Todas podemos ser Annie Ernaux

Annie Ernaux

Por Ana Polo Alonso

Courbett Magazine

Así comienza «Los años», de Annie Ernaux:

Todas las imágenes desaparecerán.

la mujer en cuclillas que orinaba a plena luz del día detrás de un barracón que hacía las veces de bar, junto a las ruinas, en Yvetot, después de la guerra, se subía las bragas de pie, con la falda remangada, y se volvía al bar

la cara cubierta de lágrimas de Alida Valli bailando con Georges Wilson en la película «Una larga ausencia»

el hombre con el que nos cruzábamos en una acera de Padua, en el verano de 1990, con las manos pegadas a los hombros, evocando inmediatamente el recuerdo de la talidomida prescrita a las mujeres embarazadas con las náuseas treinta años antes y a la vez el chiste que se contaba justo después: una futura madre está tejiendo una canastilla mientras toma talidomida, una vuelta, una pastilla. Una amiga espantada le dice, no sabes que tu bebé puede nacer sin brazos, y ella contesta, sí, ya lo sé, pero no sé tejer mangas

Claude Piéplu, a la cabeza de un regimiento de legionarios, con la bandera en una mano y con la otra tirando de una cabra, en una película de Los Charlots

esa dama majestuosa, enferma de Alzheimer, vestida con una camisola de flores como el resto de los pensionistas de la residencia de ancianos, pero ella, con un chal azul por los hombros, caminando sin cesar a zancadas por los pasillos, con altivez, como la duquesa de Guermantes en e Bois de Boulogne y que evocaba a Céleste Albaret tal y como apareció una noche en un programa de Bernard Pivot

en un escenario de teatro al aire libre, la mujer encerrada en una caja que unos hombres habían atravesado de parte a parte con lanzas de plata, rescatada viva porque se trataba de un truco de prestigitación denominado EL martirio de una mujer

las momias en harapos de encaje colgando de las paredes del convento dei Cappuccini de Palermo la cara de Simone Signoret en el cartel de Thérèse Raquin

A pesar de ser la gran dama de las letras francesas, Annie Ernaux no deja de sentirse una tránsfuga, alguien que ha traicionado a su clase social. Una mujer que se alejó de sus padres, dejó atrás su infancia en la Francia rural de los años cuarenta y se convirtió en una “petite bourgeoise”.

Annie Ernaux -- Los años

Hoy, a sus 79 años, es una de las mejores escritoras vivas. Ha recibido premios de incuestionable prestigio: el Formentor, el Renaudot y el “Prix de la langue française”. Autores como Emmanuel Carrère, Virginie Despentes o Édouard Louis la admiran. 

Pero para sus adentros Annie Ernaux no deja de ser la hija de unos humildes tenderos de Normandía que tuvieron que hacer un sinfín de sacrificios para que ella “pudiera sentarse en un anfiteatro universitario para escuchar hablar de Platón”. 

Es la adolescente que entendió la sexualidad de una manera libre cuando aún era tabú, la mujer que sufrió un matrimonio que la asfixiaba, que tuvo problemas para conciliar su maternidad con su carrera profesional, que sufrió un cáncer de pecho y tuvo celos y envidia cuando su ex pareja rehizo su vida sentimental con una mujer más joven. 

Es la escritora que decidió transformar todas estas experiencias en libros. El aborto, el despertar sexual, el divorcio, la muerte de un padre, la enfermedad de una madre, un cáncer… Annie Ernaux no ha tenido miedo de enfrentarse a todas estas cuestiones. Porque eso es ella. Y eso podemos ser tantas otras. 

Annie Ernaux cuenta en sus libros su propia vida y todas las nuestras. A través de recuerdos, memorias y reflexiones, reconstruye su biografía y, también, la historia de un país que en los últimos años ha vivido cambios vertiginosos y ya apenas se reconoce a sí mismo. 

El yo y el nosotros. Annie Ernaux sabe que la suya no es una historia aislada, sino el producto de unas circunstancias muy concretas que marcaron a toda una generación. Por eso da voz a mujeres que nacieron en un espacio y un tiempo determinados y, a través de ellas, explora temas que transcienden barreras, edades, culturas y fronteras: el amor y el dolor, la vergüenza y la esperanza, los celos, el deseo y la pasión. 

Gracias a estas “radiografías colectivas”, a estas narrativas sociológicas, Annie Ernaux se ha convertido en la gran exponente de lo que se ha llamado “la literatura del yo”. Fue una de las pioneras, de hecho, cuando el género todavía no había invadido todas las librerías. Pero el suyo no sólo es un “yo” íntimo, particular, específico. El suyo es un yo social. Un yo que es un nosotros. O, más bien, un nosotras. 

Porque todas podemos ser Annie Ernaux. 

***

“Escribiría igual aunque no tuviera un sólo lector, porque escribo para comprender lo que viviendo no entiendo”, explicó Annie Ernaux en una entrevista cuando vino a España este 2019 a recoger el Premio Formentor. 

Pero llegar a encontrar su voz, su escritura, no fue en absoluto sencillo. Primero probó con novelas que, partiendo de hechos biográficos, se movían en la pura ficción. Pero luego se dio cuenta que tenía que centrarse en lo que ella llama el “je transpersonnel”, sus escritos “auto-socio-biográficos”. 

Descubrió su camino literario con dos libros: “La Place”, centrado en su padre; y “Une femme”, sobre su madre. A partir de aquí, en todos sus libros destaca esta indagación íntima y colectiva al mismo tiempo. 

Y, también, una manera muy particular de escribir: Annie Ernaux destaca por una prosa libre, vanguardista y experimental, claramente exigente, donde explora el valor de cada palabra. Para ella, la literatura es una disección de la realidad a través del leguaje y también, y manera primordial, de las sensaciones. “Para mí, la literatura no sólo es la historia y el contenido, sino también la forma”, reconoció. 

***

Annie Ernaux vive en una “grande maison” de Cergy-Pontoise, a media hora de París en tren, una de esas “villes nouvelles” que el Presidente Pompidou levantó para atenuar la asfixiante densidad de la capital. Su casa es un remanso de elegancia (preciosas cortinas azules, mullidos sofás, librerías de madera, rodeada de naturaleza), pero sorprende que esté en una ciudad artificial sin pasado ni historia. Porque choca con una mujer que está obsesionada con la memoria y la nostalgia. “Esta urbe sin pasado es el único lugar donde me sentía bien. Las ciudades históricas me recuerdan a una larga tradición de exclusión social. Aquí podía vivir sin sentirme sometida a ese determinismo”. 

Ernaux es de un refinamiento cortés y sutil, con una educación exquisita. Está muy lejos de cualquier arrogancia o vulgar postureo, y eso se nota en sus libros: su literatura es intensa, profunda, pero el registro es aséptico, totalmente neutro, sin sentimentalismos. “No soy una escritora que se centre en las emociones”, reconoce sin problemas. 

¿Por dónde comenzar a leer su obra? Seguramente “Los años” sería la mejor opción: es el libro que resume toda su obra y su maestría. En francés fue publicado originalmente en el 2008 y aquí nos lo ha traído recientemente Cabaret Voltaire con una exquisita traducción de Lydia Vázquez Jiménez. 

Abro paréntesis: pocas veces se hace justicia a los traductores, pero esta vez hay que resaltar el trabajo de Vázquez, porque traducir un libro así no es nada sencillo y ella consigue capturar todas las tonalidades de las palabras, así como sus silencios. Cierro paréntesis. 

En “Los años”, Annie Ernaux repasa su vida, desde su modesta infancia en un pueblecito de Normandía hasta su los acontecimientos más recientes. Es el recorrido vital de una joven que quiere ser escritora, que expone sus dudas, sus búsquedas formales, sus interrogantes personales. También es el retrato de una mujer y de todo un país que, a través de memorias, sueños, meditaciones, pinturas y muchas fotografías Ernaux nos propone rastrear el paso del tiempo de toda una generación. Es un recuerdo de más de medio siglo de historia reciente de Francia y en él se entrelazan lo personal y lo social, lo privado y lo público. 

“Los años” es un libro de una ambición literaria indudable que, sin embargo, se lee con una agradable facilidad. Tan ambicioso es el libro que inicialmente iba ser llamado “roman total”, la “novela total”, aunque luego cambió de opinión (por cierto, la coincidencia del nombre con la novela “The years”, “Los años”, de Virginia Woolf es eso: pura coincidencia). 

Annie Ernaux siempre había querido escribir este libro, pero no se puso a escribir hasta el verano del 2002. El primer impulso, sin embargo, lo había tenido treinta años antes, a finales de la década de los sesenta, su “punto de inflexión” como dice ella, cuando giró la vista atrás, hacia su pasado, y tuvo la idea de escribir la historia de una mujer. De ella, de todas. 

“Por aquel entonces yo no había vivido lo suficiente (nació en 1940). Sobre todo, no tenía en esta época las herramientas de escritura y de pensamiento necesarias. Sólo tuve entonces el deseo de escribir”. 

Un deseo que se transformó en una imagen nítida cuando se topó por primera vez con un cuadro de la pintora Dorothea Tanning titulado “Aniversario”. Representa a una mujer medio desnuda delante de una hilera de puertas entreabiertas: era la metáfora que Ernaux necesitaba para coser todos sus recuerdos, para guiarlas entre todas las “puertas” de su memoria. 

Ya tenía el hilo conductor, pero ahora necesitaba el desarrollo formal. Y para ello era preciso pulir el estilo, encontrar su propio registro. Comenzó por ello a apuntar sus recuerdos en un cuaderno que le sirve de diario y siguió escribiendo novelas que le sirvieron de preparación para su gran obra. Publica “Passion simple” en 1992 y luego “La Honte” en 1997, el libro que ella considera la introducción a “Los años”. 

Finalmente, en verano del 2002, decide dar el salto. 

“Me dije a mí misma que tenía que hacerlo. Me di de plazo hasta Navidad. Pero justo en esa época descubrí que tenía un cáncer de pecho. Ya no tenía tiempo de plantearme ciertas preguntas. Ya era una cuestión de urgencia ponerme a escribir. Y lo hice. Me dije a mí misma: puede que llegue o no, que me recupere o no, eso poco importa, lo que tengo que hacer es continuar”. 

Y continuó. 

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