Todas las mentiras sobre la nueva serie de Catalina la Grande (y por qué es tan asombrosa)

Los dramas históricos televisivos suelen saltarse la realidad en favor del entretenimiento y The Great, la grande, la nueva serie sobre la emperatriz Catalina de Rusia, no es ninguna excepción. Pero lo interesante en este caso es que las omisiones, exageraciones y licencias son grotescas. Y eso, precisamente, es lo que hace a esta producción tan deliciosamente interesante.

No estamos delante de un documental ni de un biopic certero, sino de una comedia, de una sátira más bien, porque seguramente la mejor manera de entender la Corte de los Romanov es a través de la pura parodia.

Pero hay mucho más en esta serie de diez capítulos que diálogos inteligentes y agudos que parecen sacados de una tragicomedia de Shakespeare (con el consiguiente acento inglés de clase alta de todos y cada uno de los personajes). The Great es un festín visual y estético, ácida, glamurosa y totalmente irreverente.

La serie The Great fue escrita nada menos que por Tony McNamara, el guionista de la magistral La favorita, de Yorgos Lanthinos, una «comedia histórica» sobre la disoluta vida en el siglo XVIII en la corte de la reina Ana de Inglaterra.

En la película, la monarca (interpretada por una Olivia Coleman en estado de gracia) se presenta como una mujer débil, caprichosa, desesperada y tan incompetente que resulta una presa fácil de trepas muy ambiciosas que pugnan por ser la favorita indiscutible. Todo ello, por supuesto, en medio de una corte que es, en realidad, un nido de arpías y conspiraciones, de vicio decadente y corrupto.

En The Great seguimos con el mismo tono, aunque con muchísimo más humor –cínico, eso sí– y mucha menos observancia de la realidad histórica.

Hay que decir, no obstante, que The Great fue escrita antes que La favorita o, al menos, fue concebida con anterioridad. A Tony McNamara, de hecho, le atraía mucho la historia de esta mujer adelantada a su tiempo que, entre otras muchas anécdotas de su vida, fue la responsable de las «montañas rusas». Así es: a Catalina le encantaba un pasatiempo muy famoso en el gélido invierno de San Petersburgo consistente en deslizarse en trineo por unas empinadas rampas de madera cubiertas de hielo. Fue Catalina la que sugirió añadirle ruedas al invento y.. voilà!

McNamara comenzó en realidad a preparar una obra teatral sobre La grande cuando, de pronto, Yorgos Lanthimos le llamó para el bizarro pero estéticamente fabuloso biopic sobre la reina Ana y Tony apartó el proyecto de la zarina. Eso sí, gracias al éxito desbordante –aunque inesperado– de La favorita, los productores apostaron por más creaciones de este tipo y se embarcaron en la serie, de diez episodios, sobre la vida de Catalina de Rusia.

Hay que añadir, no obstante, que aparte de un guión de ensueño, el proyecto contó casi desde el principio con dos bazas incalculables: la actriz Elle Fanning (que también produce la serie) y el actor Nicholas Hoult. Ambos habían trabajado juntos seis años antes en Young Ones y se entendían artísticamente a la perfección.

Esta química se observa desde el principio, a pesar de que sus personajes se odian. Y es que, aparte de un matrimonio de conveniencia que no funcionó nunca, Catalina le acabó usurpando el trono a su esposo. Habéis leído bien: 186 días después de ser coronado, el 28 de junio de 1762 para ser exactos, Catalina se deshizo de su marido a través de un golpe que resulto tan sencillo de dar que el mismísimo Federico de Prusia comentó, con sorna, que «Pedro se ha dejado destronar con la facilidad con la que un niño acepta irse a la cama». El tal Pedro, ya sin corona ni reino, murió al cabo de poco tiempo, supuestamente por un «cólico hemorroidal», aunque a nadie se le pasó por algo que fue seguramente asesinado.

Una de las cuestiones más interesantes de la serie es que McNamara tiene un talento único para mostrar todas las facetas de los personajes y hacerlos evolucionar en medio de las circunstancias más rocambolescas.

Catalina la grande. Retrato de una dama, de Robert K. Massie.

Por ejemplo, Pedro II, que era un lerdo de manual, narcisista, despótico y, según las crónicas, bastante feo, aquí demuestra sin ambages que es estúpido y está increíblemente malcriado, pero también desvela ciertos puntos tiernos que lo hacen humano.

El personaje de Catalina es, sin duda, el más interesante, aunque también el menos precisos en términos históricos (si queréis leer una buenísima biografía de ella, Catalina la Grande. Retrato de una mujer, de Robert Massie, está considerada un clásico).

Sí, como dicen en la serie, fue una princesa prusiana de tercera, cuyo verdadero nombre era Sofía von Anhalt-Zerbst (la iglesia ortodoxa le cambió el nombre). Sí, su familia estaba prácticamente arruinada. Sí, fue una mujer de una cultura descomunal, intelectual y ávida lectora, sin duda uno de los mejores exponentes del absolutismo ilustrado.

Pero no, no fue llegar a Rusia y convertirse en Emperatriz. De hecho, tuvo que esperar durante largos años (de 1745 a 1762) a que la emperatriz Isabel III, tía de Pedro, estirase la pata. A pesar de que en la serie Catalina aparece como una jovenzuela ingenua al principio de su reinado, ya tenía 33 años cuando dio su particular golpe de estado y se coronó zarina.

Eso sí, es cierto que ambición desmedida no le faltaba y enemigos, desde luego, tuvo. Y muchos. Tantos, de hecho, que los rumores malintencionados sobre la vida sexual de la emperatriz no tardaron en aparecer. No era ningún secreto que el matrimonio de Pedro y Catalina era un absoluto desastre. De hecho, se dice que él pasó su noche de bodas jugando con soldaditos de promo (se cree que sufría disfunción eréctil).

También es verdad que Catalina tuvo amantes. Una docena, para ser exactos, aunque sus biógrafos aseguran que era monógama y que nunca fue infiel a ninguno. De hecho, se sabe que el gran amor de su vida fue Grigory Orlov Potemkin (si leéis en inglés, Catherine the Great and Potemkin. The Imperial Court Affair, de Simon Sebag Montefiore es una auténtica maravilla).

Sin embargo, sus enemigos exageraron hasta lo absurdo su promiscuidad para restarle méritos como soberana e intentar menospreciar su poder. De hecho, uno de los rumores más persistentes es que había mantenido relaciones sexuales con un caballo. Se llegó a asegurar en su día que la emperatriz había muerto precisamente en pleno coito con un equino. Se supone, o eso se hizo circular, que al «montarla», el semental cayó sobre la emperatriz y la crujió. Lo que es obviamente falso: Catalina murió en su propio lecho de un ataque al corazón. Tenía 67 años y había reinado durante 34, el mayor tiempo de cualquier monarca ruso.

Hasta el día de hoy, de hecho, la mayoría de los biopics de Catalina se habían centrado precisamente en esta sexualidad desbordante y supuestamente libertina, incluso bisexual, de la emperatriz. Mirad, sino, The Scarlet Empress, de Josef von Sternberg (1934), donde Marlene Dietrich encarna esta carnalidad exultante. O A Royal Scandal, de Ernst Lubitsch y Otto Sternberg (1945), que sigue la misma línea.

Más allá de estos rumores (que en la serie salen perfectamente ilustrados), lo más interesante de The Great es la evolución como soberana del personaje. Cómo consiguió ganarse la autoridad y el respeto. Catalina aparece al principio como una princesa ingenua y soñadora, una mujer con un potencial de liderazgo descomunal que, sin embargo, no es consciente de su enorme talento. Se nota que tiene todas las cualidades para ser una gobernanta espectacular, pero no sabe usarlas. Confía en las personas equivocadas. Comete un sinfín de errores.

Sin duda, la Corte zarista le queda enorme y, al comienzo, la única vía que tiene para canalizar sus dotes de mando es a través de la arrogancia. Su vanidad se hace famosa. Su ego acaba siendo descomunal. Pero aprende a sortear obstáculos, a premeditar mejor sus acciones y a confiar más en la estrategia. Acaba sabiendo cómo mover varias fichas al mismo tiempo en el tablero y siempre tiene preparado un plan de contingencia por si las moscas.

En este sentido, está muy bien cómo Elle Fanning, más que reinterpretar al personaje, lo hace suyo para explicarlo mejor para una audiencia contemporánea. Y lo hace con tanta maestría que hace brillar a Catalina en el punto exacto entre la irreverencia y el exceso.

The Great es, sin duda, una nueva prueba de que nos encontramos con una actriz con un potencial más que interesante. Desde luego, su carrera es más que meteórica y está muy bien estudiada. Antes de los diez años, ya la vimos en películas como Babel, de Alejandro Iñárritu, y Somewhere, de Sofia Coppola. Luego vino Maléfica y, más allá de dejarse encasillar en personajes de blockbuster, apostó por proyectos mucho más arriesgados, como The Neon Demon, La seducción o Día de lluvia en Nueva York. Encima, ahora da un nuevo paso y se ha lanzado a producir: a parte de The Great, este año también ha producido Violet y Fisch para Netflix.

Sin duda, estamos delante de otra actriz que, dentro de poco, quizás también debamos llamar «la grande».

  • Artículo escrito por Ana Polo Alonso.

Courbett Magazine

Courbett Magazine es una revista digital y plataforma transmedia dedicada a la edición independiente, el diseño y la promoción del talento.

Más artículos
Todos los mundos mágicos y fantásticos de Montse Rubio

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies