Un plan sangriento de Graeme Macrae Burnet: de Dostoievsky a Kafka pasando por Simenon

Autora
Ana Polo Alonso
Courbett Magazine

Roderick Macrae no era una asesino. O al menos no lo fue hasta que cometió un terrible asesinato”, me comenta Graeme Macrae Burnet, autor de “Un plan sangriento”. 

Tiene razón: Roderick, o Roddy como lo llama todo el mundo, sólo se convierte en asesino cuando, en la mañana del 10 de agosto de 1869, asesinó brutalmente a tres personas en su aldea natal, Culduie, “un municipio de nueve casas” en las Highlands

¿Qué movió a Roddy a matar a tres personas, entre ellos un niño pequeño? Roddy, en principio, era simplemente un adolescente tímido y bastante ingenuo, solitario, introvertido y algo tosco en sus relaciones sociales. Una de sus vecinas, la señora Carmina Murchison, lo describió como “un joven cortés y atento”. Su maestro, el señor William Gillies, apuntó que “Roderick Macrae es uno de los alumnos de mayor talento”. 

Entonces, ¿qué pasó en realidad aquella mañana de agosto de hace más de un siglo? ¿Se volvió loco o era perfectamente consciente de lo que hacía? 

Portada de "Un plan sangriento" de Graeme Macrae Burnet (Editorial Impedimenta).
El libro ha sido editado en castellano por la editorial Impedimenta con una traducción impecable de Alicia Frieyro.

Un plan sangriento”, del escritor escocés Graeme Macrae Burnet, gira entorno a estas cuestiones. Y ya lo avanzo: en esta magistral novela nada es lo que parece. O puede que sí lo sea. Porque en este adictivo libro se nos plantean reflexiones interesantes de fondo: ¿somos realmente dueños de nuestros actos? ¿Dónde está exactamente el límite entre la locura y la cordura? ¿Se puede alguna vez llegar a saber toda la verdad sobre un hecho? ¿Estamos condenados irremediablemente a un destino prefijado y trágico? 

“Roddie no es un asesino hasta que comete los asesinatos. Es simplemente un chico, un adolescente”, me explica Burnet. “Quería que fuese un chico completamente normal, de su edad, con las emociones típicas de un adolescente. Es muy ingenuo, sexualmente muy ingenuo”. 

¿Podría haber elegido otro camino? ¿O su destino era inexorable? En el libro se trabaja constantemente el concepto de la predestinación, del camino marcado, de la “providencia” en el sentido más religioso y también más opresivo del término. Se reflexiona sobre si estamos abocados irremediablemente a una vida llena de obstáculos que nos vienen impuestos. Sin poder evitarlos, sin poder exigir justicia, sin poder pedir una compensación. Todo ello en un ambiente de desigualdad social asfixiante: Roddy vive en condiciones prácticamente feudales donde la vida de los de abajo, como él, no vale nada. Un mundo de humillaciones constantes. Donde los abusos a mujeres, incluidas niñas, se silencian. Donde la represión es perpetua. 

En medio de este escenario, ¿quién puede tener razón? Una de las cuestiones más interesantes es que la novela no toma partido. Expone de manera magistral y con una inteligente estructura diferentes puntos de vista, con muchos testimonios (desde una vecina a un reputado criminólogo) y retazos del juicio y de la prensa del momento. Y también la visión del propio enjuiciado, que desde el primer momento reconoce la autoría de los asesinatos. 

Roderick Macrae escribe desde la prisión sus memorias sobre lo ocurrido. Y lo hace con “sostenida y elocuente escritura”, a pesar de ser un campesino que ha recibido una educación somera. A través de este relato, y de muchos otros de sus vecinos, conocemos la dureza de la vida en una comunidad de aparceros sumida en la miseria, la opresión y la servidumbre. Sometida a un control arbitrario e inexpugnable por parte de unas élites todopoderosas y de una iglesia presbiteriana que impone una moral férrea y obsesiva. De hecho, el párroco del lugar, el reverendo James Galbraith, aparece como la voz más furibunda y ominosa: “Me temo”, reconoce en su declaración, “que los viles actos cometidos recientemente en esta parroquia representan poco más que el burbujeo a la superficie del estado de salvajismo que les es natural a los habitantes de este lugar, un salvajismo que la Iglesia ha reprimido con éxito en los últimos tiempos”

El libro no esconde una fuerte crítica social. Escocia, tan bella y bucólica, no parece el escenario más apropiado para un crimen de semejante brutalidad. Pero lo que hace Graeme Macrae Burnet es precisamente eliminar la pátina romántica y totalmente idealizada con la que los escritores victorianos retrataron la vida en las Highlands. La vida de los aparceros, y la de todas sus familias,  era de una dureza inconmensurable. Hasta la “Crofter’s Act”, la Ley de los Aparceros, en 1886, por ejemplo, los terratenientes podían, sin necesidad de justificación alguna, acabar el arrendamiento a los apareceros al final del año y recuperar la posesión de la tierra, así como de cualquier construcción o mejora que hubiesen hecho. No hacía falta ninguna compensación. Lo que abocaba a los pobres campesinos a la vulnerabilidad extrema. Su vida podía acabar en la más absoluta miseria de la noche a la mañana.

En medio de estas adversas circunstancias, Roddy ha de encarar una vida que no se presenta nada fácil. Y, por si fuera poco, su propia familia ha de asumir sus propias desgracias. Su padre está acechado por las deudas; su madre, su querida madre, murió durante el alumbramiento de su cuarto hijo. Roddy sólo tiene como gran pilar emocional a su hermana, Jetta, pero ésta acaba suicidándose.

En principio, Roddy mata a uno de sus vecinos, Lachlan Mackenzie, y a los dos hijos de éste, Flora y Donnie, para vengarse por las humillaciones y el trato vejatorio que Mackenzie dispensa al padre de Roddy. Como él mismo reconoce al principio de la novela, “llevé a cabo estos actos con el único propósito de aliviar a mi padre de las tribulaciones que ha venido sufriendo últimamente. El causante de dichas tribulaciones era nuestro vecino, Lachlan Mackenzie, y si lo he desterrado de este mundo ha sido para el mejoramiento de la suerte de mi familia”. ¿Es esa toda la verdad? 

Como comprobaremos más adelante en el libro, hay mucho más. Cuando todo parece que está encaminado hacia un final irreversible, la trama da un giro inesperado y todo se complica. Todo habrá de cuestionarse de nuevo. 

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Courbett Magazine

Muchos críticos han considerado “Un plan sangriento” como un thriller o una novela de falso “true crime”, es decir, una versión novelada de un crimen real o, en este caso, de un crimen que podría haber sido verídico. Por ello, el libro ha sido comparado con “A sangre fría” de Truman Capote. Pero esta novela es mucho más que una simple —aunque brillante— reconstrucción de unos hechos terribles. En realidad, “Un plan sangriento” es una exploración absolutamente magistral de la mente humana, de todos los recovecos y subterfugios de la psyche.

«Un plan sangriento» de Graeme Macrae Burnet es mucho más que una novela criminal. Es una exploración absolutamente magistral de la mente humana, de todos los recovecos y subterfugios de la psyche.

En un momento del libro, el padre de Roddy comenta que “Un hombre puede asomarse a la mente de otro hombre tanto como puede asomarse al interior de una piedra”. Pero lo que hace Graeme Macrae Burnet es precisamente eso: bucear en la mente de un chiquillo de diecisiete años acusado de un crimen espeluznante que consternó a toda su comunidad. Explorar todas las condiciones (sociales, económicas, religiosas y psicológicas) que hacen que alguien no pueda escapar a un destino atroz.

Por ello pienso que este libro no debe compararse con “A sangre fría” de Truman Capote. Aquí hay mucho más. Mientras lo leo me hace pensar en “Crimen y castigo” de Dovstoievsky. Detecto algún que otro paralelismo con “El proceso” de Kafka. Hay un poco de Albert Camus y su “Étranger”, y también unos toques de un escritor francés, Félix Fénéon, y su magnífica “Novelas en tres líneas”. 

Una cuestión salta inmediatamente a la vista: el inmenso talento narrativo. Así que, cuando comienzo mi entrevista con Graeme Macrae Burnet, me centro precisamente en este primer aspecto: ¿Cómo se consigue que algo que es ficticio suene tan verídico?  “Un plan sangriento” es de un realismo tan impecable que hace que muchas veces creas que los asesinatos de Culduie realmente tuvieron lugar. El propio escritor, de hecho, se presenta en la introducción como un mero “editor” de unos documentos que, se supone, ha encontrado por casualidad mientras investigaba el pasado de su propia familia:

“En la primavera de 2014 me embarqué en el proyecto de escarbar un poco en la vida de mi abuelo, Donald “Tramp” Macrae, que nació en 1890 en Applecross, un pueblecito situado dos o tres millas al norte de Culduie. Fue en el curso de mis indagaciones en el Highland Archive Centre de Inverness cuando me topé con una serie de recortes de prensa referidos al juicio de Roderick Macrae, y cuando, con la ayuda de Anne O’Hanlon, la archivera, descubrí el manuscrito del que se compone la mayor parte de este volumen”.

Cuando entrevisto a Graeme le reconozco que, de tan realista que es el libro, a veces tienes la tentación de ir a Internet a buscar más información sobre aquel crimen en las Highlands. Porque crees que lo más a encontrar. 

Burnet sonríe. “Mucha gente me lo ha dicho”, reconoce. 

— ¿Cómo se consigue que un libro suene realmente como si fuera antiguo y totalmente verídico? —le pregunto. 

— Creo que hay dos factores. Primero, el prefacio del libro, que centra el tono. Es sobre cómo [supuestamente] encontré los documentos. Me centré en que esta parte fuese muy realista, citando libros científicos, documentos históricos e incluso incluyendo notas a pie de página. Incluso llego a decir: si no me crees, puedes ir a tal archivo y consultar tal volumen. De hecho, hubo gente que llamó al archivo en cuestión para preguntar por ellos. Luego está la propia arquitectura del libro, con diferentes voces. Y, sobre todo, la versión de Roddy, que es el corazón del libro, realmente. Quizás la parte más importante. Bueno, cuando estás escribiendo, eres un novelista. E intentas hacer lo que todos los novelistas hacen: crear personajes que parezcan reales. Y, sobre todo, creíbles. 

— En el libro hay personajes inventados, pero también personajes que existieron de verdad. Por ejemplo, el doctor James Bruce Thompson, que es uno de los primeros criminólogos. 

— Exacto, es otro aspecto importante para crear está ilusión de realidad, de autenticidad. Mezclar personajes reales con ficticios. 

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Courbett Magazine

Graeme Macrae Burnet es alto y muy simpático. Un tipo humilde y muy educado al que toda la fama cosechada por “Un plan sangriento” no le ha afectado en absoluto. 

El libro es su segunda novela. Lo publicó en 2015 en una minúscula editorial independiente escocesa llamada “Saraband” (“tan pequeña que sólo tiene a dos personas trabajando”, me explica). Ninguno de ellos pudo prever entonces que aquel libro inclasificable se convertiría en un fenómeno de ventas. Ni ellos ni prácticamente nadie: el libro sólo fue reseñado en la “Crime Review” y en un par de blogs (“A Novel Bookblog” y “Shoshi’s Book Blog”). El diario escocés “The National” le dedicó unas líneas. 

La suerte cambió cuando, contra todo pronóstico, el prestigioso premio literario británico Man Booker seleccionó “Un plan sangriento” entre los finalistas para la edición del 2016. Lo cual era de por sí un éxito increíble e inesperado, y más teniendo en cuenta que aquel año se acabaron rechazando para la lista final obras de J. M. Coetzee y de Ian McEwan

Burnet no se llevaría finalmente el galardón (el ganador fue “The Sellout” de Paul Beatty, una sátira mordaz y alejada de toda corrección política sobre la sociedad americana contemporánea), pero “Un plan sangriento” fue el más vendido de todos los libros seleccionados para la última ronda. Hoy el libro ha sido traducido a más de veinte idiomas y Graeme puede dedicarse íntegramente a la escritura. 

No siempre fue así. Graeme Macrae Burnet (nacido en Kilmarnock, en 1967) fue profesor de Literatura Inglesa en varios países y luego miembro del equipo de investigación de varios canales de televisión. Publicó su primera novela en 2014: se titulaba “La desaparición de Adèle Bedeau” y tenía como protagonista a Manfred Baumann, un tipo solitario que podría haber salido perfectamente de una obra del francés Georges Simenon

Cuando se le acabó el trabajo en la televisión, decidió centrarse en la escritura de su segunda novela. Para ir tirando aceptaba trabajos pintando y decorando casas. De hecho, cuando se enteró que le habían seleccionado para el Man Booker estaba pintando un baño. 

— Segunda novela y ya ha conseguido ser finalista para el Man Booker Prize. ¡Felicidades! ¿Qué se siente? —le pregunto a Burnet. 

— Bueno, mucha gente lo consigue con su primera novela, así que.. No lo sé. Para ser honesto, estoy contento con el libro. Creo que es un buen libro. Pero todo el tema de los grandes premios literarios… No te das cuenta realmente de lo que es hasta que no estás dentro. Cada editorial sólo puede enviar un libro al Man Booker y, cuando enviaron el mío, pensé: “Bueno, quizás llegue a la primera ronda eliminatoria”. Pero era un pensamiento un tanto lejano. Dado el funcionamiento del premio, cada uno de los jueces tiene que leerse unos ciento cincuenta libros. Así que era absurdo pensar que le prestarían mucha atención al mío. Así que, bueno, enviamos el libro y nos olvidamos del asunto. Yo me había olvidado del tema, mi editor se había olvidado del tema. Por aquel entonces yo no ganaba dinero como escritor. Trabajaba pintando casas y decorándolas. Y también escribía. Cuando me llamaron para decirme que habían seleccionado el libro, estaba pintando un baño. Y me llamaron y me dijeron: “Para lo que estés haciendo porque The Guardian te quiere hacer una entrevista”. Fue una locura. Mi vida cambió inmediatamente. Pronto estaba recibiendo llamadas de sitios como Japón o Brasil para que les hablase del libro. 

— El libro fue publicado en una pequeña editorial independiente, “Saraband”. ¿Las grandes editoriales están obviando el verdadero talento?

— Bueno, sólo puedo hablar por mí. El libro fue publicado por una editorial independiente. Mi primera novela [“La desaparición de Adèle Bedeau”] fue publicada por Contraband, que es una parte de Saraband, después de que fuera rechazada por unas quince editoriales, todas ellas grandes compañías. Era un libro que no tenía una etiqueta fácil, que no entraba dentro de una categoría muy determinada. Sí, es una novela criminal, pero no hay violencia, tiene una trama muy particular. Sucede en Francia. Cuando llegó a Saraband, en cambio, me dijeron: “El libro nos gusta y queremos publicarlo. Da igual que no sea muy comercial”. Así que a mí la oportunidad me la dio una editorial independiente. Pero tampoco creo que pueda generalizar a partir de mi caso. De hecho, si te fijas en algunos premios prestigiosos, como el Man Booker internacional, por ejemplo, todos están ahora apostando por libros que han salido de editoriales independientes. Creo que hay muchas editoriales pequeñas, por ejemplo en Inglaterra, que están apostando por talento internacional. Y eso es bueno. 

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El 3 de junio de 1815, en Faucterie, un pueblo del Norte de Francia, Pierre Rivière, de veinte años, considerado por los vecinos como un simple loco, mató cruelmente a su madre, a su hermana y su hermano. Al año siguiente, los “Annales d’hygiène publique et de médecine légale” publican toda la información detallada del caso: tres informes médicos (uno de ellos firmado por algunos de los mejores psiquiatras del momento), documentos jurídicos y, lo que es más interesante, una “Memoria” redactada por el mismo Rivière en prisión en la que narra con escabrosa frialdad los crímenes cometidos. 

Muchos años más tarde, este voluminoso dossier sería recuperado por un conjunto de investigadores del “Collège de France” que, bajo la dirección de Michel Foucault, complementaron la información con más documentos y publicaron en 1973, en Éditions Gallimard, todos los datos sobre el caso en un libro que titularon, acertadamente, “Moi, Pierre Rivière, ayant égorgé ma mère, ma soeur el mon frère” (Yo, Pierre Rivière, habiendo degollado a mi madre, mi hermana y mi hermano…”)

En 1982, el libro fue traducido al inglés por Bison Books. Muchos años más tarde, por pura casualidad, una vieja edición del libro cayó en manos de Graeme Macrae Burnet. Al leerlo le surgió la idea para “Un plan sangriento”. 

Pero hubo mucho más. 

— Mientras leía el libro—le comento a Graeme— no pensaba en otras novelas criminales al uso, como “A sangre fría” de Truman Capote. La observación, el análisis psicológico, ese personaje tan poliédrico… Todo me recordaba un poco a “Crimen y Castigo” de Dovstoievsky. ¿Tuvo algo que ver este libro? 

—Gracias, es un halago —sonríe—. La verdad es que “Crimen y Castigo” es mi libro favorito. Y es cierto que decidí deliberadamente volver a leerla antes de escribir mi novela. En concreto, el aspecto que más me atrae de “Crimen y castigo” es la discusión implícita sobre el libre albedrío. El personaje de Dovstoievsky sufre alucinaciones después de cometer su asesinato, auténticos delirios, con lo que no sabes si ha sido movido por cuestiones racionales o ha habido otras fuerzas que lo han llevado a cometer su crimen. Está, por tanto, la cuestión de la libertad, de la propia voluntad. Hay una frase en “Crimen y castigo”, bastante al principio, que dice algo así como “Sin decidir qué camino tomar…” Y siempre que la leo pienso, el personaje, claramente, podría haber tomado otro camino. Por tanto, hay un elemento de falta de arbitrariedad en todo lo que hacemos. Luego también está el tema de las voces interiores. El personaje de “Crimen y Castigo” escucha voces que le empujan a a asesinar a la anciana. Y cuando Roddy está pensando en asesinar a Mackenzie también siente estas cuestiones sobrenaturales. Al final, Roddy decide, por una serie de razones que se explican en el libro, que “este hombre va a morir de todos modos”, con lo que ¿por qué no lo voy a matar yo? Por eso, cuando va a la casa, se dice a sí mismo “voy a ir armado a ver qué pasa”. Él no sabe si Mackenzie está en la casa o no. Hay siempre un elemento de destino o predestinación del que no puedes escapar. 

— Otro libro que me vino a la mente fue “El proceso” de Kafka

— ¿En serio? —comenta divertido, a carcajada limpia—. ¡Venga ya! Bueno, muchas gracias… La verdad es que también lo volví a leer antes de escribir mi libro. “El proceso” es mi otro libro favorito. De hecho, creo que es el libro más importante del siglo XX. Y lo creo porque es el mejor describiendo el sistema del poder. En concreto, la imposibilidad de la gente corriente de acceder a la justicia. Cuando Roddy y su padre acuden al “factor” [un representante legal] para conocer las reglamentaciones, las regulaciones que se les aplica… bueno, ese episodio es totalmente kafkiano. También hay otro detalle, más bien simbólico, una coincidencia, que es el “Castillo”, que es una imagen con la que se asocia a Kafka. Yo introduje en mi libro “La Casa Grande”, pero viene a ser lo mismo: un lugar inaccesible, donde realmente reside el poder, pero al que la gente como Roddy no puede acceder. 

— Antes comentabas sobre la fuerza de los acontecimientos, el hecho de que hay episodios en nuestra vida que nos conducen inexorablemente a comportarnos y a actuar de una determinada manera. Un acontecimiento clave en el libro es la muerte de la madre de Roddy. Todo ocurre una vez ella muere. Lo que me recordó a “El extranjero” de Albert Camus, que comienza precisamente con la muerte de la madre. 

— Bueno, leí “El extranjero” cuando era adolescente, como tantos otros adolescentes. Y, por supuesto, me encantó y supongo que ha tenido una influencia enorme en mi manera de escribir. No vengo de una familia de escritores, ni de grandes lectores, y tuve que ir descubriendo esta clase de libros por mí mismo. Era fascinante descubrir a escritores capaces de escribir así. Cuando escribí “Un plan sangriento” no estaba pensando específicamente en este libro, pero creo que todo lo que hemos leído, todo lo que nos ha marcado como lectores, tiene una influencia clara a la hora de escribir. En concreto, una cuestión que me sorprendió mucho de “El extranjero” de Camus fue la total frialdad del personaje, la falta de emociones. 

— En el libro se habla mucho de religiosidad, pero también del folklore típicamente escocés, de la creencia en elementos sobrenaturales. En el libro se dice, por ejemplo, “la vida cotidiana de mi madre estaba dominada por rituales y amuletos destinados a ahuyentar la mala suerte y los seres aciagos. Las puertas y las ventanas de nuestra casa estaban festoneadas con ramitos de serbal y de enebro, y mi madre llevaba, oculta entre el cabello, de forma que mi padre no pudiese verla, una trenza de hilos de colores”.

— Hay dos cuestiones que quería tratar en el libro. Uno era la idea de “Providencia”, la opresión de la religión, pero también la importancia que en Escocia tiene el folklore. En la iglesia calvinista, que es prácticamente todopoderosa en Escocia, existe la creencia de la “Providencia”, el hecho de que tienes que aceptar el sufrimiento como fruto de tus pecados. El padre de Roddy representa completamente esta visión, la creencia de que no puedes oponerte a lo que el destino te tiene preparado. En cambio, con los personajes femeninos, intenté centrarme en el folklore. Las mujeres escocesas eran consideradas ciudadanas de segunda. Incluso debían sentarse al final de la iglesia y no podían ir a entierros. Por eso, supongo, era tan importante este segundo sistema de creencias, basado en el folklore. La creencia, por ejemplo, que puedes ver el futuro. La madre de Roddy y su hermana poseen estas cualidades supranaturales, lo cual tiene un papel importante en la trama. 

— Esto me recuerda mucho a un libro escocés, de James Hogg, “Private memoirs and confessions of a justified sinner” [Enrique Redel, de la editorial Impedimenta, me indica que hay traducción al castellano]. Un libro sobre el fanatismo religioso, sobre el concepto precisamente de la predestinación. Una crítica contundente al calvinismo. 

— Exacto. Sí, es un libro clásico de la literatura escocesa. Hay un elemento que destaca de la religión calvinista que me parece increíble: el de los “elegidos”, un grupo de privilegiados que pueden hacer lo que quieran prácticamente. Y luego está el resto. Ya puedes ser todo lo bueno que quieras, hacer todo el bien que quieras, que si no perteneces al grupo correcto, a los de arriba, nunca serás nada. Esta dialéctica entre opresores y oprimidos, las relaciones de poder que se establecen… quería que mi libro lo reflejase. 

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Graeme Macrae Burnet ahora se dedica íntegramente a la escritura. Después del éxito cosechado con “Un plan sangriento”, se centró en su tercera novela, “The Accident on the A35”, que publicó en el 2017. El libro recupera a un inspector, Georges Sorki, que ya apareció en su primera obra. Un tipo solitario que recuerda rápidamente al Inspector Maigret de Georges Simenon. De hecho, la narrativa, la estructura, los personajes, incluso el paisaje recuerda a las mejores novelas del maestro francés del misterio. No soy la única que lo piensa: en Francia el libro apareció en las librerías con una enorme faja que presentaba al “George Simenon del siglo XXI”. Lo cual, desde luego, no deja de ser un inmenso piropo. Y más viniendo de los propios franceses. 

— ¿Eres el George Simenon escocés? —le preguntó, a modo de conclusión de nuestra entrevista. 

Graeme sonríe humildemente, sabiendo que es un cumplido. 

Con todo el debido respecto a Simenon (que lo tengo, y mucho), pero él nunca escribió algo tan bueno como “Un plan sangriento”. 


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