Talento emergente: Magalí Etchebarne

Magali Etchebarne Los mejores días

Su abuela le dijo una de esas tardes en las que monologaba, un poco hipnotizada como solía estar por ciega y perdida en el bosque quemado de su mente, que una mentira puede fundar una familia, y que el amor es una excusa que enseguida se prende fuego en el living. Y aunque Clara pensó que lo del fuego era una imagen involuntariamente poética de una anciana senil, después se enteró de que su papá realmente había prendido fuego la casa. 

*** 

Las mujeres en esta familia no engendran a sus hijos, se los traen de lugares. A nuestra prima Carolina la trajeron de una provincia del norte cuando tenía cinco años y dice mi mamá que llegó con las uñas negras de carbonero; la abuela misma no conoció a su madre, la entregaron a una prima lejana porque no tenían plata para criarla. Y a Francisco la tía Perla lo fue a buscar a una iglesia y cuando lo acostó en la cama de la abuela ya pesaba ocho kilos. Tenía el pelo duro y marrón y las piernas gordas y apretadas como un pollo al horno. 

***

Cuando me concentraba en el paisaje y dejaba de prestarles atención, imaginaba nuestro auto como una cápsula cerrada al vacío. Los cinco ahí adentro avanzando para siempre. El paisaje a los costados se desintegraba cuando lo dejábamos atrás, perros que de lejos parecían dormir en la banquina o ser bolsas achicharradas pero de cerca al final estaban muertos, el olor frío de los zorrinos y las torres de alta tensión con la forma de hombres del futuro, robots híper flacos vigilando la llanura; todo corría a los costados y se perdía para siempre. 

***

Courbett Magazine

En el 2007 un manuscrito llegó a la sede del diario bonaerense “Página/12” para postularse al Premio Nueva Novela. Se titulaba “Las primas” y narraba la historia de una familia disfuncional donde convivían la madre, una tía virgen, una pintora con problemas mentales a quien un profesor había dejado embarazada, una persona con demencia capaz de controlar los esfínteres y una prima tenebrosa. Comenzaba con una sencilla frase: “Mi mamá era maestra de puntero, de guardapolvo blanco y severo”. 

Era tal la audacia, la modernidad y la frescura narrativa, que el jurado pensó que la autora, que usaba el pseudónimo de “Beatriz Poltriani”, debía ser jovencísima. Cuál fue la sorpresa al comprobar que, en realidad, “Las primas” había sido escrita por una señora de 85 años. Su nombre era Aurora Venturini. Obviamente, obtuvo el Premio Nueva Novela. 

Al leer por primera vez “Los mejores días”, la anécdota se repitió, pero al revés. Es tal la fuerza, la complejidad y la agudeza de la observación, que creí que Magalí Etchebarne, a quien no conocía, debía ser una señora con una larguísima trayectoria literaria. Cuál fue la sorpresa al descubrir que es una joven nacida en Argentina, en Remedios de Escalada, en 1983.

Magali Etchebarne

Los mejores días” es su primer libro. La pequeña editorial argentina “Tenemos las máquinas” lo publicó en 2017. En España, lo trajo Las afueras este 2019

A primera vista, son ocho relatos, ocho cuentos cortos, supuestamente costumbristas, donde indaga en la intimidad de las relaciones humanas. Pero lo interesante es cómo da voz propia —una voz potente, rotunda y lúcida— a situaciones cotidianas, sin aparente valor ni interés a simple vista, pero que encierran un torbellino emocional por el que la autora transita con admirable agilidad y destreza. 

“Estoy mirando una intimidad”, confiesa Magalí. “Es como una confidencia. Como si alguien me estuviese contando un secreto”. Y ella luego da forma a estas confesiones, las desgrana y da cuerpo y vida a un conjunto de personajes, disfuncionales y erráticos, pero también tiernos y próximos. 

Sobre todo, da voz a mujeres que han vivido aisladas en su soledad mental, y también física. En uno de los cuentos, “Buena Madre”, cita una frase de Elizabeth Hardwick: “Y ahora se llevan a los caballos para que descansen sin que sepamos jamás qué les ha parecido la carrera que han corrido”. “Nadie sabe tampoco lo que ha pasado con muchas mujeres”, apunta Magalí. Ella cubre este espacio: el dar un protagonismo a nuestras madres, abuelas, tías, hermanas, amigas y conocidas cuyas historias son particulares, específicas y universales al mismo tiempo. 

¿Cómo llegas en tan poco tiempo a un estilo tan puro y profundo? ¿Cómo consigues que tu primera obra sea así de magistral? 

***

Courbett Magazine

Francisco Llorca, de la editorial Las Afueras, nos cita en el Forn Mistral de Barcelona, la tradicional panadería cercana al Teatro Goya famosa por las ensaimadas de crema. Pero las dos creemos que el lugar para la entrevista era en la “Lata Peinada”, la preciosa librería en el carrer de la Verge especializada en literatura latinoamericana. Allí, una hora más tarde, Magali va a presentar su libro “Los mejores días” con Luna Miguel. 

Así que es Sofía, el alma de La Lata Peinada, quien se encarga de hacer las presentaciones. Magali aparece risueña; tiene una risa contagiosa que no le desaparece nunca y una voz dulce y melódica. Juntas nos vamos en busca de Francisco, y una vez instaladas, esta vez sí, en el Forn, comenzamos a charlar. 

Empezamos por sus primeras lecturas. En algún lugar he leído que, con tan sólo once años, leyó “Flores robadas en los jardines de Quilmes” de Jorge Asís, un libro publicado en 1980, en plena dictadura militar argentina. Es una novela muy dura, sobre la militancia política de los años sesenta, que levantó ampollas tanto en la derecha como en la izquierda. 

Magalí sonríe: “Mi mamá tenía la costumbre de guardar los libros en un altillo, y un día sacó este libro. No me acuerdo muy bien de la edición, pero recuerdo que había unas flores en la portada. Y vi flores y vi Quilmes, que era un barrio cerca de mi casa, y le pregunté a mi mamá sobre el libro. Y mi mamá me contestó que no debía leerlo. Y claro, no hay nada peor, o quizás nada mejor, que te prohiban leer algo a esta edad. Y por eso me esperé a que no me viera y lo agarré y lo leí. La verdad es que no me acuerdo mucho de todos los detalles de la novela, pero recuerdo que me impactó. Había escenas muy fuertes. Había una escena en concreto, en que un personaje va a un a apartamento, ahora no me acuerdo si del compañero o de la mujer con la que estaba, y decía que el apartamento “olía a ajo y a sexo”. Y yo, claro, a esa edad, me preguntaba: “¿y cómo olerá eso?”. Magalí se pone a reír. “Bueno, muchos años más tarde encontré un cuaderno repleto de palabras de ese libro que había buscado porque no entendía. Había palabras como “burguesía”, que no sabía lo que significaban”. 

— Hay una cuestión que me ha llamado mucho la atención de tu biografía y es que, de pequeña, te escribías carta a tí misma en el futuro. Y encima creías que estabas escribiendo un género propio. 

— De pequeña llevaba diario —me dice entre risas— un diario íntimo. Ahora sigo escribiendo un diario, pero ya no es tan íntimo porque lo pongo en la computadora. 

— ¿Escribes cada día? 

— No. Pero una vez por semana trato de escribir. Es como una terapia. Anoto algo que escuché, o que he pensado. Pero no escribo todos los días. Quizás debería escribir más —ríe. 

— Cuéntame más de esas cartas de la infancia. 

— Me encontré el diario íntimo hace unos años. Y también me encontré las cartas. Estaban cerradas, con sobre y cinta. Selladísimas para que nadie las encontrase. No me acordaba de que me hablaba a mí misma en segunda persona —bromea—. “Para que lo leas cuando tengas…” 

— ¿Te dabas consejos?

— No, me contaba cosas para no olvidármelas. 

— ¿Vienes de una familia lectora?

— Mi mamá era lectora. Estaba suscrita al Círculo de Lectores y, por tanto, circulaban por la casa libros de ella. Pero no había una gran biblioteca. No vengo de una familia con gran tradición literaria. Sí tengo una tía, la mujer de mi tío, que escribía y en la casa de mi abuela sí que había una pequeña biblioteca, que había armado ella, también curiosamente adentro de un mueble. Y a ella sí que le robaba bastantes libros. 

— ¿Qué libros recuerdas de tu adolescencia? 

— Las típicas novelas de la adolescencia: “Sobre héroes y tumbas” de Sábato, libros de Borges, Cortázar… Yo después comencé la carrera de Filosofía. Estuve un tiempo, pero me fui dando cuenta de que me interesaba más la Literatura. No era que yo pensase en escribir, pero lo que más me gustaba era leer. Por eso me cambié de carrera. 

— ¿Cuándo comenzaste a escribir?

— Siempre me gustó leer y me apunté a talleres, ya de adolescente. También participé en algún concurso zonal. Fue muy importante un taller que hice con una compañera de la universidad, Julieta. En este espacio colectivo, con más mujeres, me sentí cómoda para ir armando los cuentos. Mi amiga, Julieta Mortati, que luego fue mi editora, mi editora argentina, en una editorial que se llama “Tenemos las máquinas”, me convenció para que publicara. 

La historia de Julieta Mortati es más que interesante: pasó unos años en Berlín y, de regreso a Buenos Aires, decidió montar una pequeña editorial. Su padre había tenido una imprenta y ella dijo un buen día “tengo las máquinas”. De ahí el nombre “Tenemos las máquinas”. Luego resultó que las máquinas no servían, pero el nombre se quedó de todos modos y la idea de la editorial siguió adelante. 

Magalí me enseña algunos de los ejemplares de la colección que armaron, la colección “Primeros libros”: son unas pequeñas joyas con unas portadas preciosas en donde está ilustrado el autor o autora. “Son novelas y cuentos, básicamente”, me explica Magali. Uno de los volúmenes es “Los primeros días”, con la cara de Magali dibujada en la cubierta. “También tienen ahora una colección de ensayo, que se llama Avenida Independencia, y una revista de cine, “Las naves”, que es la versión argentina de una revista alemana que se llama “Revólver””. 

— Antes, sin embargo, de que apareciese “Los primeros días”, ya habías publicado algunos pequeños volúmenes: “Historias de mujeres infieles” (Emecé, 2018), “El amor y otros cuentos” (Mondadori, 2011), “El tiempo fue hecho para ser desperdiciado» (El perro negro, Chile, 2012). 

— Sí, había probado con cuentos y antologías. Todos estos volúmenes son cuentos. Pero “Los primeros días” es el primer libro de verdad. 

— ¿Qué se siente, después de varios volúmenes, haber sacado por fin un libro ya completo? 

— Bueno, como un libro es algo que uno hace en soledad, la verdad es que es como bailar en el living, sólo que ahora miran —nos reímos las dos de la ocurrencia—. La influencia de Julieta, su insistencia a raíz de este proyecto de primeros autores, primeras obras, fue lo que me facilitó dar finalmente el paso. Porque la verdad es que me daba mucho pudor. Supongo que tenía una especie de fantasía en relación a la publicación, a lo que pudiera pasar. Luego hubo otro factor, que es que yo trabajo desde hace cinco años en Penguin Random House, edito libros. La editorial publica sesenta novedades al mes. Y me di cuenta trabajando que lo peor que le puede pasar a un libro es que no pase nada. Y, por eso, en ese sentido, el publicar me dejó de dar miedo. Pensé “en cualquier caso, no lo va a leer nadie más que mi familia y amigos”. El ego bajó un poco el volumen. 

Magali es editora de libros de ficción comercial que, como me explica, van desde novelas románticas a volúmenes de cocina. “He aprendido mucho con este trabajo”, me comenta. “Porque  a mí me cuesta mucho mover los personajes. En cambio, en la ficción comercial es importante que el ritmo sea ágil y que haya mucho movimiento. Que pase algo. Los personajes entran, salen, agarran algo… Esto me ayudó a dar más rapidez”. 

— Una de las cosas que me llamaron la atención cuando leí “Los primeros días” es que cuesta mucho creer que sea un primer libro. El nivel es tan alto que parece un libro de madurez, de consagración. ¿Cómo lo escribiste? 

— Es un libro en el que me demoré mucho, tardé mucho en escribirlo. Hay una diferencia de años entre algunos cuentos. Tardé muchos años en sentir que el libro estaba terminado. En el proceso me costaba ver un diálogo y familiaridad entre los cuentos. Dudé mucho. Sufrí. 

“Soy una escritora lenta”, reconoce. “También soy una lectora lenta. Y, si me gusta el libro, aún me demoro más. Con la escritura lo que me pasa es que, hasta que lo veo terminado, me lleva tiempo. Además, muchos de los cuentos de “Los primeros días” tenían otra forma. Yo tenía una idea clara: quería que fuese un libro de cuentos, porque a mí me gusta el género y es en lo que me quiero centrar. Pero algunos comenzaron como un diario, otros como ideas sueltas… Yo quería que todos los elementos tuvieran un universo en común, que hubiesen elementos que los hermanaran, que los recorrieran. Tenía que haber un tono común, personajes que pasaran de uno a otro. 

“En todos ellos están presentes los elementos que a mí más me interesan, me convocan como escritora: los vínculos personales, la familia, las relaciones de pareja, el amor… Pero cada uno nació por su lado”. 

— Es como si tuvieran vida propia…

— Exacto. Por ejemplo, el relato de la pareja en Córdoba, eso era un diario mío, real, de unas vacaciones que yo tuve. Yo estaba preparándome para rendir el examen de Literatura portuguesa y me había llevado para leer “La pasión según GH” de Clarice Lispector, y en el libro ella está obsesionada todo el rato con una cucaracha que está en un cuadro. Y supongo que la lectura me contagió y comencé este diario medio obsesivo de lo que yo hacía y lo que mi novio hacía. Después de un tiempo me di cuenta que allí había algo más allá del diario de un viaje, de la crónica de lo que había pasado. Algo que no tenía nada que ver conmigo y con mi historia personal, pero que había un tema que explorar sobre dos personas conociéndose en un contexto de vacaciones. Luego este tema, el de las vacaciones, es un tema que acabó repitiéndose en otros cuentos. 

Más adelante, me irá desgranando más detalles sobre los orígenes de los cuentos. De “Capitán”, por ejemplo, que es el último y el que menos estructura clásica tiene de cuento, comenta: “es el más poético. Surge porque yo tuve una casa en esa isla apartada. Me acuerdo que el paso del tiempo era lento, muy lento, hasta el punto que tienes sensación de irrealidad. Empecé a tomar unas notas: ¿qué pasaría si yo me quedase acá? ¿Si envejeciese aquí?”. Otro cuento, “Buena madre”, surge de una historia familiar real, de una bisabuela que lo dejó todo y de cómo esa historia se va repitiendo. 

— ¿Cuál es el cuento que más te gusta de todos los que hay en “Los primeros días”?

— El de las vacaciones. Se llama “Que no pase más”. En realidad, se iba a llamar “La nariz del asunto”. O, al menos, así se llamaba al principio. Porque va de la primera pelea de ellos dos —nos reímos—-. Me gusta el tema, el espacio de las vacaciones porque hay algo de ficticio y terrible. Hay una continua exigencia de pasarlo bien, pero al mismo tiempo reproduces las rutinas de tu día a día, hay una tensión latente. En ese sentido, las vacaciones son muy interesantes desde el punto de vista literario porque funcionan como un cortometraje perfecto. Y no sólo en las vacaciones de pareja. También en las vacaciones de familia, que es cuando los padres pasan más tiempo con los chicos. Y entonces la tensión está puesta en los chiquillos. En las vacaciones, por ejemplo, era el único momento en que yo pasaba mucho tiempo con mi padre y con mi hermana. Todos juntos. Y entonces era cuando aparecían cosas que no aparecían cuando cada uno teníamos nuestras rutinas. Porque en realidad quieres estar relajado, pero sigues estando tenso. Porque has invertido, te has gastado el dinero, tienes que ser feliz. Al mismo tiempo, es en las vacaciones el momento en que, al descansar, o supuestamente descansar, tu cabeza comienza a dar vueltas a ciertos asuntos. 

Mientras transcribo esta entrevista, vuelvo a leerme el cuento de una mujer y un tal Ramón, en un lugar de vacaciones desde el cual “podemos ver las sierras, los árboles, algunas casas lejos y el cielo. El cielo, el cielo, el cielo. El cielo tiene un protagonismo elemental. Es de donde llegan los imprevistos y también la alegría”.

El valor de la rutina que me comentaba Magalí: “ahora ya me sé de memoria algunas cosas: la historia de su familia, el amor compacto que armamos, el orden de la vajilla ene esta casa de la montaña y cuándo hay que sacar la basura hasta el poste de la entrada”. 

El no poder dejar atrás tu vida: “Enseguida las casas echan raíces en mi mente. Antes era más libre. Aprendía algo y si quería lo desechaba. En la casa en la que me crié también estaba rodeada de rutinas y coreografías ajustadas, pero las dirigían los otros”. 

— Leyendo tu libro, hay una autora argentina a la que me has recordado mucho: Aurora Venturini. La prosa, el estilo, los personajes…

— Me encanta Aurora. Tengo un amigo, Fernando Krapp, que le hizo un documental. Es un documental precioso. Se llama “Beatriz Portinari”, que es el pseudónimo que ella usaba. Consiguió escenas muy emotivas, por ejemplo, ella estaba en casa y tenía una araña en la ventana con la que hablaba. 

—Hay otra autora que me viene a la mente leyendo tu libro y es Ebe Uhart. Las dos tenéis una mirada muy particular, una capacidad de observación muy poderosa. 

— Ebe me encanta. Tuve la suerte de conocerla. Sus crónicas, pero también sus relatos, son hermosos. Bueno, como escritora siempre hay una primer elemento, casi anecdótico, al principio y luego se va inflando. Le vas sumando escenas y piezas y atmósferas y personajes. 

En este punto, Francisco Llorca se suma a la conversación y aporta un punto de vista muy interesante: “Creo que se nota en tu obra un pie en la narrativa breve norteamericana y otro en la tradición cuentística propiamente argentina. A mí me llamó mucho la atención, viniendo al hilo de tu capacidad por el detalle, por lo ordinario, que una vez citaste a George Pérec y “Lo infraordinario”, hablando de lo real maravilloso dentro de cada día, esa capacidad para detectar lo extraordinario en el día a día”. 

Magali asiente. “Exacto, como te contaba antes, yo no vengo de una casa con biblioteca, ni de una familia con grandes lectores. Por lo que me fui configurando una sensibilidad por una serie de cosas, por una manera de narrar también y de observar. De prestar atención a unos elementos puntuales. Una vez me dijeron “es que contás como una señora grande”. Y seguramente hay algo de eso, porque yo me crié con señoras grandes y supongo que adquirí un manera de narrar, de contar, muy determinada. Mi madre me tuvo de bastante grande, y no había muchos chicos en la familia. Hice mucha vida con la abuela, abuelo y personas muy grandes. Y en esas conversaciones cotidianas es donde armé mi relato, mi identidad y mis intereses. 

— Hay algo mágico al hablar con los abuelos —comenta Francisco—. Porque las conversaciones remiten a un mundo que es pasado y que parece incluso mítico. Historias de familiares, de lugares, de anécdotas que pasaron en un pasado que no se acaba nunca de concretar. 

— Sí, exacto—asiente Magali—. Incluso muchas veces la realidad incluso supera a la ficción. Me contaron hace poco la historia de una hermana de mi abuela que se había quedado encerrada en un cine sin poder avisar a nadie y todo lo que hubo que hacer para dar con ella. 

— Ya para acabar —pregunto—. ¿Estás escribiendo?

— Sí, cuentos, claro —reímos. Y me cuenta una historia preciosa sobre su padre y unos pájaros que competían por el canto. Pero es su historia, y tiene que ser ella quien la explique. 

Sobre Courbett

COURBETT es una revista online sobre Libros, Arte, Cultura y Diseño con una mirada muy internacional.

CONTACTO

contacto@courbettmagazine.com

Más artículos
Mary Austin La tierra de la lluvia escasa
La mujer que amó la tierra de lluvia escasa

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies