Winifred Holtby: la escritora que mejor entendió a Virginia Woolf


A finales de 1930, el poeta y periodista inglés Thomas Moult invitó a Winifred Holtby a participar en una colección de libros titulada “Escritores modernos sobre escritores modernos”.

Holtby era por aquel entonces una novelista respetada de treinta y tres años, con cuatro libros publicados, una larga labor periodística y gran prestigio como crítica literaria. Moult le dejó vía libre para escoger el autor sobre el que quisiera escribir.

Ella escogió, sin dudarlo ni un momento, a Virginia Woolf, entonces en la cima del éxito.

El motivo lo dejó por escrito: Woolf representaba un estilo artístico en las antípodas del de Holtby y unos antecedentes sociales y culturales con los que Holtby no estaba familiarizada. El libro le iba a permitir entrar en un mundo “puramente estético y de intereses intelectuales”. Años más tarde reconoció que “someterse a las aptitudes mentales de otras personas, sumergirse en sus experiencias, es como bañarse en un extraño mar”.

Portada de "Virginia Woolf. Memoria crítica" de Winifred Holtby (Hermida Editores).

El proyecto, sin embargo, no iba a ser tan idílico. Para comenzar, la editorial que publicaba la colección, William Collins, quebraría al año siguiente del encargo y el libro sobre Woolf sólo se salvó porque lo adquirió Wishart and Co.

Además, y lo que es peor, Holtby fue diagnosticada con la enfermedad de Bright, una aguda dolencia renal. El médico le dijo que, a lo sumo, le quedaban unos pocos años de vida. Moriría en 1935, a los 37 años de edad.

Por si fuera poco, Virginia Woolf, obviamente, seguía publicando y, cuando el texto de Holtby estuvo supuestamente listo en 1932, tuvo que ser rápidamente alterado para incluir una larga referencia a “Las olas” y “Carta a un joven poeta”, en donde la escritora de Bloomsbury le dirige una larga epístola a John Lehman sobre la poesía moderna. Para Holtby, el retraso del proyecto estaba más que justificado: para ella “Las olas” es “la pieza de escritura más delicada, compleja y estéticamente pura que ha producido Woolf hasta el momento”.

Con el paso del tiempo, “Virginia Woolf. Una memoria crítica” (que ahora publica por primera vez en castellano Hermida editorial con una exquisita traducción de Carlos Manzano) se puede leer desde muchos prismas.

Es, obviamente, el primer libro que compendia y analiza la obra de Woolf. Woolf, además, no sólo estaba viva cuando se escribió, sino que conoció personalmente a Holtby, discutió con ella algunos capítulos y se sabe que el resultado fue de su agrado.

La señorita Holtby está escribiendo un libro sobre mí”, anotó Woolf en su diario en marzo de 1931. Holtby, no obstante, no comenzó con buen pie con la afamada escritora. Siguiendo una tradición bastante conservadora, envió peticiones de información a personas que conocían a la autora (su hermana Vanessa Bell, su marido Leonard Woolf y su amiga íntima Ethel Smyth, que estaba enamorada de Woolf).

Woolf, no contenta con aquellos remilgos innecesarios, invitó a Holtby a tomar el té. Quería hacerse una idea precisa de la mujer que iba a escribir la primera biografía sobre ella.

Retrato de la escritora Winifred Holtby, autora de "Virginia Woolf. Memoria Crítica".
Retrato de Winifred Holtby

Holtby recordaría a la escritora trabajando en una amplia habitación rodeada de pilas de libros y paquetes sin abrir de Hogarth Press. Woolf, por su parte, escribió a su hermana que aquella señora le había parecido “la hija de un granjero de Yorkshire, bastante tosca y con un cuerpo sin forma”. La hostilidad esnobista, ciertamente innecesaria, no debió pasarle por alto a Holtby, porque cuando hubo terminado el primer borrador no se lo envió a Woolf, sino a Ethel Smyth. “¡Menuda burra amigable esta Holtby es!”, protestó Woolf. “¿Por qué no me envía la biografía directamente a mí?”.

Sea como fuere, cuando finalmente el libro fue publicado en 1932, Woolf pretendió, con pedante desdén, haberse “reído a carcajada limpia” con el libro. A algunos les dijo incluso que no se había dignado a leerlo, argumentando que “me han comentado que es malo”. Sin embargo, Woolf escribió a Holtby unas amabilísimas cartas de agradecimiento.

El libro también, y esto quizás es lo más interesante, es la confrontación (inteligente, rigurosa y desde el más puro respeto) de dos maneras de entender la Literatura e incluso el proceso de escritura. Es una disquisición entre las dos fuerzas dialécticas que dominaban las letras inglesas en el período de entreguerras: la tradicional y la moderna, la intelectual y la coloquial, la experimental y la conservadora, la elitista y la popular.

Imagen de la primera edición de «Virginia Woolf» de Winifred Holtby

Winifred Holtby no era precisamente ajena al progreso y las innovaciones. Su vida, en muchos aspectos, fue más azarosa que el de Woolf y sus ideas sobre feminismo y el apoyo al laborismo eran bien conocidos.

Nacida el 23 de julio de 1898 en Rudston, una pequeña localidad del condado de Yorkshire, Winifred Holtby era hija de un ganadero y de una madre de fuerte carácter. A los trece años escribió (y publicó) su primer libro, “My garden and other poems” (1911), y durante la primera guerra mundial colaboró en periódicos locales e incluso en alguno extranjero.

Siguiendo los expresos deseos de su madre, Winifred ingresó en la universidad, en el “Somerville College” de Oxford, en donde conoció a su amiga y compañera, la también escritora Vera Brittain (18931970).

Con Vera se instalaría en Londres, en un piso en el 52 de Doughty Street, en el bohemio barrio de Bloomsbury. Allí disfrutó de la libertad y el estímulo que le ofrecía la gran ciudad, y se pudo centrar en construir una carrera y tener independencia económica. Vera y Winifred se sumarían, además, al Six Point Group, feminista y pacifista, y a la League of Nations Union, que promovía la paz mundial.

En 1923 Holtby publicó “Anderby World” y en 1924, “The Crowded Street”, centrada en la búsqueda de la independencia personal a través de la autonomía profesional. En 1926 se convirtió en la directora del pionero diario feminista “Time and Tide”, además de contribuir a multitud de publicaciones, incluyendo el “The Manchester Guardian”, “The New Statesman” y el “Woman’s Journal”.

Al año siguiente, fue embajadora de la League of Nations Union en Sudáfrica, país donde se interesó por los movimientos sindicales de los trabajadores negros, y publicó “The Land of Green Ginger” (1927).

Su novela “Poor Caroline”, publicada en 1931, fue un éxito comercial rotundo.

Ese mismo año, armada con semejante acumen, Holtby se vio capaz de analizar la obra de la gran escritora que destacaba por encima de todos los demás.

Holtby dedica un análisis riguroso, aunque apreciativo, a las novelas de Woolf. Su estilo, además, es de una elegancia sublime: directo y sin artificio, elocuente y conciso.

Lo más interesante del libro, desde mi punto de vista, es la “formación” de Virginia Woolf: el capítulo dedicado a su biografía y la crítica –con tacto aunque negativa– de sus primeras novelas. También el ojo avizor, con observaciones increíblemente inteligentes, con el que disecciona las grandes obras Woolf, las últimas que había escrito entonces.

De Virginia sentencia que “adora las virtudes intelectuales de la inteligencia y la honestidad; cree que la amabilidad está sobrevalorada, y detesta el autoengaño”. Además, “su arte es trágico; entiende todas las sombras de la aflicción; la vida pasa por delante suyo con la perpetua amenaza de la muerte”. Y continúa: “por toda la ligereza de tacto, su humor y caprichosa irrelevancia, escribe como alguien que ha visto lo peor que la vida puede hacer a hombres y mujeres, en todas las sensaciones de pérdida, desconcierto y humillación; y, sin embargo, el ácido corrosivo del disgusto no la ha contaminado. Está enamorada de la vida”.

La admiración que Holtby siente por Woolf es tan marcada, que incluso la trata de manera protectora y la excusa de algunas de las críticas que había recibido, como su poca implicación en el movimiento sufragista. “Mientras da discursos y se manifiesta”, explica, una mujer creativa no habría podido “mantener el equilibrio y la concentración necesaria para un artista”.

Otra cuestión interesante del libro es la evolución de la propia Holtby mientras más estudia a Woolf. Gracias, por ejemplo, a “Una habitación propia”, Holtby se animó a crear “Women and a Changing Civilisation” (1934). Su pasión por la justicia se acentuó y en 1933 publicó “Mandoa, Mandoa”, muy crítica con el imperialismo británico, al que veía como principal promotor de la esclavitud. Después se centró en su gran obra, “South Riding”, que escribió en medio de fuertes dolores y que sería publicada después de su muerte.

Es su novela más compleja y madura y también más política: trata de cómo a través de la educación de las mujeres se llega a la realización personal. El libro ganó en 1966 el “James Tait Black Memorial Prize”, uno de los galardones más prestigiosos de Inglaterra.

Se sabe que Virginia Woolf leyó “South Riding” y, nuevamente, el esnobismo pudo con ella: “una no puede destacar una sola idea original”, sentenció. “Una no puede parar de reír al pensar lo que la historia podría haber sido si [Holtby] hubiese conocido a la auténtica Virginia”.

Woolf se equivocaba, y de qué manera. Holtby no sólo había conocido a Woolf, había diseccionado, con una destreza magistral, a la auténtica Virginia.

Se puede consultar el prefacio del libro aquí.

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