de aferrarse a otros mundos totalmente ajenos al suyo donde poder refugiarse. “Porque me gusta lo que no soy”, reconoció, “me gusta tratar de aprender lo que no soy o lo que desconozco”.

Mientras su mundo interior creía con lecturas, todo a su alrededor no ofrecía estímulo alguno. Su madre la llevó a ella y a su hermana, Judith, de Nueva York a Miami y de ahí a Tucson, donde Mildred conoció a un hombre con el que se casaría, un piloto del ejército llamado Nat Sontag. Finalmente, la familia entera se instalaría en Los Ángeles en 1946.

“Sue, si lees tanto nunca encontrarás marido”, le advirtió su padrastro un buen día. Menos mal que pasó de él. Con catorce años, Sue estaba ya llenando cuadernos con anotaciones como ésta:

Imagen de Susan Sontag
El bosque de la noche, de Djuna Barnes.

Sabemos que hay un libro que la marca especialmente: El bosque de la noche, de Djuna Barnes, una historia donde el amor lésbico tiene una importancia crucial. Susan Sontag lo lee cuando tiene dieciséis años y acaba de entrar a la Universidad de Berkeley. A través del libro, además, conocerá a la que será su amante –con un montón de altibajos– durante más de una década. Un buen día, estaba en una librería con el libro en la mano y una joven se le acercó para preguntarle si lo había leído. Su nombre era Harriet Sohmers.

El descubrimiento de su lesbianismo, la aceptación de su sexualidad es un tema complejo para Susan, la cual reconoce en sus diarios que se “fuerza a tener sexo con hombres”. De hecho, cuando se traslada a la universidad de Chicago, comienza a tener una intensa vida sexual heterosexual y será allí, precisamente, donde conocerá a un joven profesor de sociología, de nombre Philip Rieff, con quien se casará al poco tiempo de haberlo conocido. Ella tenía tan sólo diecisiete años; él era delgado, con unas caderas anchísimas, casi calvo y no paraba de hablar todo el rato. Se desenvolvía en la vida con un esnobismo enfermizo, pero su pasión por lo intelectual –y el hecho de que la llamara “sweet”–, hizo que Susan Sontag lo considerara interesante.

Ella se quedó embarazada rápidamente de David y comenzó a ayudar a Philip a escribir su primer libro, Freud: The Mind of a Moralist. En realidad, la biografía de Benjamin Moser se atreve a poner por escrito lo que todo el mundo sabía o sospechaba: que, en realidad, Susan fue la verdadera autora de ese libro, aunque Philip nunca se dignó a reconocérselo.

Imagen de Susan Sontag

Susan comenzó a sentirse agobiada en un matrimonio que no la satisfacía y en un mundo que no era el suyo. Aprovechando que a Philip le salió un trabajo en Brandeis, se fue con él y luego, dos años más tarde, se matriculó en Harvard para estudiar Filología y Literatura Inglesas. Pero ni el matrimonio sobrevivió ni tampoco se sintió a gusto en Nueva Inglaterra. Lo dejó todo atrás y se fue –sin marido ni hijo– a Oxford, donde tampoco encontró su sitio y luego pasó temporadas en París y en Nueva York.

Aunque parecía que todo era un caos a su alrededor, sin ningún orden aparente, aquel perpetuo movimiento la ayudó en su creatividad. Comenzó a publicar en la ultraprestigiosa New York Review of Books y en la muy de izquierdas The Partisan Review. En 1963 salió su primera novela, El benefactor, de la cual hablo bien hasta la mismísima Hannah Arendt.

Pero fue en 1964 cuando su vida dio un salto. Ese año publicó el ensayo Notes on Camp, sobre la eterna disquisición entre alta y baja cultura, y el ensayo gustó tanto que salió citado hasta en la revista Time. Sontag se convirtió en una celebridad intelectual de la noche a la mañana. “Una de las jóvenes intelectuales más brillantes de Manhattan”, dijeron de ella. A partir de ahí su fama no pararía de acrecentarse y, poco a poco, con cada nueva publicación, con cada nuevo artículo y ensayo, fue metamorfoseando de ensayista a objeto de culto. Había nacido el mito de Susan Sontag.

Susan Sontag

Susan Sontag como culto

Contra la interpretación, de Susan Sontag.

Antes de cumplir cuarenta años, Susan Sontag ya era una referencia intelectual indiscutible. En 1966, Contra la interpretación acabó de consagrarla: son un conjunto de ensayos bastante provocativos sobre Sartre, Simone Weil, Godard, Beckett, la ciencia ficción, el cine, el psicoanálisis y el pensamiento religioso contemporáneo. En 1967 apareció Estuche de muerte, una novela donde un hombre anodino, completamente harto de su vida, decide suicidarse. Dos años más tarde se publicó Estilos radicales, donde habló del cine de Bergman y Godard, la literatura de Cioran, la guerra de Vietnam y la pornografía.

Sin embargo, estos intensos periodos de producción estarían jalonados por etapas de inseguridad enfermizas y una serie de romances devastadores con mujeres tan dispares como una duquesa europea, una bailarina de danza contemporánea (Lucinda Childs) y una directora de cine (Nicole Stéphane).

A medida que su fama crecía, su carácter se agriaba. Se volvió muy posesiva con su familia, en especial con su hijo, David, y en cambio, se distanció de muchas personas y con los amigos que conservó la relación se volvió acartonada, casi artificial. Por supuesto, esta inseguridad casi patológica sería cuidadosamente ocultada al gran público, el cual sólo veía a una mujer de una fortaleza y libertad hercúleas.

Sobre la fotografía, Susan Sontag.

Con cuarenta y dos años, le detectaron un cáncer de mama. No se le cayó el pelo con la quimioterapia, pero se le quedó todo gris. Poco después, mientras visitaba a su madre en Hawai, ésta llamó a un peluquero amigo suyo, Paul Brown, para “mejorar la imagen de su hija”. El estilista le tiñó todo de negro menos un mechón delantero. Nacía el emblema, el look que se volvería icónico.

Durante su convalecencia escribió dos libros: Sobre la fotografía y La enfermedad como metáfora, donde estableció que los mitos extendidos acerca de algunas enfermedades, en especial el cáncer, añaden más dolor al sufrimiento de los pacientes y, a menudo, cohiben en la búsqueda de tratamiento.

No sólo trabajó sin descanso. Su enfermedad le sirvió para repensar muchas de sus ideas, en concreto sobre su activismo. Pocos años más tarde, rompía con el comunismo en un acto público y se volvió lo que en Estados Unidos llaman liberal y en Europa, progresista.

Al cumplir los cincuenta años, paró el ritmo de escritura y, aparte de algún libro de ensayos, no publicó nada substancial hasta El SIDA y sus metáforas, en 1989. Aquel mismo año conoció a su último gran amor, Annie Leibovitz, con la que descubrió una vida al alcance de muy pocos. Como escribió Katie Roiphe en The Violet Hour: Great Writers at the Ends, Sontag cambió gracias a Leibowitz su apartamento en Riverside Drive por un elegante ático en Chelsea con una biblioteca con 15.000 volúmenes. Los tejanos dieron paso a pantalones de seda, comenzó a comprar ediciones de anticuario y a disfrutar de una asistente personal, una ama de llaves y un chef. Aunque ni tan sólo semejante nivel de atenciones podría mantener la relación entre ambas en un tono civilizado: muchos fueron testigos incómodos de cómo Susan insultaba continuamente a Annie.

Imagen de Susan Sontag

El icono

¿Qué queda hoy de Susan Sontag? ¿Quién se acuerda de su obra más allá de cuatro frases descontextualizadas? Decía la crítica de arte Deborah Nelson que, a pesar de toda la fama que cosechó en su día, los comentarios de Sontag sobre el arte o la modernidad no eran originales, pero que la fascinación que sentíamos por ellos derivaba de su estilo narrativo: drástico, contundente, plenamente aforístico. Había una frialdad en su manera de ver las cosas que se traducía en un análisis aséptico, hecho desde la distancia, pero esa misma frialdad impregnaba de sensatez a sus comentarios. Y que, sólo por ello, Sontag se podía considerar una intelectual o, al menos, alguien con criterio estético.

Pero es verdad que nadie se acuerda de esta parte de ella, y en la biografía de Moser tampoco se insiste demasiado en esta faceta. Lo que sí que hace –y hace muy bien– es criticar su vertiente de intelectual como agente comprometida, como activista por ciertas causas. Moser, por ejemplo, le echa en cara a Susan Sontag que no hiciera pública su homosexualidad ni en el momento más álgido de la epidemia del SIDA y que se callara delante de claras injusticias cuando su sola presencia podría haber conseguido mucho.

Con lo que, en el fondo, el sabor que queda al leer esta biografía es agridulce. Por un lado, su inteligencia es descomunal, con una voluntad de trabajo pocas veces vista. Sontag leyó más que nadie y escribió más que muchos (aunque no necesariamente mejor). Pero muchas veces, demasiadas, no sabes muchas veces si sentir rabia o pena por el personaje. Y lo peor es que ella lo sabía. En febrero de 1960, en uno de sus cuadernos, apuntó: “todas las cosas que odio de mí… ser una cobarde moral, una mentirosa, ser indiscreta”.

Quizás estaba siendo demasiado dura con ella misma, pero no hay duda que Susan se escondía tras una elaborada máscara para evitarse a sí misma.

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