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Era tan obsesiva con su privacidad que se refugió detrás de varios pseudónimos tanto en público como en privado. Escribía novelas de misterio como Josephine Tey y su reducido grupo de amigos la conocía como “Gordon”, por Gordon Daviot, el alias con el que firmaba sus obras de teatro. Aunque ni era Josephine ni Gordon, sino Elizabeth, Elizabeth MacKintosh. En su familia la llamaban Beth y en el colegio le apodaron “Bessie Mack”. 

Pocas fotos de ella existen, nunca concedió entrevistas, sus pocos amigos estaban perfectamente compartimentados para que no se mezclaran ni llegaran a intimar en exceso, y cuando murió sólo un puñado de personas acudió al entierro. Los periódicos le dedicaron unos discretos obituarios y dos días más tarde, el 13 de febrero de 1952, cuando se enterró con toda pompa y ceremonia al rey Jorge VI de Inglaterra y el país entero se sumió en el luto oficial, todo el mundo se olvidó completamente de aquella dama escocesa que nunca había querido destacar.

Sin embargo, a pesar de su discreción patológica, su obra tuvo una repercusión más que notable e influyó en escritores como Stephen King. Alfred Hitchock llevó al cine en 1937 una de sus novelas, “A Shilling for Candles”, con el título “Inocencia y juventud”. La BBC ha versionado muchas de sus obras y su último libro, “The Singing Sands” fue adaptada a la televisión, con John Carson como el detective Alan Grant.

 

Alfred Hitchock con los actores Marey Clare y Clive Baxter, protagonistas de “Joven e Inocente”

 

Aunque prácticamente nadie la recuerde en Gran Bretaña, Josephine Tey formó parte del cuarteto de damas que definieron la Edad de Oro de la novela británica de misterio. Las otras tres eran Agatha Christie, Dorothy Sayers y Ngaio Marsh. De todas las obras que publicaron estas ilustres escritoras, las de Tey son las más logradas. Su novela “La Hija del Tiempo” (aquí publicada por RBA) fue incluso elegida en 1990 como “la mejor novela de misterio de la historia” por la Asociación Británica de Escritores de Obras Policiacas. 

Desde luego, es un auténtico prodigio narrativo en donde el protagonista, Alan Grant, inspector de Scotland Yard, reconstruye y resuelve el crimen más famoso de la historia de Inglaterra desde la cama de un hospital. Después de observar un retrato de Ricardo III, considerado un auténtico tirano que no dudó en asesinar a sus dos sobrinos en la Torre de Londres, Grant considera que quizás la historia ha sido injusta con él y que seguramente era inocente. A partir de ahí, Josephine Tey se embarca en una investigación magistral, aunque llena de conjeturas, que revisa a uno de los personajes más controvertidos y supuestamente crueles de todos los tiempos; un tipo al que el mismísimo Shakespeare inmortalizó magistralmente como un sanguinario sin escrúpulos.

No es, desde luego, una novela policíaca al uso, como tampoco lo son las tres obras que la exquisita editorial Hoja de Lata ha recuperado recientemente: “La señorita Pym dispone”, “El caso de Betty Kane” y, hace poco, “Patrick ha vuelto” (las tres, cabe destacar, con magníficas traducciones de Pablo González-Nuevo). 

En la última trata el misterio que rodea a los Ashby, unos terratenientes ingleses dedicados a la cría de caballos y que hace unos años perdieron en extrañas circunstancias a un sobrino. Justo cuando Simon, el hermano mellizo del desaparecido, va a cumplir la mayoría de edad, aparece en el pueblo un extraño llamado Brat Farrar que asegura que es Patrick, el otro hermano mellizo y sobrino perdido. Como Patrick era el mayor de los mellizos, Brat Farrar reclama toda la fortuna de los Ashby. Obviamente, nadie le cree, pero la cuestión del libro es descubrir quién es la persona cercana a los Ashby que está guiando sus perversos pasos.

 

El Detection Club

Pocos son los que recuerdan que Agatha Christie y Dorothy Sayers fueron dos de las fundadoras del “Detection Club”, una suerte de agrupación británica de escritores de misterio cuyo primer presidente fue el mismísimo G. K. Chesterton y que se reunían periódicamente para cenar en Londres. Para la posteridad ha quedado el original juramento que habían de pronunciar todos los que querían ingresar:

“Do you promise that your detectives shall well and truly detect the crimes presented to them using those wits which it may please you to bestow upon them and not placing reliance on nor making use of Divine Revelation, Feminine Intuition, Mumbo Jumbo, Jiggery-Pockery, Coincidence, or Act of God?”

A parte de la promesa inicial, el “Detection Club” llegó a establecer las cinco reglas que debía observar cualquier novela de misterio que se preciara de ostentar tal título, a saber:

1.       La solución de los misterios o enigmas debe ser necesaria para resolver el conflicto central.

2.       El detective debe usar su ingenio y su habilidad para resolver el enigma en un contexto concordante con la historia.

3.       La solución del problema debe ser solo encubierta por el escritor.

4.       Circunstancias improbables o inusuales, super-criminales, venenos desconocidos, entradas o pasadizos secretos, coincidencias y casualidades afortunadas no deben ser usadas en la novela policial clásica.

5.       Finalmente, la justicia debe ir de la mano del detective y debe aplicarse al final de la historia sobre el verdadero criminal.

Uno de los miembros del club, Ronald Knox, un cura católico, acabó perfeccionando esta lista con lo que él denominó “Los diez mandamientos”, entre los cuales se establecía que “el criminal debe ser alguien mencionado en la primera parte de la historia, pero no debe ser alguien cuyos pensamientos el lector haya podido seguir”.

 

El reverendo Ronald Knox, sacerdote católico y escritor de novelas de misterio

 

No es de extrañar que Josephine Tey nunca formara parte del “Detection Club”. Ella rompió prácticamente todas las normas del género. Desde su primera novela de misterio (“The Man in the Queue”, en 1929) a la última (“The Singing Sand”, publicada póstumamente en 1952) se saltó las reglas a la torera e incluso en “La hija del tiempo” se quejaba explícitamente de la uniformidad soporífera en la que habían caído las obras de este género. De hecho, mientras está convaleciente en el hospital por una pierna rota, el inspector Alan Grant intenta matar el tiempo leyendo novelas de detectives, pero ninguna acaba de convencerle. “¿No ha habido nadie, absolutamente nadie, en todo el mundo que no haya cambiado alguna vez la trama?”, se lamentaba. “Los escritores de hoy siguen tan a pies juntillas un modelo que el público ya no espera nada más”, sentenciaba.

Josephine Tey llega incluso a obviar la regla número uno: que haya, explícitamente, un asesinato. En “The Franchise Affair”, escrita en 1948, el máximo crimen es que una de las protagonistas asegura haber sido secuestrada por dos mujeres. Y sabemos desde el principio que está mintiendo.

 

Elizabeth, Gordon y Josephine

Josephine Tey era el pseudónimo que empleaba para las novelas de misterio, pero antes de adentrarse en este género había escrito obras de teatro con el alias de “Gordon Daviot”. Y, antes incluso de comenzar su carrera de escritora, era simplemente Elizabeth “Beth” Mackintosh, una niña escocesa nacida el 25 de julio de 1896 en Inverness, la capital de las Highlands. Su padre, Colin, era frutero; su madre, Josephine, era maestra. Tenía dos hermanas más pequeñas, Jane Ellis y Mary Henrietta, y se sabe que de pequeña era una niña risueña y muy tímida que odiaba estudiar y que disfrutaba con la gimnasia.

De hecho, acabó estudiando en la “Anstey Physical Training College” de Erdington, en Birmingham, la institución que luego tomará como escenario para “La señorita Pym dispone”, aparecida en 1946. Durante la guerra dio clases de educación física y fue enfermera. Luego fue profesora en varios colegios. En uno de ellos, unos alumnos dejaron caer unas pesadas mazas sobre su cabeza. El incidente le inspiró para emplear las mazas como método de asesinato en  “La señorita Pym dispone”.

Cuando murió su madre, en 1923, Elizabeth Mackintosh se instaló en Inverness para cuidar a su padre, que viviría hasta 1950. Muchas veces se ha dicho que su padre era inválido, y por ello requería la compañía constante de su hija. Pero se han encontrado documentos que prueban que el señor Mackintosh ganó concursos de pesca de salmón hasta bien entrado los ochenta años. Es uno de los mitos, o de las medias verdades, que circulan sobre su vida. Y todo parece indicar que ella misma era la que fomentó esas ideas falsas sobre su biografía, aunque solo fuese para despistar. 

Los pocos que la conocieron revelaron que la descripción que Josephine Tey  hizo de una actriz en su novela “A Shilling for Candles” era, en realidad, el máximo contenido autobiográfico que la escritora desveló:

 

“No le gustaba que la entrevistasen. Y solía contar una historia diferente cada vez. Cuando alguien le señalaba que aquello no era lo que había dicho la última vez, ella contestaba: “¡Es que eso es tan aburrido! He pensado en algo mucho mejor”. Nunca nadie supo quién era realmente”.

 

Lo que sí se sabe a ciencia cierta es que fue entonces cuando comenzó a escribir. Lo primero fueron cuentos cortos para “The Westminster Gazette”, en 1925, con el pseudónimo de “Gordon Daviot”, que era en realidad el nombre de un distrito a las afueras de Inverness donde la familia Mackintosh solía veranear.

Luego vinieron “Kif: An Unvarnished Story”, su primera novela, y unos meses más tarde “The Man in the Queue”, su primer libro de misterio y el primero que firmó como Josephine Tey. Josephine era por su madre; Tey era el apellido de un tatarabuelo suyo que había vivido en Suffolk. La novela estaba dedicada a “Brisena, que fue quien la escribió”; Brisena era, en realidad, el nombre que le había puesto a su máquina de escribir.

A partir de ahí alternó los pseudónimos de Gordon Daviot y Josephine Tey: el primero lo acabó empleando para las obras de teatro y el segundo para las novelas de misterio. Se cree que disfrutaba más como dramaturga que como escritora policíaca o al menos así lo creyó el prestigioso actor de teatro Sir John Gielgud, aunque hay quien discrepa. En una carta a su editor, Nicholas Davies, la propia autora reconoció que gozaba más viendo sus novelas de Josephine Tey en el “Times Book Club” que sus obras en el “New Theatre”. En cualquier caso, no cabe duda que sus obras de teatro fueron excelentes e incluso su “Richard of Bordeaux”, protagonizada por Gielgud, fue un éxito descomunal y estuvo en cartel todo el año 1932. 

 

El actor John Gielgud en su papel de “Richard de Bordeaux”. Fotografía de Yvonne Gregory. 1933. 

 

Obviamente, no siempre la fórmula fue exitosa. Su segunda obra de teatro, “The Laughing Woman”, estrenada en 1934 y basada en la vida del escultor Henri Gaudir-Brzeska, fue un rotundo fracaso.

Altibajos aparte, Josephine/Gordon se empleaba siempre a fondo: investigaba cada detalle (preguntaba incluso a la policía de Inverness), trabajaba cuidadosamente a cada uno de los personajes y dedicaba a tiempo a crear tramas inteligentes y bien trabadas que luego redondeaba con un estilo narrativo elegante y meticuloso.

El proceso de escribir era para ella un ritual minucioso en donde no cabía distracción alguna. Cada persona que aparece en los libros, incluso los de segunda fila, están perfectamente estudiados. Ninguno presenta descripciones genéricas, ni cae en clichés sobreexplotados. Sus protagonistas tienen defectos y asumen errores. Incluso en “A Shilling for Candles” se mofa de la perfección poco creíble que presentan algunos detectives de novela: “cuando llegó el café aún no había hallado la respuesta (…) Le encantaría haber sido una de esas maravillosas criaturas de instintos prodigiosos y juicios infalibles que adornaban las páginas de las historias de detectives, en vez de ser un simple inspector trabajador, bienintencionado, con una inteligencia normal”. 

Tanto trabajo requería una dedicación obsesiva y Josephine se convirtió por voluntad propia en un “lone wolf”, un lobo solitario, que no invitaba a la confraternización. Odiaba profundamente conocer gente nueva y entablar una conversación con alguien que no conocía le producía un miedo intenso que rozaba lo patológico. Los habitantes de Inverness y muchos de las que la trataron a nivel profesional recuerdan las barreras que imponía. Lo máximo que admitía de tanto en cuanto en una conversación absolutamente liviana y pasajera sobre la belleza del pequeño jardín que rodeaba su casa. Nada más.

Incluso los que más la trataron, incluidos los que se consideraban sus amigos, admitieron que nunca llegaron a conocerla del todo. El actor John Gielgud reconoció que “nunca me habló de su juventud o de sus ambiciones. Era duro sonsacarle este tipo de detalles…Era difícil saber lo que sentía de verdad, dado que no confiaba en prácticamente nadie, ni siquiera en sus pocos amigos íntimos”. 

Quizás era porque ni siquiera ella sabía quien era realmente. Elizabeth, Josephine y Gordon acabaron siendo tres personas distintas; incluso las cartas que firmó como Gordon no tienen nada que ver con las que escribió como Josephine y aún menos que las que acuñó como Elizabeth. El tono era distinto. 

 

 

No es que no tuviera interés por el mundo que la rodeaba y las personas que lo poblaban; al contrario. En una carta a su amiga Caroline Ramsdem le implora que pregunte un corredor de carreras de caballos sobre sus aficiones. Quiere basar su personaje de Brat Farrar en él y necesita saber una serie de detalles: “lo que piensa, lee, dice, come, si le gusta el bacon crujiente y muy hecho”. Lo que le ocurre es que ella no quiere conocerle en persona, sólo saciar su curiosidad. “Una vez mi curiosidad está satisfecha, mi interés finaliza. Pero hasta que el dibujo está completa mi curiosidad es inmensa”. 

Tampoco se le conocieron excesivas aficiones, más allá de escribir. Se sabe que le gustaba el chocolate, el cine y las carreras de caballos y que, cuando no estaba inmersa en alguna de sus obras, solía estar simplemente tumbada durante horas, con los ojos abiertos, sin pensar en nada. 

Cuando supo que estaba enferma y que no le quedaba mucho tiempo de vida, no se lo comentó a nadie. Su amigos se enteraron de su muerte por la prensa. En el entierro, en el crematorio de Streatham, en el sur de Londres, se reunieron poquísimos allegados. Lo único que pudieron esclarecer es que, el día anterior a su muerte, había dejado Escocia y se había instalado en un Club donde solía hospedarse cuando iba a Londres, situado en Cavendish Square. No llamó a nadie. No dejó ningún mensaje. 

Se fue con el misterio propio de uno de sus libros. Con la discreción obsesiva, patológica, que había marcado su vida. Tan sólo dejando como pistas las páginas de sus novelas. 

 

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