Mercedes Halfon

Talento emergente: Mercedes Halfon

Autora
Ana Polo Alonso
Courbett Magazine

De un artículo de 1923 de Dziga Vertov, el director de cine soviético:

«Soy un ojo. Un ojo mecánico. Yo, la máquina, te muestro el mundo como sólo yo puedo verlo. Yo me libero, hoy y siempre, de la inmobilidad humana. Estoy en constante movimiento. Me acerco y me alejo de los objetos. Me meto en ellos. Me muevo en paralelo a la boca de un caballo que está corriendo. Caigo y me alzo con los cuerpos que caen y se alzan. Éste soy yo, la máquina, maniobrando en movimientos caóticos, filmando un movimiento tras otro en las más complejas combinaciones».

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Así comienza «El trabajo de los ojos«, la primera obra en prosa de Mercedes Halfon:

El año pasado murió mi oculista. Balzaretti era especialista en niños, una orientación que suelen tener los que tratan el estrabismo. Es una de las enfermedades que tengo y, como a todos los que la padecen, me apareció en la infancia. Hoy la acompañan el astigmatismo y la hipermetropía. Como uso lentes de contacto y me todo los ojos continuamente, es común que tenga conjuntivitis. Virales, inflamatorias, papilares, con gigantismo. Las enfermedades oculares se reproducen. Cuando hay una es muy probable que la descompensación que genera cause otra. Hace poco tuve blefaritis, una inflamación de la que no había escuchado hablar nunca. Me desperté con los ojos vidriosos y desbordados, como si hubiera llorado días enteros. Hui a una guardia temiendo algún virus serio, pero me explicaron que se trataba de una hinchazón en la raíz de las pestañas. El tratamiento consistía en untarme un gel que me dejaba mirando a través de una nube densa. Como si me hubiesen recetado un estado de melancolía.

***

Cuando acabo de leer «El trabajo de los ojos» de Mercedes Halfon me dirijo a la estantería a buscar un librito de tapas blancas algo descoloridas y una portada de tacto de plástico con unas cuantas manchas que le dan un toque desvalido. Lo encontré hace años en una caja llena de polvo en una librería de viejo en Boston. Me costó tan sólo cinco dólares y medio, pero vale mucho más. O eso creo yo. Es una primera edición americana de «Ways of Seeing» de John Berger, publicada por Penguin en 1977.

Abro las páginas y disfruto con las reflexiones sobre cómo mirar. Me centro en una que siempre me ha hecho pensar (la traducción es mía, así que perdonad):

«El concepto de la perspectiva, que es única en el arte europeo y que fue establecida por primera vez al principio del Renacimiento, centra todo en el ojo de quien mira. Es como un rayo de luz de un faro, sólo que en vez de ir la luz hacia afuera, las imágenes vienen hacia nosotros. A esas imágenes se las consideraba «realistas», la «realidad». La perspectiva hizo que el ojo fuese el centro de todo el mundo visible. Todo converge en el ojo como el punto en que se esfuma el infinito. El punto de fuga. El mundo visible se aliena así ante el espectador como se pensaba, siglos antes, que el universo se alineaba frente a Dios».

El ojo como centro el universo, la mirada como epicentro de nuestra vida, nuestro conocimiento y experiencia. Pero, ¿qué sucede cuando ese ojo no funciona como es debido? ¿Cuando está enfermo o presenta defectos? ¿Cómo se transforma la realidad más inmediata cuando no vemos a través de los ojos, sino a través de objetos, como una cámara fotográfica o unos gruesos cristales de unas gafas?

Me apunto estas preguntas en la libreta de tapas marrones que empleo en las entrevistas. Quiero hacérselas a Mercedes Halfon.

Mercedes viene a Barcelona a presentar «El trabajo de los ojos», una meditación sobre la vida y la vista, pero sobre todo una reflexión poética sobre una forma muy particular de ver, de percibir y de entender nuestro alrededor y nuestro interior. Mercedes padece estrabismo desde pequeña (ahora apenas se le nota), y esta condición le ha marcado desde niña. En el libro trata de la enfermedad de sus ojos, de cómo ha mirado al mundo de una manera particular desde la infancia, pero también de las relaciones con sus familiares más directos (todos con gafas) y de ilustres hombres y mujeres –desde Benjamin hasta Sartre, Mahler o Federica Montseny– que también se enfrentaron a su particular universo desde unos anteojos.

Es un libro inclasificable, híbrido pero hermoso, juicioso y elegante. Es una obra audaz, entre biografía y ensayo, escrito con una prosa lírica de una gran belleza. Se nota que su autora es poeta.

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De «El trabajo de los ojos«:

«Lo más grave que puede pasarle a un estrábico es que pierda la visión de un ojo como consecuencia de estar siempre mirando para cualquier lado y que todo el esfuerzo para percibir lo haga el otro. Aunque no tuve esa deriva me quedó el temor de que me suceda alguna vez y siempre fuerzo el ojo más débil, en mi caso el izquierdo, para ver las cosas que están lejos. Es una máxima que puedo aplicar a otros aspectos de mi vida. En vez de apoyarme en lo que funciona bien, pongo sistemáticamente la energía en lo que falla. es un mecanismo de la crítica».

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Borges también tenía algo en los ojos. Todo en sus ojos, quiero decir. O, como supe más tarde, los ojos de James Joyce. Estrábicos, con una órbita que parece llegar hasta el marco mismo de los lentes. También revelaban algo interior. En mi escritorio tengo un retrato suyo, un parche de pirata le cruza la cara.

Joyce tuvo grandes problemas de vista: inicialmente hipermetropía –mala visión de cerca–, a los veinticinco años, iritis y, una década más tarde, glaucoma y sinequia. Su delicado equilibrio fue empeorando. Era descuidado con su cuerpo en general, alcohólico, y aunque se sometió a veinticinco operaciones, llegó a quedarse prácticamente ciego. Hace poco se dio a conocer la receta de anteojos que le prescribió uno de los más célebres oftalmólogos de su época, el doctor Alfred Vogt, en 1932. Era para unos cristales de +17 dioptrías. Demasiado para alguien que trabaja con objetos del tamaño de una hormiga. Dicen que usaba lupas para ver. Y que, llegado el momento, dictaba.

Muchos han trabajado así. La voz y el oído suplantando la vista. De algún modo esa ceguera debe haberse trasladado al papel. No porque el uso experimental que hizo de los signos de puntuación o su ausencia en muchos casos esté originada por la imposibilidad en la que trabajó, sino porque el conflicto de Joyce por apresar lo cercano, quizá, lo convirtió en el escritor que fue. Su interés terminó tan dirigido a eso que se le escapaba que le encontró una nueva dimensión. Un ensanchamiento del presente que bordea sus estallido.

***

Pero el ojo –esto es lo que le fascinaba a la doctora Horvilleur– después de la adolescencia se fue para afuera. De adentro hacia afuera. ¿Qué busca ese ojo? ¿A dónde mira? ¿Por qué se extravia? ¿Por qué cambia de dirección? ¿Por qué se tranquiliza cuando le bajan el aumento? ¿Por qué quiere que todo se vaya lejos? ¿Pero no tan lejos? ¿No completamente lejos?

***

La primera vez que Mercedes Halfon escribió algo propio y personal fue a la orilla de un lago. Ella era tan sólo una adolescente de unos trece años y el paisaje de Bariloche, bellísimo con sus lagos y sus montañas nevadas al fondo, le impactó de tal manera que escribió un poema.

Mercedes veraneaba ahí con sus padres, en un hotel muy bonito rodeado de bosque. Lo había edificado Alejandro Bustillo, un arquitecto destacado que trabajó mucho en la Patagonia.

«Bariloche está al lado de la cordillera de los Andes», me explica Mercedes, «y el hotel estaba al lado del lago Moreno. Era un lugar increíble, como de cuento fantástico. El hotel era de piedra y madera. Íbamos todos los veranos. Ahí, en algún momento, en plena adolescencia, estando a la orilla del lago, comencé a escribir algo que tenía que ver con la poesía y empecé a pensar que me gustaba escribir. Y, bueno, seguí escribiendo. Y también leyendo, con esas lecturas medio típicas de la adolescencia».

— Ese primer poema creo que fue sobre flores…

— Sí –ríe–, porque el hotel tenía una cosa muy curiosa que era que todas las paredes estaban cubiertas de dibujos de flores, no por empapelados, sino por unos dibujos hechos con unos rodillos de pintura. Era muy lindo. Y me acuerdo que escribí algo sobre las flores. Todo muy adolescente…–sonríe–, algo así como sentirme encerrada por las flores…

— ¿Lo conservas? ¿Tienes nostalgia por cosas de este tipo?

— No, no lo conservo. Creo que lo escribí en un cuaderno de secundario. Sí que conservo diarios íntimos. Hace poco estuve leyendo los diarios íntimos que comencé por aquella época. Y lo sigo haciendo. Lo tengo acá –saca un pequeño cuaderno de tapas negras con una goma alrededor tipo Moleskine y comienza a pasar unas páginas. Tiene una letra pequeña y escribe empleando toda la página, sin dejar apenas margen–. Yo soy muy desmemoriada y el hecho de anotar lo cotidiano me ayuda también reconstruir mi mundo, a tener más noción de las cosas que voy pensando.

— Creo que en esa época también leíste un libro que te marcó bastante: «El amante» de Marguerite Duras. Esa voz melódica, muy poética, con frases contundentes… Ese estilo se ve también en tu obra.

— Me impactó ese libro y también «Escribir«, que son unas conferencias que ella dio y que luego editaron en formato libro [Francisco Llorca, editor de Las Afueras, me comenta que en España lo publicó Tusquets]. Ese libro, con esas frases cortas, como esculpidas, en que conjuga reflexión y también emoción y autobiografía…. Me volvió loca. Cuando lo leí me di cuenta que aquello era lo que me gustaba.

— Aparte de Marguerite Duras, ¿qué autores te han marcado?

Rodrigo Rey Rosa me encantó. Mario Levrero, también. Las últimas novelas de Levrero para mí fueron my inspiradoras en cuanto a su libertad de formato. En cuanto a su formato, también hay un autor que me gusta mucho que se llama David Markson y que lo recomiendo mucho. Tiene dos libros, uno que se llama «Esto no es una novela» y el otro «La soledad del lector«, que son como pequeñas citas de personajes de la cultura, la literatura y la historia vinculados con la muerte, con la escritura, con el acto de leer. Son libros totalmente fragmentarios, totalmente rotos. A veces son una línea, dos líneas, una línea… Tienen un leve personaje, pero no hay ni espacio ni tiempo, como que no cumple ninguna de las convenciones de la novela y, sin embargo, es una novela y no puedes parar de leerla.

— Tu obra me recuerda mucho a Apollinaire.

— ¡Qué lindo! Bueno, poesía leo un montón. Lo que más leo es poesía. Me gusta mucho el poeta Mark Strand. Ahí algo en el clima, en su manera de escribir… Bueno, me encanta. Yo leo algo de Strand y me entran ganas de escribir. También te tengo que mencionar a Juana Bignozzi, que es una poeta argentina muy buena, muy intensa, que también tiene una escritura muy especial: no usa signos de puntuación, no usa comas.. Pero tiene una claridad enorme en su lenguaje.

Valeria Luiselli, «Los ingrávidos«. Creo que es un libro que también te gusta mucho.

— Me encanta. Es un libro que leí mientras escribía «El trabajo de los ojos». También me leí otros libros suyos. Me encantó la estructura complejísima, tiene un talento enorme. Todavía no leí «Papeles falsos». Me queda pendiente.

Alejandro Zambra.

— No un libro en concreto, pero sí el conjunto de su obra y también su figura como crítico. Me interesan figuras como él que van del ensayo a la narrativa. Alan Pauls, por ejemplo, también me gusta mucho en este sentido. Y María Moreno.

***

Página 28 de «El trabajo de los ojos»:

Yo tuve, a los veinte, un tórrido romance con la foto: el sol entraba en diagonal por una ventana de madera y hacía dibujar arabescos al humo de un sahumerio. Fuera de cuadro pinos, cipreses y el lago Nahuel Huapi. Todos dormían la siesta en al casa de mi hermano y yo le sacaba un rollo de treinta y seis fotos a ese incienso consumiéndose. Tenía en mis manos una cámara manual Voigtländer que había sido de mi padre y que cuando heredé tendría alrededor de sesenta años de uso. Era primitiva pero infalible.

Pregunto a Mercedes por esta cámara de fotos. «A mi papá le gustaba hacer fotos», me explica. «Ahora ya no lo hace más, pero esa cámara estuvo en circulación bastantes años. Después la cambiaron por una un poco mejor… Pero con aquella cámara antigua estaba aquella cosa artesanal de tomarse su tiempo para tomar la foto, para que todos estuviésemos en cuadro… Después yo también saqué con esa cámara… Mi papá nos volvía locos para que nos quedáramos quietos…

— Sí, en el libro explicas cómo tenías que esperar el tiempo adecuado a tomar una foto, porque la lente aquella distorsionaba la realidad. Lo que no deja de ser una metáfora que recorre tu libro: cómo el medio transforma la mirada.

— Absolutamente. En el libro se explica el ojo a través de las metáforas de la cámara fotográfica. Hay una similitud entre el ojo y la cámara: la cámara no toma la realidad como exactamente es y el ojo tampoco la toma, nunca la va a tomar. Lo visible es un invento, es algo que uno construye con su mirada.

***

Mercedes Halfon nació en Buenos Aires en 1980. Se licenció en Artes por la Universidad de Buenos Aires y es Magíster en Escritura creativa por la Universidad Nacional Tres de Febrero. Actualmente, además de escritora, es periodista cultural y programadora teatral. Su firma es habitual en el suplemento Radar de Página/12 y algunas de las revistas culturales más destacadas de su país. Además, es comisaria del ciclo teatral «Invocaciones«, en el Centro Cultural San Martín y ha actuado en centros como el MALBA, Fundación Proa o arteBA.

Su trabajo ha sido reconocido internacionalmente y ha sido becada por la Fundación Gabriel García Márquez, el Goethe Institut y el centro de creación contemporánea Matadero de Madrid.

Antes de escribir «El trabajo de los ojos», Mercedes Halfon publicó varios poemarios: «Dormir con lo puesto» (2008), «Un paisaje que nunca vi» (2010) y «Un fuego cualquiera» (2015). También «Hebilla de pasto«.

— Me encanta el título de «Un paisaje que nunca vi»: de nuevo la mirada, la importancia de ver– le comento a Mercedes.

— Sí, además ese libro tiene que ver mucho con el sur, donde está Bariloche. Y «Un fuego cualquiera» también. En todos estos poemas está muy presente todo este elemento del paisaje.

— Una de las cosas que más me gusto de «El trabajo de los ojos» es que se lee como un poema. Tiene una calidad poética, lírica, muy marcada. Hay una fuerte musicalidad en cada línea. Realmente me pareció un poema en prosa. ¿Esto es algo que te viene marcado por tu experiencia como poetisa? ¿Enfocas la prosa desde la poesía?

— La verdad es que no lo pensé conscientemente, pero sí trabajé con las palabras mucho. Quizás porque es mi primer libro lo trabajé a lo largo de muchos años, como casi ocho años. La primera idea de hacer algo con los ojos la tengo en el 2008 o 2009. Y el libro terminó saliendo en Argentina en el 2017. Ponéle que lo terminé en el 2015 y luego lo retoqué. Es mucho tiempo y el hecho de que fuera tan largo me obligaba a que, cada vez que me sentaba a escribir de vuelta, comenzaba por la primera hoja. Y volvía a leer todo lo que había escrito y lo reeditaba y cambiaba… Hubo un trabajo de depuración muy intenso. Además, cuando eres poeta o lees mucha poesía, tenés el oído entrenado para detectar si una palabra suena mal, sabés cuando hay que terminar una frase con una palabra aguda, o si hay una coma que corta el ritmo. Es decir, estás muy atento a cuestiones de este orden.

— Creo que al principio el libro iba a tener otra forma, pero que fue el propio lenguaje, al escritura, la que te fue marcando el proceso. Es como si la escritura tomó vida propia.

— Es absolutamente así. El lenguaje que tiene este libro es un lenguaje que en ocasiones es cercano y cálido, pero a veces también es distante y frío, con muchos términos médicos. Es un lenguaje que me dio el propio libro, la materia del libro. Si hubiese escrito sobre cualquier otra cosa me hubiese salido un libro totalmente distinto.

— En el libro pasas constantemente de lo banal a lo filosófico, de lo trivial a lo juicioso. Es decir, cambias de registro continuamente, pero sin embargo logras mantener una continuidad en el tono. Es decir, puedes hablar de Borges o de Homero o de oftalmólogos alemanes pasados y a la página siguiente hablas de tu madre o de tu hijo. ¿Cómo consigues que el libro no pierda el equilibrio entre tanto registro distinto?

— Bueno, sí que es cierto que hay momentos, no sé si filosóficos, pero sí de reflexión y de autoconsciencia. Pero lo importante fue encontrar un tono propio, que fue hilvanando todo lo demás. Encontrar un tono es como afinar un instrumento en una orquesta. Al final lo que quieres es que todo el conjunto, toda la sinfonía esté bien afinada. Para ello es muy importante el trabajo de relectura, de edición, de pulir el texto lo máximo posible. Corregir para que todo esté en el mismo tono.

— Mientras leía tu obra «El trabajo de los ojos», me vino a la cabeza un libro, «El material humano» de Rodrigo Rey Rosa, sobre todo por la estructura. Ambos son libros hechos con fragmentos cortos. El de Rey Rosa parece un diario de apuntes y notas. También está el carácter híbrido, entre lo ficticio y lo histórico.

— Sí, lo leí cuando yo estaba escribiendo el libro. Me lo recomendó un amigo y me gustó porque tiene una estructura de diario. Me impactó sobre todo un capítulo muy duro, que es cuando abren unos archivos de la policía de su país y él va a buscar algo relacionado con la desaparición de su madre. Y es capaz de mezclar esto, que es muy truculento, con notas sobre su vida cotidiana: va a buscar a su hija al colegio, se encuentra y se desencuentra con su amante… Me interesó mucho cómo alternaba elementos de mucha intensidad, de mucho dramatismo, con otros aparentemente frívolos. Y también aparecen muchas notas de lo que él ve en el archivo, como los errores de ortografía que tienen los policías. Toda esa manera de tratar múltiples materiales… Era algo que yo ya estaba haciendo, pero al leerlo me dije, ah bueno, tengo antecedentes.

— Desde luego, «El trabajo de los ojos» es un libro muy particular, que no se puede encajar en ningún género. No tiene una etiqueta fácil: no es estrictamente una biografía, tampoco un ensayo o un diario, pero tiene mucho de todos ellos. ¿Lo hiciste conscientemente, esto de saltarte todos los géneros? ¿O, simplemente, distes rienda suelta a tu imaginación creadora?

— Realmente no hubo una intención de quebrar ningún registro ni romper ningún género. Simplemente era lo que quería hacer yo y lo que me fui dando cuenta que iba formando en sí mismo un sistema propio.

— ¿Qué proceso de escritura sigues? ¿Eres metódica o caótica?

— Caótica –se rie–. Pero, bueno, cuando ya estoy con un libro muy encaminado, entonces me digo que hay que dedicarle tiempo. Pero, en general, soy muy caótica.

— ¿Una habitación propia o escribes en cualquier sitio?

— Escribo en el living porque mi casa no es tan grande y tengo un nene de ocho años que, a veces, si me voy cuando vuelvo me ha escrito una palabra. Es muy lindo.

***

Página 68 del libro:

«En algunos lugares consideran el estrabismo una «disposición viciosa». Debe ser por esa caracterización que es tan mal considerada en el canon de belleza occidental. No es como la gordura, de la que quedan hermosas pinturas del Renacimiento. El efecto social negativo de tener los ojos cruzados también tiene su tradición. Pienso en Jean-Paul Sartre o Néstor Kirchner, ¿cómo llevaron su existencia con esta particularidad? Es evidente que muy bien, ellos son los estrábicos que quedaron en la historia, tras los que ejércitos de ignotos sienten una mínima complacencia».

— Leí que «El trabajo de los ojos» comenzó en un taller de escritura donde os pidieron que escribierais sobre algo muy íntimo.

— Bueno, no es un taller. Es un ciclo de lecturas que se llama «Confesionario» en el que vos tenés que invitar a artistas o a escritores a que cuenten algo, lean un texto o lo cuenten, que sea algo del orden de la vergüenza, el pudor, algo que sea una confesión. Había habido confesiones de todo tipo: de situaciones muy traumáticas, incluso alguna tabú. Y cuando me invitaron, yo no sabía qué cosa podía ser interesante para leer. Así que hablé sobre lo que, para mí, es un tabú, que es hablar de mi estrabismo. Es algo que me da vergüenza. Ahora porque lo tengo mejor, pero en otras épocas, cuando era más chica, era muy estrábica y para mí era realmente muy difícil hablar del estrabismo o reconocerlo. Y por eso me dije, esto que me cuesta tanto es de lo que tengo que escribir. Porque acá hay un universo que a mí me va a transformar y me a hacer pensar cosas nuevas.

— ¿Qué has aprendido escribiendo este libro?

— Lo que aprendí fue más hacia afuera. Yo sigo teniendo problemas en la vista, cosas poco importantes. Ahora tengo presbicia, por ejemplo. Y cada vez que me pasa algo nuevo en relación a los ojos no lo tomo como algo dramático, sino con mucha simpatía. El libro me hizo como encariñarme con todas estas cuestiones y sentir que, cada vez que pasa algo nuevo, es como una nueva página del libro.

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