El arte de perderse

“El arte de perderse”, de Rebecca Solnit, era el libro que, seguramente, más necesitaba leer.

"Una guía sobre el arte de perderse", de Rebecca Solnit (Capitán Swing).

Tenía una pila de libros esperando pacientemente a ser leídos, pero en las últimas semanas me costaba concentrarme y me sentía abatida, algo abúlica incluso. Dicen que nuestro cerebro va más lento por culpa del coronavirus. Ni idea: sólo sé que miraba títulos y los volvía a mirar y que ninguno me atraía los suficiente como para abandonar mis horas de un perfecto aturdimiento. Hasta que un día, sin haber abandonado del todo la desidia, alargué el brazo hasta la columna de libros y cogí uno al azar, sin pensármelo mucho. Pero el destino quiso que fuera el libro que me devolvió las ganas de leer.

No es que el título me hubiese dicho mucho a priori: “El arte de perderse” me recuerda demasiado al de un libro de autoayuda. Además, había vido hace tiempo la cubierta de la edición en inglés y no me pudo parecer más horrorosa: era una emulación de la serie de televisión “Lost”, por lo que entendí en aquel momento que debía tratarse de un manual sobre islas donde suceden cosas extrañas.

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Estaba equivocada, por supuesto. Aunque he de decir que algo de paralelismo hay, porque “El arte de perderse” va de cómo y por qué se pierde la gente y, sobre todo, qué pasa cuando se les encuentra. Pero lo interesante –lo fascinante, sin duda– es cómo lo explica. Lo de “ensayo con mayúsculas” está sobrevalorado, pero Solnit nos ofrece un recital agradable, entre íntimo y filosófico, de pérdidas, encuentros, olvidos y un sinfín de proyectos aparcados, de caminos que nunca andamos y de sueños que dejamos desvanecer.

En el fondo, Solnit nos habla de nuestra capacidad para orientarnos en la vida cuando creemos, precisamente, que estamos perdidos. De cómo andamos, deambulamos, damos tumbos y nos perdemos finalmente. Y sobre cómo, en medio de tanto meandro, recoveco y atajo, somos capaces de hallar un nuevo rumbo.

El caminar se convierte así en una búsqueda interior. Adentrarse en los desconocido es un punto de partida que, como también defendería Rilke y otros tantos poetas, es el inicio de la verdadera creación. Perderse tiene sus riesgos y da miedo. Pero también hay beneficios y placeres asociados a él. En el fondo, y esta el gran lección de este libro, es la única manera de cambiar nuestro patrón interior, descubrirnos y evolucionar.

"Wanderlust. Una historia del caminar", de Rebecca Solnit. Capitán Swing.

Además, Solnit tiene un talento innato para las descripciones y, sobre todo, para dar saltos de un tema a otro, aparentemente sin sentido (a veces cuenta creer que haya un hilo conductor). Me gusta, sin embargo, cómo entrelaza un sinfín de datos y anécdotas, supuestamente superficiales y sin importancia, de campos tan dispares como la política, la historia, el arte o la biología. De un cuadro de Yves Klein, por ejemplo, pasa a detallarnos la vida de Cabeza de Vaca y luego nos cita la película “Vértigo” de Hitchcock. Y, entre medio, nos desvela sus propios sueños, nos habla de sus antiguos amigos, de sus historias de amor, de su familia y de una obra de teatro que comenzó pero nunca acabó. En uno de los ensayos, por ejemplo, comienza hablando de las tortugas y acaba explicándonos que su padre era un hombre frustrado y enfadado con el mundo, una persona que intentó proteger la costa marítima donde vivían pero fracasó estrepitosamente.

No es la primera vez que Solnit nos deleita con semejante puzzle intelectual, este nomadismo que fragmenta el relato y nos hace viajar ininterrumpidamente de un lugar a otro, dando saltos en el tiempo y en el espacio. En sus anteriores dos obras traducidas al castellano (“Los hombres me explican cosas” y “Wanderlust. Una historia de caminar”) ya nos deslumbró con esta técnica que propone pequeños retazos para construir una gran narrativa. Personalmente, he de decir que “Wanderlust” me encantó. Pocos autores son capaces de trenzar semejante texto sobre algo anodino como es andar a pie. Pero Rebecca Solnit aprovecha este hecho fisiológico para hablarnos desde la evolución humana al diseño de ciudades y las costumbres sexuales. Todo ello, por supuesto, aderezado por reflexiones sobre Wordsworth y Jane Austen, André Bretos y Gary Snyder. Al final, te das cuenta de que caminar ha permitido el pensamiento más elevado, pues “es el estado en el que la mente, el cuerpo y el mundo están alineados”.

Me gusta pensar que Rebecca Solnit ha andado mucho para ir a lugar incómodos a la hora de escribir “El arte de perderse”. Porque, como ella misma demuestra, para escribir también hay que perderse.

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