Maryse Condé

Y el Nobel de Literatura debería ser para…. ¡Maryse Condé!

Autora
Ana Polo Alonso
Courbett Magazine

Si de Courbett dependiera el asunto, el Nobel de Literatura que mañana entregará la Academia Sueca se le daría a Maryse Condé. Bueno, al menos uno de ellos, puesto que el año pasado, por escándalos de acoso sexual, el galardón no se concedió y, por eso, este año se concederán dos Nobeles de Literatura

Se lo daríamos a Maryse Condé. Este lo tenemos clarísimo. En el otro somos un poco más flexibles: tres candidatos brillantes serían el rumano Mircea Catarescu, el austríaco Peter Handke y al húngaro László Krasznahorkai. Otras posibles dos grandes candidatas al segundo Nobel: la canadiense Anne Carson y la estadounidense Joyce Carol Oates. Apuntad también estos tres nombres que ya suenan con fuerza en las apuestas: el de la china Can Xué, el del keniano Ngugi Wa Thiong’o y el de la novelista y ensayista polaca Olga Tokarczuk.

Sería todo un “political statement”, como ahora se dice, que los suecos se decantaran por dos mujeres. Yo creo que irán por aquí los tiros. Aunque teniendo en cuenta que a la Academia Sueca le gusta sorprender (recordemos el Nobel a Dylan) nos podemos esperar cualquier cosa. 

Pero centrémonos en Maryse Condé, que ya encabeza todas las quinielas y que el año pasado ganó lo que se llamó “el Nobel alternativo”, una iniciativa que en el 2018 impulsaron personalidades de la cultura sueca tas conocer la suspensión del Nobel auténtico. 

Cuarenta y siete bibliotecarios suecos establecieron una lista de candidatos. Una editora, una profesora de literatura, una crítica literaria y la directora de una biblioteca (todas suecas) escogieron los cuatro finalistas. Más de 33.000 personas votaron a sus favoritos. Aparte de Maryse Condé, en la lista estaban la británica Neil Gaiman, la quebequesa Kim Thúy y el japonés Haruki Murakami (éste último, por cierto, pidió ser apartado de la elección porque “quería concentrarse en la escritura, lejos de la atención de los medios”). El premio fueron un millón de coronas suecas (unos 97.000 euros), que se consiguieron a través de mecenazgo y contribuciones voluntarias. 

Una larga trayectoria de más de treinta obras

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Marise Condé tiene 82 años, el pelo corto de color plata y habla muy despacio, porque desde hace años lucha contra una enfermedad degenerativa. Su cerebro, eso sí, funciona a las mil maravillas y no para de escribir ni un sólo día. 

En el 2015, cuando publicó “Mets et Merveilles”, anunció que sería su último libro, pero dos años más tarde aparecía “Le Fabuleux et Triste Destin d’Ivan et d’Ivana” (éditions JC Lattès, 2017), un libro luminoso, pero con un trasfondo social atormentado, que habla sobre al violencia y el terrorismo y que escribió después de los atentados de Charlie Hebdo y Montrouge

Hace poco, además, Maryse Condé escribió también un libro infantil para su nieta de once años y ya está planeando la que será su siguiente obra. 

En total, ya lleva a sus espaldas más de treinta obras, entre novelas, cuentos, poemas, ensayos, teatro, autobiografías y ficción histórica. En toda su obra hay siempre presentes el racismo y la intolerancia; el colonialismo; las relaciones entre los pueblos africanos y la diáspora la memoria; el activismo político; y la condición de la mujer. 

Treinta obras ya, y eso que comenzó a publicar relativamente tarde. Su primera novela, “Hérémakhonon”, salió en 1976, cuando ella tenía 39 años. Hasta ese momento, nadie creyó que sería capaz de hacerlo y muchos la desanimaron. Su propia madre y su tía le dijeron que lo suyo no era la literatura, por mucho que le gustase Proust y, sobre todo, Emily Brontë

La niña que vivía entre dos mundos

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Maryse Condé (nacida Maryse Boucolon) nació el 11 de febrero de 1937 en Pointe-à-Pitre, la capital de Guadalupe, el archipiélago antillano dependiente de Francia. Era la pequeña de ocho hermanos. Sus padres eran funcionarios, lo que le aseguró un status social especial elevado en la colonia. 

“Yo era la benjamina. Uno de los grandes mitos de nuestra familia tenía que ver con mi nacimiento. Mi padre no andaba lejos de cumplir sesenta y tres años. Cuando empezó a tener faltas, creyí encontrarse ante los primeros signos de la menopausia y corrió a la consulta de su ginecólogo, el doctor Mélas, que la había asistido en sus siete partos anteriores. Después de examinarla, el doctor rompió a reír estrepitosamente: 

— Me dio tanta vergüenza —les contaba mi madre a sus amigas— que, durante los primeros meses del embarazo, me comportaba como una colegiala. Intentaba como podía esconder la tripa. 

Por más que después me cubriera de besos, me llamara fras à boyo [expresión en criollo de Guadalupe para referirse, cariñosamente, a los hijos de padres tardíos] y añadiera que me había convertido en la alegría de su vejez, al escuchar aquella historia, yo no podía evitar siempre la misma tristeza: era una hija no deseada”. 

Comenzó a escribir a los diez años. Lo primero fue un poema dedicado a su madre. Era un regalo de cumpleaños. A su madre no le gustó: “Me dijo que era horrible, que lo mío no iba a ser escribir”. 

Pero ella persistió. Era una lectora voraz y un buen día, cuanto tenía doce años, una amiga de su madre le hizo un regalo muy especial. Sabía que había leído muchísimo (Balzac, Maupassant, Flaubert…), así que decidió darle una novela de Emily Brontë: “Cumbres borrascosas”. “Comencé el libro sin entusiasmo, pero desde las primeras páginas me atrapó. Es un libro extraordinario”. 

Su vida y sus lecturas, su evolución como escritora y, sobre todo, la conciencia de lo que significaba su herencia cultural, ser mujer y su color de piel en cuanto a racismo, intolerancia y condescendencia, lo plasmó brillantemente en muchas de sus obras. 

A pesar de su prosa —limpia, sobria, directa—, no son libros en absoluto fáciles. El trasfondo político y social siempre está muy presente: en muchas de sus novelas aparecen individuos que se integran en guerras santas, se narran las rivalidades entre tribus y naciones o se atiende al drama humano de la migración. Generalmente sus personajes han de escoger entre mundos dispares y normalmente enfrentados; gran parte de ellos se verá inmerso en la difícil disyuntiva de aceptar el mundo tal o como es o aceptar cambios, a menudos traumáticos, impuestos desde fuera. 

Son personajes inconformistas y rebeldes, con visiones políticas que no siempre siguen la norma o respetan la hegemonía establecida. 

En todos estos personajes la vemos a ella. Maryse Condé tiene opiniones fuertes y no tiene miedo de expresarlas. Para ella, la escritura es un mecanismo de introspección y un altavoz. “No soy una escritora de mensajes”, dijo en una ocasión, “escribo para mí, para ayudar a comprenderme y a llevar mejor la vida”. 

Maryse Condé -- Corazón que ríe, corazón que llora

Eso lo vemos sobre todo en su primera biografía, “Le Coeur à rire et à pleurer”, aparecida en 1999 y que aquí trajo hace poco Impedimenta con el título “Corazón que ríe, corazón que llora” y una excelente traducción de Martha Asunción Alonso. Es una obra honesta y conmovedora, bella y trágica, de una niña que vive entre dos mundos: el de su Caribe natal en el que sus padres se niegan a hablar criollo y se reivindican como franceses de pura cepa, y ese París idealizado donde los blancos la miraban con desdén. 

Corazón que ríe, corazón que llora” no son unas memorias al uso, sino más bien un collage de recuerdos y reflexiones donde, con exquisita sensibilidad y una prosa directa y elegante, narra lo que era ser negra en una familia que se creían blancos o, cuando menos, superiores. Narra los prejuicios de clase, la arrogancia, las miradas por encima del hombro, las divisiones raciales y el colonialismo. 

“Como los dos eran funcionarios, mi padre en activo, tenía derecho a disfrutar con asiduidad de una estancia en “la metrópolis” con sus hijos. Para ellos, Francia no era en absoluto la sede del poder colonial. Era la auténtica madre patria y Paris, la ciudad de la luz, bastaba para iluminar su existencia. (…)

Ahora me doy cuenta de que ofrecíamos una estampa cuando menos poco corriente, sentados en las terrazas del Barrio latino en el moroso París de la posguerra. Mi padre, un seductor de capa caída pero todavía de buen ver, mi madre, cubierta de suntuosas joyas criollas, sus ocho hijos, mis hermanas con la cabeza gacha, decoradas como árboles de Navidad, mis hermanos adolescentes, uno de ellos estudiante de primero de Medicina, y yo, niñita mimada donde las hubiera, extremadamente precoz para mi edad. Con sus bandejas en equilibrio contra la cadera, los camareros de los cafés revoloteaban admirados a nuestro alrededor como moscas frente a un tarro de miel. Al servirnos los refrescos de menta, invariablemente nos dejaban caer: 

— ¡Qué bien hablan ustedes francés!

Mis padres recibían el piropo sin rechistar ni sonreír, y se limitaban a asentir con la cabeza. En cuanto los camareros se daban media vuelta, empezaba el sermón: 

— Sin embargo, somos igual de franceses que ellos —suspiraba mi padre. 

— Más franceses —puntualizaba mi madre, con violencia. A modo de explicación, añadía—:Tenemos más estudios. Mejores modales. Leemos más. Algunos de ellos no han salido en su vida de París, mientras que nosotros conocemos el monte Saint-Michel, la Costa Azul y la costa vasca. 

Había en sus palabras un patetismo tal que, por muy pequeña que yo fuera, me afligía. Se quejaban de una gravísima injusticia. Sin razón alguna, los roles se invertían. Los buscadores de propinas, chaleco negro y mandil blanco, se erguían altivos ante sus generosos clientes. Hacían gala, como si nada, de esa identidad francesa que, a pesar de su buen aspecto, a mis padres se les negaba, se les prohibía. Y yo no comprendía por qué motivo aquellas personas orgullosas, autocomplacientes, notables allá en su isla, rivalizaban con los camareros que les servían. 

La literatura para explicarse

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Maryse Condé fue educada en París, en el Lycée Fénelon, y luego se doctoró en la Sorbona en Literatura Comparada. Después se dedicó durante muchos años a la enseñanza en África: en Conakry (Guinea), en Accra (Ghana), en Saint Louise (Senegal) y en Bingerville (Costa de Marfil). 

Más tarde, se trasladó a Londres, donde trabajó haciendo programas para la BBC, y posteriormente regresó a dar clases a la Sorbona. A partir de ahí, dio el salto a Estados Unidos: fue profesora en UC Berkeley, las Universidades de Virginia y Maryland, Harvard y finalmente recaló en Columbia. 

En medio de este periplo vital, se casó dos veces (con el actor guineano Mamdou Condé y luego con el traductor inglés de su obra, Richard Philcox) y escribió sus obras. La primera, Hérémakhon (1976), narra el viaje de Veronica, una estudiante de las Antillas que busca sus raíces en un país del África Occidental que acaba de salir de la dictadura. Allí se dará cuenta de que lo que ella esperaba de África, la imagen que ella tenía, es muy diferente de lo que África realmente es. 

La novela está basada en el propio viaje que hizo Condé para conocer África y que la llevó a Guinea en 1962. Ella misma reconocería que no estaba preparada, que tenía una visión demasiado romántica, y que no podía entender la realidad ni política ni social. 

A “Hérémakhon” siguieron grandes éxitos como “Moi, Tituba, sorciète noire de Salem” [“Yo, Tituba, la bruja negra de Salem”] sobre una esclava negra de Barbados que acabó siendo juzgada por brujería en Salem, Massachussets, a finales del siglo XVII. El libro fue publicado en 1986 y Condé reconoció que se había volcado en el personaje: “le di todas mis dudas, preocupaciones, libertad, fracasos y ansias de revolución”. Además, Condé realizó una crítica demoledora de la sociedad americana contemporánea: habló de la persecución a mujeres, de la esclavitud, de la visión puritana de la vida y su hipocresía y, sobre todo, del sexismo y racismo. 

Todos estos temas también aparecen en la que dicen que es su obra maestra: los dos volúmenes de “Segou” (“La vie scélérate”). El primero, “Les muraills de terre”, apareció en 1984; y el segundo, “La terre en mietts”, en 1986.

En ellos reproduce la historia del reino africano de Segou (ahora, Mali) entre 1797 y 1860: están las dinastías reales que atemorizaron a su gente, la venida de los blancos y la destrucción de la sociedad tal como la habían conocido, el tráfico de esclavos, la introducción del Islam y la Cristiandad. 

Gracias a todos estos libros, a la Literatura en sentido amplio, Condé se ha explicado y se ha entendido. “La literatura me lo ha enseñado todo sobre las diferencias y la igualdad”, dijo en una entrevista a El País. “Es un lazo entre los seres humanos. Es un sueño que puede llevarte a la revolución o a la simple contemplación de la belleza. Pero, por encima de todo, la literatura es una herramienta de comprensión. Nos ayuda a entender el mundo”. 

Ojalá le den mañana el Premio Nobel de Literatura. 

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