Vivir en un jardín entre plantas y recuerdos

Es una auténtica lástima que la obra de Penelope Lively, una de las autoras más prestigiosas de la narrativa británica contemporánea, no se conozca apenas por estos lares. Porque es una escritora sensacional, que aúna elegancia en la prosa, en la mejor tradición narrativa inglesa, con tramas inteligentes, innovadoras y muchas veces rocambolescas. Y es exquisitamente British en su delicadeza, en su observación aguda, en su obsesión por los paisajes y su profusa descripción de plantas y árboles.

Portada de "Vida en el jardín" de Penelope Lively (editorial Impedimenta).

Tan sólo hay que leer “Moon Tiger”, escrita en 1987 y ganadora del Booker Prize, aquí publicada por la editorial Contraseña, para darse cuenta. En ella, Claudia Hampton, una destacada historiadora heterodoxa de setenta y seis años que ha escrito libros de gran éxito de público, está en un hospital de Londres muriéndose de cáncer, y en la neblina de su conciencia destellan recuerdos de su vida, aunque ella imagina que está escribiendo una historia del mundo.

La gran parte de la novela está narrada por la propia Claudia, aunque los saltos de personajes son continuos, incluso se cambia continuamente de tiempo verbal. Así conocemos a su hermano, Gordon, y a Jasper, un amante que no será digno de su confianza. Y, sobre todo, todas las narraciones, por dispersas que sean, siempre acaban refiriéndose al punto central de su vida, el que definió toda su existencia: una breve, aunque profundamente intensa, conexión amorosa con Tom, un jefe de artillería a quien Claudia conoce durante la Segunda Guerra Mundial en Egipto, donde ella es corresponsal de guerra.

La novela, absorbente desde la primera página, es toda una oda a las mujeres libres y también el mejor ejemplo de los dos elementos que definen su obra. En primer lugar, la obsesión por demostrar cómo encuentros sin aparente importancia y decisiones en principio inconsecuentes pueden dar un vuelco a la vida de la manera más inesperada y marcar inexorablemente toda una trayectoria.

También hay en sus libros una profunda reflexión sobre el valor de la memoria, el poderoso poder de los recuerdos, y cómo la realidad deformada que pervive en el cerebro marca nuestro destino.

Tanta importancia le da Penelope Lively a estos detalles de la memoria que prácticamente todas sus obras cuentan con elementos de la propia biografía de la autora, algunos nimios, que generan una pirotecnia de recuerdos. Sin ir más lejos, “Moon Tiger” es, de hecho, el nombre de un repelente de mosquitos que la autora empleaba en Egipto, país donde nació y donde pasó su niñez.

Ahora, con ochenta y cinco años, esta adorable Dama del Imperio Británico y miembro de la “Royal Society of Literature” sigue poseyendo una memoria prodigiosa. Y una capacidad de trabajo digna de encomio. En 2017 publicó un libro de historias cortas, titulado “The Purple Swamp Hen”, que recibió el aplauso de la crítica. Unos años antes, en 2009, escribió “Family Album”, una novela memorable que fue finalista del Costa Novel Award. Y en 2018 dio forma a Vida en el jardín”, aquí publicada por Impedimenta con traducción (sublime) de Alicia Frieyro.

Es un libro delicioso donde aúna memorias personales, la historia de diferentes paisajes, análisis literarios, anécdotas de personajes que destacaron como grandes jardineros (de Virginia Woolf a Monet) y digresiones sobre el pasado y su relación con el presente.

Aunque al principio se presente humildemente como “una invitación a recapacitar sobre lo que para nosotros han supuesto los jardines y la jardinería a lo largo del tiempo”, el primer capítulo enseguida avisa que “será necesario tocar el plano personal”. Y sus memorias ligadas a la jardinería –de aquel jardín inglés en medio de Egipto, con “extensiones de césped, rosaledas, estanques de nenúfares y paseos apergolados”, a su humilde jardincito en Londres—llevaran parejas reflexiones sobre la vida:

“Cuando se practica la jardinería, una deja de estar atrapada en el aquí y el ahora; piensas en el ayer, y en el mañana, piensas en cómo se dio esto o aquello el año pasado, forjas tus esperanzas y tus planes para el año siguiente. Y en mi caso está, además, la sensación de perpetuo asombro que me producen ese frenesí por medrar, la tenacidad de la vida vegetal, el dictado imparable de las estaciones”.

Penelope Lively había reconocido en una entrevista que los libros de jardinería se habían convertido en excusas para publicar fotos lujosas. Y ella, hasta cierto punto, se propuso aquí recuperar una tradición esencialmente británica, como es la literatura de jardines (en Courbett dedicamos hace unos días un artículo a “El Jardín de Eden” de otro gran inglés aficionado a la jardinería).

Pero había muchísimo más. Lively recorre su vida a través de los jardines que han marcado su vida y también recorre jardines que sólo existen en la imaginación pero que, igualmente, han ayudado en su formación. Ahí está la exuberancia de “El paraíso perdido” de Milton y los laberintos de “Alicia en el País de las Maravillas”, por ejemplo. Pero también están los jardines históricos, mitológicos y religiosos, del Jardín del Edén del Génesis a los Jardines Colgantes de Babilonia. Y están los jardines de grandes escritores: los de Virginia Woolf, Elizabeth Bowen o Philip Larkin, por ejemplo.

Sorprende que, en medio de tantos nombres ilustres, Lively sea capaz de transformar lo aparentemente ordinario en fascinante. Así, un simple jardín se convierte en un refugio, en donde “me tumbaba a leer “Vencejos y amazonas” y “Cuentos de Troya y Grecia”; un particular eucalipto con el que me sentía en comunión animista; el jardín acuático a la sombra de los bambúes, donde se concentraban los renacuajos en torno a las raíces de las calas”. Pero ahí, precisamente, reside una de las grandezas de esta obra: es majestuosa y sencilla al mismo tiempo.

En el libro, Lively reivindica el jardín como metáfora y escenario, como testigo de una vida y proyecto vital. Como origen y final. No en vano, el libro comienza con una frase que es toda una declaración de intenciones: “Virginia Woolf atiende el jardín un día de mayo, y eso me hace pensar en a curiosa relación de proximidad que existe entre la jardinería como realidad y como metáfora”.

Y a partir de esta elocuente declaración, Lively comienza a entrelazar historias de manera majestuosa. Su forma de narrar es erudita y sensible, de una elegancia distinguida y discreta. En un capítulo es capaz de hilvanar las prácticas hortícolas de Virginia Woolf y su marido, Leonard, con los jardines colgantes de Babilonia y la pasión de la jardinería del pintor Edward Munch.

En conjunto, «Vida en el jardín» es como mantener una conversación culta y elevada en un recóndito jardincito inglés mientras te deleitas con un té y hueles las hortensias. Simplemente, no os perdáis esta pequeña joya.

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