Un jardín secreto en Venecia

En la isla de Giudecca, al sur de Venecia, hay un jardín secreto y olvidado con un nombre que incita a la imaginación: el jardín de Eden, o el «jardino edeno», como lo conocen los lugareños. Detrás de unas verjas de metal, donde ahora sólo crecen libremente matorrales y sólo se conservan árboles, hace décadas floreció un esplendoroso enclave, tan impresionante que Henry James decidió incluir el lugar en «Los papeles de Aspern«.

No sería el único escritor que lo inmortalizaría. El Jardín de Eden sale en una novela de D’Annunzio y en otra de Anna de Noailles. Cocteau lo incluyó en uno de sus poemas («Jardin exquisement fatal!/Sépulcre embrousaillé de roses«). Pero el libro que mejor lo retrata es el de su creador, Frederic Eden (1828-1916), un aristócrata inglés, tío abuelo del Primer Ministro Anthony Eden, que recogió pormenorizadamente cómo planeó, junto con su mujer, Caroline, aquel pequeño paraíso vegetal en una isla donde, en principio, poco se podía plantar.

Italia fue el lugar escogido por los Eden para establecerse dado el delicado estado de salud de Frederic. En el país ya había establecida una pequeña colonia británica de aristócratas, profundamente enamorados de las ruinas arqueológicas y la arquitectura renacentista y que disfrutaban con la jardinería. Pero jardines a la inglesa, alejados de la formalidad encorsetada de los jardines reales franceses. Por ejemplo, Sir George Reresby Sitwell, un contemporáneo de Eden, adquirió el «Castelo di Montegufoni«, cerca de Florencia: lo restauró completamente y revivió el esplendor de sus jardines. Tanto debía disfrutar con la experiencia que publicó un libro, en 1909, titulado «Ensayo sobre la creación de jardines«, en donde criticaba sin piedad la «decadencia» de los jardines del rococó y abogaba por una visión más realista de la naturaleza.

Eden debía ser de la misma opinión que su colega. En 1884, el matrimonio Eden adquirió el Palazzo Barbarigo, un antiguo convento de monjas de la Santa Cruz, y los cuatro acres de terreno que en aquel momento sólo producían alcachofas, coles y repollos. Había algunos árboles frutales, un poco de viña y algunas vasijas antiguas, rotas y desperdigadas por el suelo. Era una imagen de cierta decadencia, pero tenía un gran encanto romántico.

Los Eden se propusieron transformar aquel terreno agreste en un festín de árboles, flores y plantas que recordase lo máximo posible a los jardines de Rosshire, en Escocia. No tenían excesiva idea de jardinería (a pesar de que Caroline era hermana de una de las mejores diseñadoras de jardines de Inglaterra) y el terreno tampoco se prestaba a tal exhuberancia. Venecia era conocida como «la tomba dei fiori» y costó lo indecible transformar el terreno.

Todo el proceso quedó detalladamente explicado en un librito delicioso, publicado originalmente en 1903 y que la editorial Gallo Nero rescata en castellano con el título «Un jardín en Venecia«. Ahí vemos cómo los Eden luchaban por crear un jardín repleto de pinos y cipreses, adelfas y limoneros, magnolias, granadas, bergamotas, viñas y violetas, plantas tropicales y un sinfín de rosales, a los que Eden era especialmente aficionado.

No es un tratado sesudo de un experto, sino el preciado manual de un aficionado que va aprendiendo a través de pruebas y errores. Tampoco es que sea alta literatura («El año del jardinero» de Karel Capek, por ejemplo, tiene más calidad narrativa), pero tiene una dulzura adorable, sencilla y sin pretensiones, que crean una experiencia lectora muy agradable.

Es, además, un canto a la sencillez bucólica, a la alegría de deleitarse en los pequeños placeres de la vida: en las sombras de las rosas, en la maduración de las moras, en la belleza marchita de una flor que pierde su esplendor. El jardín tiene vida propia, regulada por estaciones cíclicas, y son preciosas las descripciones de estas mutaciones continuas, de los cambios de color, de luz y espesor.

Sobre todo, el librito es capaz de transportarte a una época pasada, poblada por aristócratas y escritores. El Jardín de Eden se acabó convirtiendo en una visita obligatoria para todo viajero a la Sereníssima. Rilke, Proust, Maeterlinck, Mauriac o Henry James pasearon por él.

Hoy, este jardín está cerrado al público y abandonado. Uno de sus últimos propietarios creía que a la naturaleza no se le pueden poner límites y dejó que las hierbas crecieran a su placer y albedrío. Lejos queda aquel paraíso secreto, aquel jardín escondido, que representó el sueño de un aristócrata inglés.

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