Vera Brittain testamento de juventud

Vera Brittain: memorias de una mujer en guerra

Autora
Ana Polo Alonso

«Si la guerra me perdona la vida», escribió Vera Brittain a su hermano, «mi único objetivo será inmortalizar en un libro nuestra historia, la de nuestros amigos».

Corría el año 1916. La Primera Guerra Mundial entraba en su segundo año y una jovencísima enfermera del Destacamento de Ayuda Voluntaria, de tan sólo veintidós años, atendía con un gran esfuerzo a los heridos en combate. Llevaba ya un año en activo y estaba exhausta, demacrada y padecía constantes ataques nerviosos. El trauma de la guerra había dejado demasiada mella en ella. Además, tenía a su prometido, a su hermano y a sus dos mejores amigos en el frente. 

“Nuestra historia”. Cuando el 11 de noviembre de 1918, a las 5.20 de la madrugada, se firmó en un vagón de tren en el bosque de Compiègne el fin de aquella maldita guerra, a Vera Brittain, aquella joven enfermera, apenas le quedan fuerzas para salir adelante. Estaba rota de dolor; todo a su alrededor era muerte, tragedia y pena.

Milagrosamente, sin embargo, cumplió la promesa que le había hecho a su hermano.

Vera Brittain -- Testamento de juventud

Vera Brittain quería escribir “algo que mostrase lo que la guerra y la postguerra ha significado para los hombres y mujeres de mi generación”. Pero lo que consiguió fue mucho más que unas memorias de guerra. «Testamento de juventud» es un magnífico retrato de los cambios vertiginosos de toda una generación a través de la experiencia de una mujer excepcional. Es un relato de cómo una mujer ambiciosa e inteligente ha de abrirse paso en medio de un mundo orgullosamente machista. Es la vida de una mujer que rompió moldes y esquemas, no sin esfuerzo. Que fue a la universidad (nada menos que a Oxford), que fue una intelectual sin pedir perdón por ello y que se convirtió en una ferviente feminista en una época en que el interior del hogar era el único lugar que podía ocupar una mujer. 

En “Testamento de juventud”, por tanto, Vera Brittain recoge sus memorias de guerra pero también su vida como mujer avanzada a su época y con unas enormes ansias de libertad.

En «Testamento de juventud», Vera Brittain relata sus memorias sobre la guerra, pero también su vida como mujer avanzada a su época, como una intelectual, feminista y pacifista con unas enormes ansias de libertad.

Vera Brittain en una fotografía de 1918

“Para las censuradas damas de Buxton, escritores, catedráticos y universitarias pertenecían a la misma categoría antinatural y aborrecible. Si yo hubiera tenido facilidad para el dibujo y hubiera querido estudiar en París; si, como Edward, hubiera sido una compositora en ciernes y me hubiese planteado una carrera primero en el Conservatorio Nacional y luego en Dresde o Leipzig, los amigos de mis padres me habrían considerado una muchacha interesante y hasta fuera de serie. Pero tan mala fama tenía por aquel entonces la intelectualidad femenina, y tan insonsables eran las profundidades de la autocomplacencia provinciana, que mi decisión de trasladarme a otra ciudad inglesa para estudiar la literatura de mi propia lengua me valía los sambenitos de “ridícula”, “excéntrica” y “mujer de mucho carácter”.

(…)

“Fue precisamente en un jardín, pero en el del colegio de St. Monica, junto a un estanque un tanto descuidado en el que unos peces de colores regordetes se deslizaban indolentes por las luces y las sombras, y la hierba aguja inclinaba sus pesados tallos hacia el borde del agua, donde imaginé por primera vez, presa de un éxtasis pueril, un mundo en el que las mujeres ya no serían las insignificantes criaturas de segunda categoría que habían sido hasta entonces, sino las compañeras de los hombres, iguales y dignas de respeto. (…)

Allí, con dieciséis años, empecé a soñar que los hombres y las mujeres de mi generación —conmigo, naturalmente, como cabeza visible ente la galaxia de Leonardos— inaugurarían un nuevo Renacimiento a una escala colosal, y de paso redimirían los errores más garrafales de nuestros antepasados. Allí, de un modo más realista, proyecté mi muy deseada y siempre postergada carrera profesional, allí busqué refugio tras la ansiedad de los exámenes, allí aguardé noticias de la guerra, y sentí el siniestro temblor de las armas que desde la costa belga estremecían el valle de Caterham igual que un terremoto subterráneo. También allí, ya pasada la guerra, vagué sin rumbo tras impartir mis clases de Historia y Relaciones Internacionales a las alumnas de los cursos superiores, pensando en relaciones que nada tenían que ver con el ámbito internacional, y preguntándome si debía casarme o no”. 

“Testamento de juventud” es, además, el relato de una mujer que también tuvo que luchar contra sus propios demonios y fantasmas durante toda su vida. Y no fueron pocos. Por ello no fue fácil escribirlo, ni mucho menos rápido. La rabia, la desazón y la congoja la deshacían por dentro. Pero lo hizo porque su mensaje era necesario:

“Al principio, la guerra me había resultado exasperante, y me obcequé en ignorarla; luego tuve que aceptar su realidad, y por último me vi obligada a participar en ella, a resistir el miedo, el dolor y la fatiga que me causó, y a presenciar con angustia e impotencia las muertes, no sólo de quienes habían conformado mi vida personal, sino de los muchos hombres valientes y resignados que yo había cuidado y no pude salvar. Pero eso tampoco es suficiente. Ahora, mi trabajo consiste en saberlo todo de ella y tratar de evitar, en la medida de lo posible, que vuelva a sucederles a otros en el futuro. Acaso el concienzudo estudio del pasado del ser humano me explique gran parte de lo que en este desconcertante presente resulta inexplicable. Acaso los medios para la salvación existan ya, implícitos en la historia, inadvertidos, celosamente ocultados por quienes viven de la guerra, y aguarden que unos hombres y unas mujeres sensatos los redescubran y reconozcan con entusiasmo”. 

Tardó diecisiete años en conseguir dar forma a “Testamento de juventud”. Probó varios formatos, descartó numerosos esbozos y finalmente se dio cuenta que lo mejor era publicar su historia en forma de memorias, más directas, honestas y fidedignas que cualquier novela. 

Su hija recordaría que Vera se impuso una rutina estricta de escritura. A las diez de la mañana, después de haber despachado su correo y las facturas, se sentaba enfrente de la máquina de escribir y no paraba hasta las dos, cuando llevaba a sus hijos al Battersea Park y les recitaba en Latín los nombres de las plantas y los pájaros. Luego regresaban y Vera volvía a trabajar hasta la cena. 

Finalmente, el libro vio la luz el 28 de agosto de 1933. El éxito fue inmediato: tan sólo el primer día se vendieron 3.000 ejemplares. La crítica lo aplaudió. El “Sunday Times” dijo que era “un libro que destaca entre todos los escritos por mujeres sobre la guerra”. El New York Times consideraba que era “honesto, conmovedor y hermoso”. Hasta la mismísima Virginia Woolf reconoció en sus diarios que se había quedado despierta toda la noche leyéndolo. 

“Testamento de juventud” hablaba sin tapujos de la guerra, pero también dio voz a las mujeres. Hasta aquel momento, el relato humano de la guerra había quedado en manos de los hombres. El poeta Siegfried Sassoon, por ejemplo, que había sido soldado, escribió duros poetas antibelicistas en las que transmitió las horribles verdades de las trincheras a una audiencia hasta entonces embaucada por la propaganda patriótica. No escatimó imágenes desagradables: cuerpos en descomposición, miembros destrozados, suciedad y suicidio aparecen constantemente en sus versos. También lo harán en los del poeta y también soldado Wilfred Owen. Y, aunque no de manera tan gráfica, el libro “The Undertones of War” del escritor Edmundo Blunden también retrató la cuenta vida en la batalla. 

El de Vera Brittain fue el primero en que las mujeres hablaban y contaban sus experiencias. Y, además, lo hacían como agentes de cambio, no como agentes pasivos o víctimas. Como mujeres que no dudaron en acudir al frente y, de vuelta a casa, después de la contienda, reanudar sus estudios en Oxford e iniciar una carrera profesional que hasta ese momento hubiese sido impensable.

Además, Vera Brittain no escatimó sentimientos. La obra rezuma humanidad: la pena, la rabia, la desolación, la soledad están perfectamente descritas. Como apuntó la periodista, escritora y muy buena amiga de Vera, Winifred Holtby, «muchos otros libros han sido testimonios de la destrucción, la pena y también el heroísmo de una guerra moderna; pero ninguno ha transmitido tan convincentemente la rabia y la pena».

Courbett Magazine

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Gracias a estos sentimientos tan profundos, «Testamento de juventud» fue durante años uno de los grandes libros de referencia del pacifismo.

Pero llegó de nuevo otra cuenta guerra y el mensaje pacifista que defendía Brittain se esfumó. Si en seis años desde su aparición había vendido 120.000 ejemplares, en 1939, con el comienzo de la Segunda Guerra Mundial, el libro pareció esfumarse como por arte de magia. No volvería a las estanterías hasta muchas décadas más tarde, en los setenta, cuando la editorial feminista Virago lo reeditó y una adaptación para televisión de la BBC resucitó el interés por la obra.

Luego, ya entrados en el siglo XXI, la guerras en Irak y Afganistán devolvieron la mirada a este “Testimonio de juventud” en la que, a pesar de haber pasado tantos años, se describía la guerra como lo que es: una carnicería sin sentido que sólo siembra rabia y muerte. 

Vera Brittain nunca consiguió ver el revivir de su obra en los setenta. Murió en Wimbledon el 29 de marzo de 1970, a los 76 años de edad. Faltaban ocho años para que Virago volviese a poner su obra en circulación. 

Saber que su obra había sido olvidada le molestaba sobremanera. No podía entender del todo cómo después de una prolífica carrera como escritora (cincuenta años en activo y 29 libros publicados) tenía que morir sumida en la oscuridad. Sin embargo, en el fondo sabía que el reconocimiento le llegaría tarde o temprano. Decía que la suya era como una voz pequeña que grita contra la manera y cuyo tiempo había de esperar. Por ello creía firmemente que, en la posteridad, sabrían reconocerla.

Y en la posteridad se la está reconociendo.

Casi noventa años después

Errata Naturae y Periférica se han unido una vez más para traernos, por primera vez en castellano, esta obra seminal sobre la guerra, el pacifismo y también sobre el feminismo. Y lo hacen con una edición exquisita y una traducción de Regina López Muñoz majestuosa.

Lo primero que llama la atención es: ¿por qué se ha tardado tanto? Y no sólo me refiero a España. Resulta curioso que se haya tardado tanto en publicar esta obra fuera de Inglaterra: en Alemania se editó por primera vez en 2018, en España aparece ahora y en Francia aún no está ni traducido. 

En Inglaterra, de hecho, la edición de Virago también se demoró lo indecible, hasta finales de los setenta. Las razones fueron varias: la defensa pacifista, como hemos visto, cayó en el olvido durante décadas y, además, la Primera Guerra Mundial nunca ha atraído tanto interés como la segunda.

Además, hubo una cuestión de «celos». Y un tema increíblemente despectivo y machista.

Os lo explico. Rosalind Delmar, una de las asesoras de Virago encargadas de recuperar obras olvidadas de escritoras, le dio una antigua edición de «Testamento de juventud» a Carmen Calill, una de las fundadoras de la editorial. Ésta se la llevó a unas vacaciones por su Australia natal y en Elvood Beach leyó la obra. Acabó llorando a lágrima viva.

De vuelta a Inglaterra quiso publicarla inmediatamente, pero el viudo de Vera Brittain, Sir George Catlin, se opuso con todas sus fuerzas. En «Testamento de juventud» se narra la gran historia romántica de Vera con Roland Leighton, el gran amor de su vida y a quien nunca pudo olvidar, ni tan siquiera muchos años después de su muerte. Sir George no quería que toda Inglaterra supiera que su mujer siempre había estado localmente enamorada de otro hombre. «Hubiese podido soportar un amante», le confió a su hija, «pero el recuerdo de un gran amor muerto es mucho peor. Con el tiempo acabas descubriendo que tus amantes tienen defectos, pero de los difuntos sólo hacemos que magnificar su recuerdo».

Además, no quería que la obra de su difunta esposa la publicase un sello de nombre «Virago» (que en castellano sería algo así como «marimacho»). Era un apelativo que consideraba «deplorable» y con connotaciones «engañosas y dañinas».

Al final se llegó a un acuerdo salomónico: «Testamento de juventud» se publicaría, pero el nombre de Sir George no aparecería y cualquier referencia a él sería eliminada.

Nunca cambió de opinión. Ni tan siquiera cuando, tras la republicación del libro, el éxito fue tal que Virago siguió sacando más obras de Vera: los dos otros Testamentos que complementan sus memorias («Testamento de Amistad» y «Testamento de Experiencia») y las obras de ficción «Account Rendered» y «Born 1925».

Gracias a todos ellos hemos podido disfrutar de esta escritora excepcional con una prosa rítmica y elegante, deslumbrante en ocasiones. Una obra que no puede volver a caer en el olvido.

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