Courbett Magazine Revista de Arte, Cultura y Diseño

vintage handEn 1924, en “Country Life”, la prestigiosa revista inglesa de arquitectura e interiorismo que leían (y todavía leen) las familias de alto abolengo, aparecía un curioso artículo titulado “El palacio de Sus Majestades el Rey y la Reina de Lilliput”. “Lo único que lamento”, decía el autor, Christopher Hussey, “es que, debido a mi desafortunado tamaño, no puedo meterme dentro”.

Alicia en el país de las maravillas.pngNo era el único que lo habría deseado y, a día de hoy, cualquiera que ve el sofisticado e imponente edificio tiene ganas de beber la misteriosa pócima de “Alicia en el país de las maravillas” para poder volverse una miniatura y disfrutar de cada una de las dieciséis estancias de tal regia construcción. Porque,  aunque sea solo una gran casa de muñecas (enorme, de hecho), la verdad es que parece un gran palacio digno de los habitantes de Lilliput.

No es de extrañar que a la reina María, abuela de la actual reina Isabel II, le encantase aquel regalo que le hizo la nación en 1924 para, oficialmente, agradecerle su dignidad y entereza durante la Primera Guerra Mundial.

dollhouse

 

Alicia en el país de las maravillasLa casita en cuestión es una inmensa estructura de madera de un metro y medio de alto donde se recrea minuciosamente, a una escala 1:12, todos y cada uno de los elementos de una gran mansión eduardiana. Incluso tiene baños con tuberías de verdad por donde pasa el agua. Los grifos funcionan y se puede tirar de la cadena del wáter. Hay dos ascensores eléctricos (marca Waygood-Otis) que ascienden y descienden. En el garaje, hay seis coches cuyos motores se encienden. Están los Daimlers que usaba la familia real y algún Rolls Royce. También está una limusina modelo Lanchester con un volante de la marca Rudge-Whitworth y neumáticos Dunlop. En la casa incluso hay un pequeño gramófono de cuerda que funciona (unos discos en miniatura de la marca HMV reproducen el himno de Inglaterra y el “Rule Britannia”). Por no decir que hay rifles que disparan y 1.200 botellas rellenas de auténticos vinos y champanes franceses. Y dejamos para un poco más adelante hablar de las espectacular librería, con obras inéditas de algunos prestigiosos autores (y algunas sonadas ausencias).

 

dollhouse
La habitación del Rey. Imagen de la Royal Collection Trust.
dollhouse
Comedor. Imagen de la Royal Collection Trust. 

¿Por qué se decantaron por semejante regalo para una reina ya adulta? Aquí comienzan los verdaderos interrogantes. Es cierto que la Reina María era una auténtica apasionada de las miniaturas (una afición compartida con la reina Victoria) y que tenía un exquisito ojo para las antigüedades y piezas de artesanía. Por no decir que le encantaba coser, bordar y, sobre todo, hacer punto (una afición que su nieta, la actual reina Isabel II, detesta). Aún así, era estrambótico, por no decir sin precedentes, que recibiera semejante regalo más propio de una niña pequeña.

leonSin embargo, la princesa Marie-Louise, nieta de la reina Victoria y amiga de la infancia de la reina María, pensó que era el mejor obsequio para May, como la llamaba coloquialmente la familia más íntima. Por eso, Marie-Louise habló con el destacado arquitecto Sir Edwin Lutyens, brillante y excéntrico a partes iguales, y éste se puso enseguida manos a la obra.

Lutyens era excepcionalmente bueno. Incluso estaba considerado en su tiempo el mejor arquitecto de la historia del país, sólo por detrás de Christopher Wren, el autor de la catedral de San Pablo en Londres (y algunos aseveran que incluso era mejor que éste). Cuando la princesa Marie-Louise le comenta la idea de una casa de muñecas para la reina, Lutyens ya había construido, entre otras,  el Cenotafio de Whitehall para conmemorar los caídos en la Primera Guerra Mundial y había diseñado la ciudad de Nueva Delhi, que iba a substituir a Calcuta como capital del Imperio Británico en la India.

dollhouse

 

 

 

Por no decir que, en 1904, Lutyens había diseñado los decorados para una obra de teatro de un gran amigo suyo: J. M. Barrie. La obra en cuestión se llamaba “Peter Pan”. De hecho, es a través de la ventana de la habitación de los hijos de Lutyens que Peter Pan escapa. O eso explicaba una de las hijas de Lutyens, Mary. Sea como fuere, a Lutyens siempre se le consideró un “niño eterno” o un verdadero Peter Pan: alguien que renuncia a abandonar la imaginación de la infancia.

Por eso, quizás, el proyecto de crear una gran casa de muñecas le apasionó desde el principio y le dedicó tanto tiempo que, incluso algunos amigos, como la inmensamente famosa Lady Sackville, le reprocharon que le estaba dedicando más atención a la casita de muñecas que a proyectos de más envergadura que tenía entonces entre manos, como la construcción de la sede central de la Compañía Persa de Petróleo. Y, desde luego, tiempo le dedicó: dos años y medio para ser exactos, de 1921 a 1924. Primero en el despacho de Lutyens, en Apple Tree Yard, en el barrio de Saint James, y luego en la propia sala de estar de su casa de Mansfield Street, en Bloomsbury Square, se dio forma a aquel proyecto faraónico que la propia reina iba a visitar periódicamente para comprobar su evolución.

dollhouse

 

Alicia en el país de las maravillasLa casa de muñecas nunca iba a ser utilizada como tal, es decir, para jugar, y siempre se pensó para ser observada desde una distancia prudencial. De hecho, lo que Lutyens tenía en mente con aquella casa en miniatura era algo más megalómano que un simple juguete: quería exponer, lucir, incluso presumir, de la mejor artesanía de Inglaterra. Quería dar a conocer al mundo las virtudes, la exquisitez y distinguido “savoir faire” de las manos más expertas del país. En 1924 se celebraría la “Exposición de Artes y Manufacturas del Imperio Británico” para estimular el comercio y pensó que aquella gran maqueta podía representar lo mejor de los productos británicos. A los comerciantes, claro está, les apasionó la idea y accedieron a prestar sus productos a aquella excéntrica casa de muñecas como una forma de magnífica publicidad.

De ahí que se el proyecto acabó contando con unas 1.500 personas que recrearon a la perfección todo tipo de mueble y utensilio, tanto de la realeza como del servicio. En el cuarto de la criada hay hasta una lata de la marca Vim (dedicado a la limpieza del hogar) y una caja de jabón de lavar la ropa Lux; en los lavabos hay rollos de papel higiénico de la marca Bromo y pasta de dientes de Odontase. Las máquinas de coser son Singer, la aspiradora es de Hoover y las alfombras se hicieron a mano. Hay una diminuta máquina de cortar carne, hay agujas de hacer punto; incluso hay utensilios de jardinería, incluyendo abono. Por no decir que Alfred Dunhill proveyó muestras diminutas de cigarros, pipas y puros, e incluso una lata de “My mixture”, el tabaco que fumaba el rey.

dollhouse

 

Las habitaciones nobles están perfectamente (incluso, ostentosamente) decoradas. Se llamaron a algunos de los mejores pintores del momento (William Nicholson, Gerald Moira, William Walcot) para que realizasen murales e ilustrasen los techos. El afamado retratista Sir Alfred Munnings contribuyó con un cuadro en miniatura del caballo del rey, Delhi. Cartier contribuyó con relojes y Turner, Lord and Co. realizó suntuosos armarios lacados. En el comedor la mesa está preparada para dieciocho comensales y se reproducen dos pequeños tronos en miniaturas.

dollhouse
Piano en miniatura hecho por Lutyens

En el cuarto de los juegos hay juguetes ingleses y también indios. Hay cajas de acuarelas (regalo de Winsor and Newton), trenes en miniatura (de Bassett-Lowke), jarros con golosinas Pascall e incluso un botellín del complejo vitamínico Bynotone, cedido por los boticarios Allen &Hanburys. Las paredes están revestidas con murales repletos de decoraciones orientales hechos por Edmund Dulac, uno de los ilustradores más destacados de finales del siglo XIX y principios del XX.

La biblioteca es otra de las grandes joyas. Incluye 700 libros en miniatura, perfectamente editados en piel por Sangorski & Sutcliffe, los editores de todos los libros de la familia real. Entre las obras, están Shakespeare, la Biblia y un ejemplar del Corán. A los grandes escritores del momento se les pidió que escribiesen obras especiales para el proyecto. J. M. Barrie, Thomas Hardy, Rudyard Kipling, G.K. Chesterton, W.B. Yeats y Edith Wharton cedieron obras. A. A. Milne, autor de “Winnie-the-Pooh”, escribió “Vespers” y Sir Arthur Conan Doyle, autor de la saga Sherlock Holmes, escribió una historia corta “How Watson Learned the Trick” (Cómo Watson aprendió el oficio).

 

dollhouse

 

No todos fueron tan entusiastas, claro está. Virginia Woolf se negó a participar y también George Bernard Show rechazó la oferta “de muy malas maneras”. El músico sir Edward Elgar, conocido por sus patrióticas composiciones, incluso reaccionó con furia al ofrecimiento. En privado se quejó: “todos sabemos que el Rey y la Reina son incapaces de apreciar cualquier cosa artística (…) Considero por tanto un insulto que a un verdadero artista se le pida que participe en semejante tontería”.

A pesar de estos pequeños contratiempos, el proyecto acabó siendo un éxito. Lutyens celebraba regularmente lo que llamaba los “Dollyleuyah Dinners” en el hotel Savoy para poner en común a todos los artistas y comerciantes implicados en el proyecto. En concreto, había 250 artesanos, 60 decoradores y unos 700 artistas, además de 600 escritores y unos 500 donantes (que facilitaban maquetas). En total, la casita incluye 1000 obras de arte.

Lo único que no se reprodujo, como muy bien observó la princesa Marie Louise, es el teléfono.

reloj bolsillo vintageEl resultado, a parte de un alarde de artesanía del más alto nivel, es también un billete de ida al pasado. La mansión refleja un mundo que se había acabado: el mundo de los últimos años del siglo XIX y la primera década del siglo XX. De hecho, es una reivindicación nostálgica de la época eduardiana. Luyens podría haber diseñado algo más propio de los años treinta o haberse decantado por innovaciones, como el poderoso arte Modernista que entonces arrasaba en la Europa continental. Pero no hay ni una sola cesión a tales “revoluciones”.

La casa no es un palacio real (no hay grandes salas para recepciones ni salones de baile). Es una casa urbana de la alta aristocracia y su exterior recuerda a la de “Banqueting House”, en Whitehall, obra de Inigo Jones. También hay elementos de Hampton Court, obra del reverenciado Christopher Wren. Lutyens, que como arquitecto fue un gran revolucionario (llegó a crear un nuevo orden arquitectónico para sus construcciones en Nueva Delhi), renunció él también a sus propias innovaciones. Fue como si quisiera mantener congelado en el tiempo una época ya pasada y que muchos creían mucho mejor.

dollhouse.jpg
El salón. Imagen de la Royal Collection Trust. 

Muchos de los más del millón y medio de visitantes que recibió la casa la primera vez que fue expuesta quizás sintieron también ese toque nostálgico. La casa se exhibió por primera vez en 1924, en la Exhibición del Imperio Británico, celebrada en lo que es hoy el estadio de fútbol de Wembley. Luego pasó por otra exposición, la organizada en Olympia por el Daily Mail sobre las “Casas Ideales”. Más tarde encontró su destino definitivo: una sala especialmente habilitada en le palacio de Windsor. Allí la reina María la admiraba con frecuencia y complementaba la colección de miniaturas con algunas suyas propias (como una pequeña estatuilla de Fabergé).

Hoy sigue allí, mirándonos desde otro tiempo y otra era. Recordándonos un pasado que ahora nos resulta tan exótico y fantasioso como el propio reino de Lilliput.

Deja un comentario

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.

Este sitio web utiliza cookies para que usted tenga la mejor experiencia de usuario. Si continúa navegando está dando su consentimiento para la aceptación de las mencionadas cookies y la aceptación de nuestra política de cookies, pinche el enlace para mayor información.plugin cookies

ACEPTAR
Aviso de cookies