Todo lo que sabemos de la nueva adaptación de “Emma”, de Jane Austen

El catorce de febrero, día de los enamorados (¿qué mejor momento?), se estrenó en Inglaterra la nueva adaptación de Emma, la novela de Jane Austen, con Anya Taylor-Joy como Emma Woodhouse, la inteligente, riquísima y soltera protagonista. 

La crítica inglesa ha sido de lo más benigna e incluso el exigente “The Guardian” la dicho que la película es “divertida, ligera y no del todo mal hecha”. Lo cual es un motivo más para verla en cuanto se estrene por estos lares. Aunque, personalmente, más allá de unas buenas interpretaciones (y que los escenarios son fastuosos y sensacionales, con esas maravillosas “manors” inglesas), lo que más me interesa es que esta nueva adaptación viene firmada por Eleanor Catton, y eso son palabras mayores. 

Eleanor Catton es la novelista neozelandesa que ganó el prestigioso “Man Booker Prize” en 2013 por “Las Luminarias” (aquí editado por Siruela con una exquisita traducción de Celia Montolío). El libro, su segunda novela, es un auténtico prodigio narrativo, una historia inteligente, intrincada y brillantemente construida. Avanzo el principio de la trama: un tempestuoso día de enero de 1866, una prostituta, de nombre Anna Wetherell, es arrestada. Lo que podría parecer un hecho sin más interés en la Nueva Zelanda azotada por la fiebre del oro desencadena, sin embargo, una rocambolesca trama. Porque tres acontecimientos misteriosos se producen ese mismo día: una enorme fortuna se descubre en la casa de un borracho indigente, un hombre rico desaparece y un capitán de navío de mala reputación suspende todos sus tratos y leva anclas, como si pretendiera darse a la fuga. Hacedme caso: leed el libro. 

“Las Luminarias” tiene como trasfondo el opresivo ambiente victoriano del Imperio Británico, con lo que Catton se mueve a la perfección en la mentalidad, usos sociales y mentalidad del siglo XIX. Además, en una entrevista reconoció que uno de los libros que más le han marcado fue “Anna Karenina”, de León Tolstoy (“me enseñó lo que una novela puede ser y hacer, no sólo formalmente sino emocionalmente”), con lo que bucea como pocas en la mente de las mujeres en situaciones extremas. 

Tengo que reconocer, sin embargo, que al ver los primeros tráilers, me asusté un poco. Una música atronadora (“Las cuatro estaciones” de Vivaldi a ritmo de rock) y una producción más afín a los gustos millenials que al regusto vintage. Por no decir que la película comienza de la manera menos victoriana posible: enseñado cuerpos desnudos (la primera vez que aparece, el señor Knightley está en pelotas, y más tarde la propia Emma calienta su trasero en una chimenea ardiendo). 

Josh O’Connor y Tanya Reynolds como el señor y la señora Elton.

Quizás, pensé, la guionista y la directora han intentado hacer lo que Yannos consiguió con “La favorita”: hacer una adaptación contemporánea, con una estética vanguardista y rompedora, de una historia del pasado, todo ello aderezado con trajes de época y mansiones de campo. Al fin y al cabo, la guionista es una mujer joven (la más joven en ganar el Booker) y la directora, Autumn de Wilde, sólo era conocida por dirigir videoclips para “The White Stripes” y “Florence and the Machine”. La estética de la película, además, con su suntuoso colorido, sus planos cortos y la obsesión por lo pastel, recuerda un tanto a la “Maria Antonieta” de Sofia Coppola (y hay algún que otro guiño al “Gran Hotel Budapest” de Wes Anderson). Aunque la diseñadora de vestuario Alexandra Byrne y la de producción, Kave Quinn, emplearon grabados georgianos como inspiración, finalmente se decantaron por una paleta de color que, en otras manos, hubiese resultado ñoña: verde menta y rosa pálido, amarillo suave y naranja oscuro. 

Pero no temamos: más allá de algún hecho puntual perfectamente asumible, “Emma” no se desvía excesivamente del libro original. Incluso los diálogos son prácticamente calcados. Respiremos todos aliviados. 

Siendo sinceros, tampoco es que hubiese pasado nada si se hubiese alterado un poco el lenguaje. Al fin y al cabo, en la adaptación de “Mujercitas”, de Greta Gerwig (y en otra gran película que estoy esperando con ansia: “La historia personal de David Copperfield”, firmado por Armando Iannucci), las conversaciones se olvidan un poco del acento del siglo XIX y se adaptan mejor a nuestro estilo contemporáneo. A pesar de ser historias del siglo XIX, y estar rodadas con la estética de antaño, las situaciones son perfectamente reconocibles en el día de hoy. 

Con “Emma”, sin embargo, no se ha necesitado tanta actualización y reedición. Eleanor Catton reconoció que, cuando la contrataron, volvió a leerse la novela y la encontró “fresca, íntima, no sentías que estabas con un libro de más de doscientos años de edad”. La directora, Autumn de Wilde, era de la misma opinión: “una gran historia es siempre una gran historia. Mi objetivo no era modernizarla, sino sólo humanizarla”. 

A nadie se le escapa, sin embargo, que tanto Catton como de Wilde se enfrentaban a otro gran reto: “Emma” ha sido ya versionada unas cuantas veces en la pequeña y gran pantalla. Sobre todo en la década de los noventa, cuando hubo tantas adaptaciones de libros de Jane Austen que la prensa comenzó a hablar de “Austenmania”, “Emma” tuvo tres películas: la protagonizada por Gwyneth Paltrow, una versión de televisión con Kate Beckinsale y una adaptación ultramoderna, con protagonistas en un instituto, llamada “Clueless”, con Alicia Silverstone en el papel principal. 

A Catton, sin embargo, estas versiones no la atemorizaban, ni siquiera la famosa interpretación de Gwyneth Paltrow. “Nunca ha habido una auténtica adaptación al periodo”, reveló en una entrevista al New York Times. A todas las cintas antiguas les faltaba el sentido del humor y, en cambio, pecaban de estereotipar demasiado a algunos personajes. 

Catton, sin embargo, les ha dado libertad, les ha devuelto el oxígeno. Porque, a pesar de que muchos crean que las novelas de Jane Austen sólo tratan de mujeres encorsetadas y reprimidas, en realidad, sus personajes femeninos son muy libres, inteligentes y rompedoras. Es cierto que quieren casarse y muchas novelas giran entorno de la obsesiva búsqueda de un marido perfecto, pero se trata el tema desde un gran ironía, incluso con puro sarcasmo y acidez. Sus protagonistas no son simples damiselas inocentes que se pasan el día tomando el té y bordando: son mucho más poliédricas, complejas e interesantes. 

Sobre todo el personaje de “Emma”. La propia Jane Austen dijo de ella que “no le gustará a nadie, excepto a mí”. Emma es una snob manipuladora que sabe ser perfectamente agradable, pero que esconde una mente maquiavélica. A pesar de su aspecto frágil y angelica, con muchas mujeres que la rodean es condescendiente, completamente fría y desdeñosa. 

Aquí está en todo su (convulso) esplendor. 

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