Upton Sinclair, el hombre que avisó del fin del mundo

Por Ana Polo Alonso.

Courbett Magazine

En 1963, cuando tenía 85 años, el escritor estadounidense Upton Sinclair (1878-1968) se dirigió a una audiencia de más de tres mil personas, la gran mayoría estudiantes universitarios. Con una voz fina y algo trémula, pero suficientemente poderosa como para cautivar al público durante más de noventa minutos, les habló sin notas ni papeles sobre el gran leitmotiv de su vida: “Cambiar América y qué te pasará si lo intentas”. 

Upton Sinclair era por entonces un escritor de culto: prolífico, premiado y tan admirado como odiado. Para sus fervientes seguidores, era la perfecta imagen del intelectual comprometido con los más desfavorecidos, un tipo que ganó el Pulitzer en 1943 por una novela sobre el ascenso de los nazis y que, con tan sólo 26 años, escribió La Jungla, un libro que desafió a toda la industria cárnica, destapó las condiciones de esclavitud de muchos obreros y forzó al mismísimo Presidente de los Estados Unidos a aprobar leyes sobre la higiene en el consumo. De él se destacaba su activismo impertérrito: en un momento en que Scott Fitzgerald bailaba el charlestón y Ernest Hemingway se divertía en París, normalmente con una botella en la mano, Upton Sinclair estaba destapando el amarillismo de los grandes grupos mediáticos y el capitalismo desaforado de Henry Ford. Incluso se atrevió a acusar a Rockefeller de haber tenido un papel en la masacre de Ludlow, una tragedia donde murieron veintiuna personas, entre ellos niños pequeños, durante las huelgas de los mineros de Colorado

Tanta denuncia, claro está, le pasó una enorme factura y sus enemigos —que fueron muchos y muy poderosos—, intentaron hundirlo, humillarlo y desacreditarlo ante la opinión pública. Lo acusaron de ser un vulgar mutracker, esos investigadores de tres al cuarto que remueven el barro y levantan polémicas sólo para ganar publicidad y, de paso, mucho dinero. Por no decir que cuando su primera esposa lo dejó por otro —su mejor amigo, nada menos—, unos cuantos magnates se encargaron personalmente de que los detalles más sórdidos salieran en las portadas de los periódicos. 

Upton Sinclair, todo hay que decirlo, también contribuyó en parte a su mala fama de enfant terrible de la literatura estadounidense. Para empezar estaban sus manías personales: creía de veras en los fantasmas y los fenómenos paranormales, y era completamente abstemio en un momento en que beber sin descanso se consideraba requisito indispensable para ser buen escritor. Pero lo peor era sin duda su personalidad: era muy arrogante y, según muchos testigos, resultaba un auténtico sectario que se creía imbuido de una verdad revelada, como si fuera un místico o un profeta. Sinclair se consideraba un hombre que había salido al mundo a encontrar la luz y se comparaba a menudo con el Cándido de Voltaire nada menos. También citaba con frecuencia a Siddharta y, sobre todo, a Don Quijote, ese loco iluminado e inmortal que se empeñó en luchar contra molinos de viento. Delante de semejantes delirios de grandeza, un gran amigo suyo, el también escritor Sinclair Lewis, el autor de Babbitt, le tuvo que espetar: “¡Por Dios, Upton, vaya y rece para que le concedan misericordia, honestidad y humildad!”. Pero él no le hizo caso y siguió con su petulancia habitual. 

Hasta cierto punto, era comprensible: cuando estás recibiendo una pirotecnia continua de alabanzas de los más destacados popes del mundo, es difícil no caer en la soberbia. A Upton Sinclair lo elevaron a los altares desde Winston Churchill a Albert Einstein. Arthur Conan Doyle dijo que era el “Zola de América”. El sacrosanto New York Review of Books tildó de “milagro” algunas de sus obras y el no menos prestigioso The Guardian reconoció que “los críticos nos tenemos que arrodillar” ante sus novelas. Hasta el presidente Lyndon Johnson le homenajeó en una ceremonia especial en la Casa Blanca. Como para que no se te suba a la cabeza.

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Aparte, Upton Sinclair siempre supo que acabaría teniendo éxito, incluso cuando era un insignificante jovenzuelo sin prospectos de vida. En mayo de 1903, cuando tenía 24 años, Sinclair se autodefinió como un “penniless rat“, una rata sin un penique, un mero desgraciado en las últimas. Lo más destacable que había conseguido hasta entonces era publicar una novela mal escrita que había pasado sin pena ni gloria. Pero su suerte iba a dar un vuelco inesperado: en febrero de 1906, apareció su novela La jungla y, en cuestión de semanas, se convirtió en un fenómeno literario a ambos lados del Atlántico. “Nunca, desde que Byron se levantó un día y supo que era famoso, se había visto un salto tan pronunciado a la celebridad mundial por un solo libro”, dijo un periódico.

La jungla, de Upton Sinclair, de Capitan Swing.

La novela narra la historia de un inmigrante lituano, Jurgis Rudkus, que deja atrás la miseria europea pensando que el esperaba el gran sueño americano. Pero cuando acaba en Chicago trabajando en un matadero se dará cuenta de que está atrapado en una auténtica pesadilla. Su vida será un sinvivir en medio de la pobreza más abyecta y los abusos continuados, y no le quedará más remedio que sobrevivir en condiciones infrahumanas, rodeado de basura, inmundicia y desesperación. En La jungla hay abusos sexuales, hay crímenes y hay, sobre todo, un sistema que en vez de ayudar a los más necesitados los esclaviza y los destruye sin conmiseración.

El propio Upton Sinclair se documentó en profundidad para escribir el libro: fue en persona a Chicago y, durante semanas, estuvo de incógnito observando las fábricas y entrevistando a trabajadores, políticos, policías e incluso sacerdotes. Pero –y ésta es la gran anécdota del libro–, el público en vez de fijarse en las condiciones esclavistas de los trabajadores, se centró en las pésimas condiciones higiénicas de la carne que comían. El propio Sinclair reconoció con bastante pesar que “había querido apelar a los corazones de los estadounidenses y acabé atacando a sus estómagos por accidente”. No se equivocaba: Winston Churchill reconoció que “el señor Sinclair ha hecho que los filetes apesten en las narices de medio mundo” y el Congreso de los Estados Unidos se apresuró a aprobar la Pure Food and Drug Act, una ambiciosa ley para mejorar las condiciones higiénicas de la industria de la alimentación.

Upton Sinclair sonrió complacido. En la historia de América, sólo dos libros han tenido un impacto tan gigantesco e inmediato como para provocar cambios legales: uno es La cabaña del Tío Tom, de Harriet Beecher Stower, y el otro es La jungla. A partir de ese momento, Sinclair supo que su nombre ya estaba en el panteón de la historia.

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Pero la felicidad fue momentánea porque después de La jungla le sobrevino una pésima racha. Sus enemigos aprovecharon para echarle en cara que no tenía ningún talento y que jamás se recuperaría. Pero lo hizo, vaya si lo hizo, aunque le llevó décadas conseguirlo. Volvió a la carga en la década de los veinte, con novelas donde atacaba a la religión y a la prensa. Luego se embarcó en una carrera política que no fraguó –lo boicotearon sin piedad–, pero le hizo de nuevo famoso. Más tarde, a finales de la década de los treinta, cuando ya había cumplido los sesenta años, llegó su otro gran éxito, su cúspide como escritor. Fue entonces cuando creó a Lanny Budd, un espía, playboy y debonair que se codea con los grandes protagonistas de la historia, de Hitler a Roosevelt, de Stalin a Truman, y vive en primera persona los grandes acontecimientos que cambiaron el mundo, del Tratado de Versalles al auge del nazismo, de la Guerra Civil española a la URSS.

Agente presidencial, de Upton Sinclair, publicado por Hoja de Lata.

Aunque en apariencia los libros de Lanny Budd son algo livianos –es fácil etiquetarlos como thrillers políticos con la historia mundial de trasfondo–, en realidad Sinclair los concibió como una gran épica contemporánea, un tratado novelado de Ciencias Políticas: quería mostrar cómo y, sobre todo, por qué la civilización occidental estaba al borde de la extinción. Cómo se había fraguado el desastre y por qué nadie hizo nada por impedirlo.

La inspiración para el libro llegó a finales de la década de los treinta, cuando aún no había estallado la guerra en Europa, pero las pésimas condiciones económicas de los Estados Unidos hicieron pensar que Estados Unidos podría caer en las garras del fascismo. Sinclair Lewis ya había advertido en su novela It Can’t Happen Here (Eso no puede pasar aquí) que ya existían en el país todos los nocivos ingredientes para aupar a un político racista y de retórica inflamada al poder. De hecho, el libro va sobre un candidato a la presidencia, Berzelius “Buzz” Windrip, un patán demagogo que basa toda su campaña y consigue ganar gracias a explotar continuamente la ansiedad y el odio de las clases pobres americanas.

Upton Sinclair estaba de acuerdo con el diagnóstico, aunque su visión era más amplia: él creía que había que ir más allá de Estados Unidos y mirar al gran tablero mundial, entender todos los factores, fuerzas, dinámicas y actores globales en juego. Aparte, había que entender las facturas históricas que se arrastraban de lejos. Sinclair creía firmemente que la gran guerra que se avecinaba era el resultado del fracaso del Tratado de Versalles, una idea ampliamente aceptada hoy en día, pero por aquel entonces minoritaria. En aquel momento, la tesis más extendida era que el fascismo era el resultado únicamente de la mala marcha de la economía y, sobre todo, del pernicioso Crack del 29, cuando Wall Street petó y medio mundo fue condenado a la quiebra. Pero Sinclair consideraba que éste era un análisis excesivamente somero y vacuo. En su autobiografía explica que “lo llevaba prediciendo y alertando desde hacía años –de hecho, desde que la Primera Guerra Mundial fue resuelta con tan poco sentido común”.

El auge del fascismo le demostró a Upton Sinclair –con una triste y amarga satisfacción– que él tenía razón. Y, para que le quedase claro al mundo que “él ya lo había dicho”, se propuso demostrar su tesis con una novela que iba a romper todos los cánones de su producción: iba a ser una novela entretenida, a caballo entre un thriller y una novela de gángsters y espías repleta de glamour y jet set, pero con un trasfondo serio y erudito. En la década de los veinte se habían puesto de moda las llamadas “novelas cosmopolitas”, donde se mezclaba personajes de la alta sociedad con viajes lujosos, paisajes exóticos, mucho champán y política internacional. El francés Maurice Dekobra había popularizado una fórmula en Europa que Upton Sinclair exportaría con éxito a Estados Unidos, aunque le insuflaría un espíritu más reinvicativo.

[Artículo relacionado: Maurice Dekobra, el escritor cosmopolita]

En realidad, cuando Sinclair creó a Lanny Budd, sólo pensó inicialmente en un único libro. La idea era demostrar cómo se había llegado al Tratado de Versalles, cómo el mundo pudo meter tanto la pata al término de la primera guerra mundial. Pero una noche, salió a pasear al jardín de su casa de Pasadena, en California, y de repente toda la historia se le apareció en su cabeza, con todos los eventos y los personajes, como si fuera una película. Lanny Budd debía explicar más. Debía explicarlo todo.

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Muchas veces se ha dicho que Lanny Budd era, en realidad, Upton Sinclair, pero en su versión más idealizada y pura. O, mejor dicho, lo que a Upton Sinclair, en el fondo, le hubiese gustado ser. Lanny Budd era una mezcla entre el Gran Gatsby de Scott Fizgerald con notas de dandy, mucho Orient Express y algo de James Bond. Es guapo, rico, experto en arte, bilingüe en inglés y francés, con cierta fluidez del alemán y con una exquisita educación. Con quince años ya había leído a Racine y Molière y a todo Shakespeare, era un gran pianista, un excelente conversador y, al mismo tiempo, un tipo modesto y agradable.

Lanny Budd era americano, aunque nació en Suiza y había pasado la mayor parte del tiempo en la Riviera francesa. De hecho, al comenzar la saga, nunca había cruzado el océano, pero se considera estadounidense porque sus padres lo eran. Lanny era, en realidad, el hijo ilegítimo de un empresario armamentístico, un fabricante de armas, Robert Budd, y de una espectacular modelo, Mabel Blackless, apodada Beauty. Beauty y Lanny viven la mayor parte de su tiempo en Cannes, rodeados de ricos y famosos, en un mundo tan cosmopolita y sofisticado, como corrupto e hipócrita.

Upton Sinclair reconoció que creó a Lanny Budd expresamente como a un expatriado, como alguien sin ataduras patrióticas ni ataduras más allá de a su propia familia. De hecho, Lanny aprende de muy joven que no hay que tener lazos con nadie excepto por negocios. Y lo aprende porque ve cómo su padre venderá armas a todos los bandos de la Primera Guerra Mundial. “Recuerda”, le dice su padre, “nunca hubo una guerra en que un bando tuviera toda la razón (…) Y recuerda también que en toda guerra todos los sitios mienten como bellacos”.

Como ya ocurrió con La jungla, Upton Sinclair se volvió a documentar a fondo para recrear los episodios históricos. Pero lo interesante aquí es todo la gente con la que contó para conocer los detalles reales. Sinclair pudo hablar con Lincoln Steffens, que estuvo en las negociaciones de Versalles, y con George D. Herron, que fue un agente secreto del presidente Woodrow Wilson en Suiza. Sobre todo, justo cuando estaba pensando en el quinto tomo de la saga (“Agente presidencial“, que ahora publica Hoja de Lata con traducción de Pablo González-Nuevo), se topó por casualidad con Cornelius Vanderbilt Jr., Neil para los amigos, un rico heredero que había viajado a Europa en varios encargos del presidente Roosevelt en Alemania e Italia. Incluso estuvo con Mussolini y el Duce lo llevó en su coche, conduciendo como un auténtico animal. Tanto, de hecho, que atropelló a una mujer y a su hijo, mató al pequeño y se dio a la fuga sin inmutarse.

Neil le contó los detalles de todas sus aventuras. Le explicó la puerta secreta por donde entraba a la Casa Blanca, lo que Roosevelt llevaba puesto y cómo se comportaba. “Sería una historia fantástica para Lanny Budd“, le dijo un día Upton Sinclair. “Por eso te lo estoy contando”, contestó Neil Vanderbilt. Y así apareció el quinto tomo de la saga.

“Algún día, toda la saga será reconocida como la más conseguida y mejor informada descripción de la vida política de nuestra era”, sentenció Thomas Mann. “Sólo un verdadero artista podía haber conseguido algo así”, añadió Albert Einstein. Y ambos tenían razón: Upton Sinclair nos legó la gran epopeya del siglo XX de la mano de un joven que, como él, quiso cambiar el mundo o, al menos, entenderlo.

Artículo escrito por Ana Polo Alonso.

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